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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Violencia doméstica

Rita Villena (Málaga)
Redacción
martes, 7 de agosto de 2007, 23:20 h (CET)
Es cierto que todos estamos obligados a denunciar cualquier posible caso de agresión o de maltrato. Es verdad que estamos obligados a pedir ayuda si oímos o vemos como en la casa de al lado o en la calle alguien está llevando una discusión familiar al terreno de la agresión. Es verdad que los familiares de las personas agredidas tienen la obligación de apoyarlas para denunciar al agresor; pero dicho esto, nadie puede obligar a una mujer a que mantenga una denuncia si ella no quiere. La triste y desafortunada prueba la tenemos en muchas víctimas.

Ya no sirve la disculpa de que la mujer maltratada no tiene medios económicos porque, dejando al margen que tiene a su disposición todo un entramado judicial que le tramita el divorcio por la vía de urgencia. Solo queda la disculpa incomprensible e insalvable del corazón frente a la razón; la disculpa del amor ciego que roza la dependencia hacia esos energúmenos que abusando de ese sentimiento maltratan a la persona que tienen al lado. Ya hay una ley que protege a las personas maltratadas; ya se articulan ayudas para que su vida tenga una continuidad fuera del infierno del maltrato, ahora solo falta afrontar la complicadísima labor de mentalizar a las maltratadas. Falta que les recordemos a diario si es necesario, que sus vidas, su dignidad y su futuro son mucho más importantes que la del maltratador con el que conviven. Falta que les recordemos que su seguridad y la de sus hijos dependen de que destierren de sus vidas al maltratador. Basta que les recordemos que hay mucha gente dispuesta a cubrirles las espaldas. El sistema protege a las personas maltratadas, pero ellas tienen que dar el primer paso sin volver la vista atrás, como ha ocurrido hace unos días con una amiga mía que: alarmada ante los gritos, discusiones y ya hasta “socorroooooo”, decide llamar a la policía, que acude enseguida. Pero cual es la sorpresa de esta amiga que a los dos días, los ve a los dos de nuevo en casa. Otra cosa no podemos hacer.

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