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Opinión
Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

¿El amor, otro palimpsesto?

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 9 de agosto de 2007, 00:07 h (CET)
Pues sí. Tal deducción parece que cabe hacer en este concreto instante, tras adentrarme, explorar y explotar a conciencia (mas sin expoliar, por supuesto) el ancho, largo y profundo reino de Duelta, terreno abonado por el Amor (y, asimismo, colegir que se contagia por doquier el extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide); al menos, en el ámbito, el seno y el sino que pretende controlar su seguro servidor (que no es una excepción a la pauta apuntada) de usted, desocupado lector.

No sólo los celos merecieron en todo momento y lugar el baldón o sambenito de pésimos asesores; la codicia, la envidia y las prisas tampoco fueron consideradas nunca por nadie que estuviera en su sano juicio, o sea, tuviera dos dedos de frente, óptimas consejeras.

Sin atender ni obedecer a ninguna presión, tengo esta pretensión. Voy a ver si con el cuento o conseja con moraleja que sigue, “Consecuencia del sonambulismo de su autor”, apoyado/a en mi realidad más reciente, consigo clarificar un poco las dos tesis que acabo de exponer escuetamente arriba:

“Un artista (perito en las diversas técnicas de la pintura –poco que ver, por tanto, con los del hambre y/o el trapecio, ideados por Franz Kafka, pero no nada, como algunos reputan a la ligera-), Margarito de Llabregot, tuvo la genial idea de hacerle un retrato a quien se había propuesto la colosal e ingente tarea de gobernar mis razones, incluido mi corazón (pues, según Blaise Pascal, “el corazón tiene razones que la razón ignora”), la reina Lisomar. Durante varia(da)s sesiones, llenó el lienzo de variopintos colores y de mil y un matices y otras tantas veladuras. Tras hacerle el último retoque y antes de ponerle la firma a su obra, al mover y girar el caballete y darle de lleno la luz, que entró en ese preciso momento reverberante por la ventana abierta, reparamos (pintor y mecenas) en lo insólito, el cuadro, su cuadro, mi cuadro, cual palimpsesto, escondía, bajo el aparente rostro de mi amada titular, la cara cara de mi musa ideal, el retrato de una colega, conmilitona y correligionaria nuestra, la verdadera razón de mi existencia, que había ido pintando (averigüé luego) el propio Margarito, por las noches, estando sonámbulo, en la misma tela, a la condesa Mentos.

“Gelán, rey”.

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