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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Un día de verano

Antonio Pérez Gallego (Madrid)
Redacción
martes, 7 de agosto de 2007, 23:20 h (CET)
Acudimos convenientemente aprovisionados de sillas, mesas, vajillas de usar y tirar, bebidas y bocadillos de tortilla que tomamos durante el tiempo en que una buena representación familiar ha sido muy capaz de contaminar acústicamente amplias zonas de descanso. Sucede como colofón a una tediosa semana y escapando, todos al tiempo, de nuestros pesados quehaceres diarios. Hasta que llegan las vacaciones veraniegas y, después de prepararnos para la ocasión, nos dirigimos - juntos de nuevo - a la costa mediterránea, en dónde fomentamos una rica y fructífera relación alentada por las dimensiones del apartamento, que nos obliga a hacer sendos croquis y adjudicaciones del espacio disponible a la hora de dormir. Y eso sin contar con la inesperada visita del cuñado o amigo, que nunca viene solo y que como… “pasaba por aquí”.

- ¡Javier, haz el favor de coger las sombrillas, que se nos hace tarde y no vamos a encontrar ningún sitio!, ¡Ah!, y…., - dirigiéndose a la hija mayor – Rebeca, ¿le has puesto el bañador a Gonzalito? ¡Jo, mamáaaa!..., ¿no sabe ponérselo él? – responde la hija a regañadientes, en una respuesta típica de una edad cercana a la adolescencia.

- Carlitos, ¿has desayunado ya? Rebeca, ¿has recogido las camas? ¡Desde luego!, Javier, ¡haz algo, hombre! ¡No me ayudáis nada! ¡El próximo verano nos quedamos en Madrid!

- Pili, bajo un momentito a dejar las cosas en el coche y de paso…- Le interrumpe la mujer:

- ¡Desde luego, tú siempre igual!, ¿adónde vas ahora?

Una vez en la playa, el padre de familia, cumplidas estrictamente las funciones encomendadas, se parapeta en el chiringuito más cercano, ataviado de un bañador suficientemente grande, camisa con bolsillo a punto de estallar por la presión de la cartera y desabotonada para lucir la prominente barriga de color rosa, observando, cerveza en mano y sin temor a ser molestado, a las gachís de todas las nacionalidades que acuden a tomarse un refrigerio.

Mientras tanto, el resto de la comitiva, presa del calor, ha decidido darse su primer baño y una vez sorteado al resto de asiduos y rebasado pesadamente las primeras aguas turbias que sólo han mojado sus rodillas, forman una línea paralela para recibir a las olas. Cuando esto ocurre, ellas han dado un “saltito” y producido un largo “uy”, con las palmas de las manos hacia fuera, a la altura de los ojos. Y así discurre la mañana, alternando baños con exposiciones al sol y friegas de grasa. Hasta que llega la hora de comer y surge la pregunta: “pero, ¿dónde estará tu padre?”

Hoy han decidido comer fuera. Tienen que esperar. - “Te lo dije, Rebeca, tenías que haber salido antes, ¿es que no estás ya bastante morena?”- . En el curso de los acontecimientos, Gonzalito ha vertido el baso de agua, dejando empapado el mantel de estraza, el banco de madera y a su hermana. - “¡Jo, mamáaaa, estoy harta, siempre igual!” - Han degustado, entre el incesante clamor propio y el proveniente del resto de las mesas, chopitos y gambas, que era lo que parecía encontrarse oculto bajo la gruesa y crujiente masa aceitosa, acompañados de ensalada y patatas con ketchup. De postre, cornetes, negritos y apolos.

Finalizada la contienda, se han encaminado lentamente, bajo el acuciante sol, al vehículo, en el que han depositado los utensilios y una buena ración de arena que también será depositada en la vivienda (algún día alguien tendrá que explicar si el hecho de que la arena no tenga fin, tiene base científica) – “Desde luego, Javier, ¿qué has estado haciendo?, ¡podías haber dejado el coche a la sombra!” -

La casa es una odisea, no cabe nada ni nadie más. Las voces y ruidos de los aparatos eléctricos se fusionan con el murmullo que trasciende de las terrazas vecinas - ¡Carlos!, ¿quieres hacer el favor de bajar la música? - ¡Mamáaaa, me pica la espalda!

- ¡Pili, bajo un momentito aquí al lado! – No parece haber sido oído el padre de familia que, pese a ello, cierra la puerta tras de sí.

Se dirige al buzón de correos más cercano para depositar la postal, con motivos veraniegos, que ha redactado con anterioridad:

“Antonio, esto sí que es vida, menudas comilonas que nos damos, el agua está buenísima, bueno, y otras cosas también, ¡ja, ja, ja! Como verás en la foto, la casa de color naranja es dónde estamos nosotros, casi en primera línea de playa. Siento mucho que no hayáis podido estar con nosotros, ya verás como lo de Afinsa se arregla y el próximo año podremos estar todos juntos. Por cierto, como me explicaste, he intentado pagar el sello a un diez por ciento de su precio, pero la dependienta me ha dicho que ella no sabía nada de eso y que, o le daba el importe completo o llamaba a su primo el de Zumosol. Bueno, te dejo, un abrazo muy fuerte, tu hermano Javier”.

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