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Susurros importantes

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 5 de agosto de 2007, 22:13 h (CET)
Ingmar Bergman supo conformar una genial obra profesional y artística en un solo cometido. Nació en un incomparable paraje nórdico, donde el esmerado cuidado de la vegetación en climas tan duros, transformó en bucólicos los entornos de la Universidad de UPSALA en Suecia. Quién sabe por que caminos familiares, plagados de soledades y afectos, ¿Cómo todos?, entrevió con inusual perspicacia y se lanzó a la persecución de sentimientos y profundidades, para plasmarlos magistralmente en sus películas. Podemos catalogarlo de enamorado descubridor de las formas semiocultas de la percepción y del pensamiento. Sin ningún desprecio hacia las formas más aparentes de las circunstancias vitales, sin mucho ruido, con la magia de su cine.

En "El séptimo sello" nos presentó aquella primorosa escena del caballero medieval, cuando regresa a sus tierras después de sus correrías, encontrándose cara a cara con la MUERTE representada por una figura humana. Ya llegaba la parca directamente a por dicho caballero, en este caso se dejó ver y se anunció como portadora del dictamen nefasto. Denodado y radical enfrentamiento para cualquier ser humano.

¡Vibrante choque! La dueña de todos los finales ocupa el espacio del film en ese momento. ¿Qué actitud tomó el caballero? ¡Tremenda decisión para la persona anónima que hubiera de afrontar ese reto! Bergman nos sugiere unas primeras preguntas para que se retrase el momento crucial, incluso una partida de ajedrez con la muerte, también un aprovechamiento del contacto para conocer realidades ignotas y misterios; pero sobrevuela y lo mantiene en acción el plan inexorable de ese final sin remisión. Para él mismo llegó el último sello.

Además, no solo en "Gritos y susurros", nos provoca estética y existencialmente con un protagonista permanente, los SILENCIOS. Su valor se incrementa en una época como la presente; ahora son difíciles de alcanzar, y hasta remotos, los silencios. Sin esos momentáneos apagones del sonido, resultan muy alejadas las percepciones, muy estentóreas, pero sin alcanzar las profundidades del alma. Un amigo que se va o el nacimiento de un niño, se aprecian de distinta manera en ausencia de ruido y palabrería. En sus películas se aprecia un contraste de gran riqueza expresiva, la información ofrecida por un rostro, con sus visajes y gestos, cuando no se acompaña de sonidos ambientales ni de puyazos verbales.

En los mismos dias falleció otro de los insignes cineastas con reconocido prestigio mundial, Michelangelo Antonioni, con un Óscar y con inolvidables películas en su haber. Su tendencia a detener los RITMOS de la acción, le asemejaba en cierto modo a Bergman. Ese parón proponía a los espectadores la percepción de los puntos con especial relieve, las encrucijadas más significativas. Sin embargo, su tono ofrece una tersura más moderna, aunque quizá por ello, más diluída dentro de ciertas truculencias y la mayor viveza de su escenografía. La violencia y las brusquedades están más entroncadas con los ambientes; y como consecuencia, menos adheridas a la conexión íntima con sus protagonistas. En suma, otras visiones de la realidad, perspicaces y certeras, aunque no con el grado reflexivo de Bergman. Con una menor violencia física, Bergman refiere espléndidamente las reconcentradas tormentas interiores de los seres humanos. Dos de los grandes, que crean aficción, de la buena.

El orden sistemático y la gran armonía gotean oscuridades y grandes misterios por los cuatro costados y aún por un quinto si lo hubiere. Pese a esas deficiencias, la tentación de un pensamiento dominador y sistemático se propagó a través de todas las épocas. A estas estructuras mentales tan verticales, cuando unos pocos dominan y otros consienten, no les resultan gratos los ejemplos capaces de abrirnos las miradas a las nuevas realidades, a las pasadas o a las eternas si las hay. Películas como las de los artistas fallecidos, combaten con frenesí aquellos pretendidos enfoques de dominaciones perversas. El enfrentamiento sólo ofrece un balance positivo, patente, en la aperturística y fascinante cinematografía de los aludidos. Quizá por eso, en la actualidad no se paran mientes en deletrear los contenidos de sus películas. La imbecilidad progresiva se pertrecha de GIGANTESCOS TELONES que no dejan ver las esencias artísticas; así, la feroz economía urbanística, una cultura audiovisual espasmódica que aturde, o unos viejos dogmatismos políticos que parecieran caducos.

¿Alguién escucha realmente estos pequeños susurros? Nos movemos en ambientes en los que no interesan estas minucias. Si esto es así realmente, sólo cabe el adocenamiento de un pensamiento único y programado por intereses superiores. Y no sólo el pensamiento, es inagotable el afán de control para la vida de los demás. Entraremos en una aniquilación masiva de los núcleos personales más íntimos. Ya resulta evidente que las palabras y los conceptos resultan indistinguibles; se les da el mismo valor a las interpretaciones lúcidas que a las más insostenibles. Estos engranajes provocan una dirección nefasta para los acontecimientos, son AUTODESTRUCTIVOS por esa aniquilación progresiva. Se echa de menos una potencia cultural de tintes más creativos y optimistas. Como decía Isaac Asimov respecto a posibles inteligencias extraterrestres, podemos parafrasearlo preguntándonos si será posible una cultura avanzada y que sin embargo no se haya destruído.

Somos muy proclives a las estructuras fijas y asépticas; normativas, prohibiciones, requisitos, principios que se convierten en finales y encasillamientos variados. Cuando este parece ser el único mundo posible, surgen muestras en contra. Hay un hilo delgadísimo, pero resistente, procedente de lo más hondo de las personas. Si tiramos de él, van apareciendo ternuras, odios, amores, intransigencias y pasiones diversas. Las EMOCIONES se transforman en brotes vitales. No es posible embotellarlos, y con la ayuda de artistas como los citados hoy, se impone el rescate de lo mejor, olvidado en los fondos humanos.

Lo importante no es que los susurros se conviertan en gritos, los decibelios no incrementan un ápice su valor. Este valor radica en su bondad frente a la malicia facilona que todo lo invade. La distinción de unos u otros y el cultivo de los susurros convenientes, será un imperativo social del que quizá no seamos conscientes, aunque imperativo al fin y al cabo.

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