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Queremos ver ondear la bandera nacional en Catalunya y Euskadi

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 5 de agosto de 2007, 22:13 h (CET)
Los símbolos que utiliza un pueblo tienen que ver con su propia idiosincrasia, son expresiones de aquello que une a los ciudadanos, son manifestaciones de todas aquellas normas, sentimientos y costumbres que han cohesionado a todos los componentes de una comunidad, para encauzarlos hacia una aventura común distinta de la de otras colectividades, que también tienen los suyos. No es algo baladí que pueda rechazarse por voluntad de unos pocos o de lo que se pueda prescindir por un capricho pasajero de un determinado gobierno o que puedan ser suprimidos, voluntariamente, por unas determinadas comunidades de las que esté integrada una nación. Es por ello que, en nuestra Constitución de 1978, también se recogen los símbolos que debemos respetar por formar parte de la tradición secular de nuestra nación, por ser una parte fundamental de nuestra cultura y por representar todo aquello que nos une a los ciudadanos, por encima de lo que nos separa. Sólo se podrían cambiar o prescindir de ellos si, una mayoría aplastante de la ciudadanía, lo decidiese o si la fuerza aplastante de una revolución nos obligase a ello. Pero mientras España sea España, de ninguna manera.

Uno de los símbolos que la Constitución ha recogido, es la Monarquía. Es evidente que en España hay muchos que no somos especialmente adictos a esta figura institucional, pero hay que reconocer que una monarquía parlamentaria, lejos del absolutismo que padecimos en nuestra nación en épocas anteriores, que tan nefastos fueron para el país, tiene sentido si, como ocurre en nuestra nación, ha quedado reducida a uno de los símbolos de ligazón entre las derechas e izquierdas, fracciones en las que está dividido, fundamentalmente, el pueblo español. Por ello no cabe que determinadas opciones separatistas se arroguen la potestad de prescindir de ella, sólo porque dentros de los límites de sus respectivas autonomías una mayoría (a veces ni a eso llegan) lo haya decidido. España es una nación y por ello, esté dividida en provincias, regiones o autonomías, ha de ser la voz de toda la nación, expresada en un referendum, la que deba tomar sus decisiones en cuanto a la foma de Estado que queremos ser. Desde los, ahora denostados por algunas facciones separatistas, Reyes Católicos, hasta este siglo XXI en el que vivimos, nuestro país ha mantenido incólume su unidad y salvo en pequeños periodos, su régimen ha sido el monárquico, que en definitiva ha resultado ser el menos malo.

Otro de los símbolos al que nos hemos acogido los ciudadanos, es la bandera nacional. La Insignia patria, que debe ondear en todos los edificios oficiales de la Nación, no es un simple pedazo de tela con unos determinados colores, es la enseña que escogimos para que represente las esencias de nuestro pueblo, la bravura de nuestro ejército, nuestro conglomerado de costumbres y lenguas, nuestra unidad dentro de la diversidad y nuestro destino común entre el resto de naciones que configuran nuestra civilización actual. Ella ha servido de mortaja a muchos héroes, de consuelo a muchas familias desconsoladas, de orgullo a muchos ases del deporte y de esperanza y respeto para todos aquellos que creemos en los valores que representa.

Es por ello que muchos nos hemos alegrados de que, aunque tarde, el Tribunal Supremo haya dejado claro que nadie, sea el Presidente del Gobierno, sea el Parlament Catalán o sea el Gobierno Vasco, tengan la potestad de poderla excluir del lugar de honor que le corresponde, en las astas de los edificios señeros de todas las autonomías que forman nuestro Estado. Sin embargo, el empecinamiento de algunos nacionalistas excluyentes; el odio hacia todo lo que pueda representar un signo de españolidad; el rencor de aquellos que sucumbieron por no querer aceptar las reglas del juego democrático; ha dado lugar a que, tanto en Cataluña ( hay más de cien municipios en los que no se exhibe la insignia nacional) como en el País Vasco, en el que, con premeditación, alevosía y chulería, los dirigentes abertzales, los seguidores del inventor de historias, Sabino Arana, y del separatista e infractor de la normativa del estado, señor Ibarretche, individuo singular, controvertido hasta dentro de su propio partido y uno de los cánceres más dañinos que pudiera padecer la nación española; se han empeñado en que no ondée en sus edificios, llegando al extremo de renunciar a poner la Ikurriña para así, haciendo una interpretación falaz de la ley, evitar colgar la bandera española.

Pero aquí entra la picaresca de nuestros gobernantes. Para ejecutar la sentencia del Supremo es preciso que desde la fiscalía se inste a su aplicación, se ponga en marcha el procedimiento para que fiscales y abogados del Estado, se pongan las pilas y empiecen a denunciar a los que, con martingalas, pretendan esquivar el cumplimiento de lo dispuesto por el TS. Vean aquí que, el señor ministro de Justicia, señor Fernández Bermejo, sí, ya le conocen ustedes, es aquel ogro que amenazaba con un Armagedón legal a todos los padres de familia que objetaran la aplicación en las escuelas de la Educación para la Ciudadanía; pues este mismo señor, este ministro de bases comunistas, este sujeto permanece inane, impávido don Tancredo, sin mover un dedo, sin que se le despeine un pelo de su irsuta barba, impasible ante la infracción flagrante de la ley, cometida por los amigos del señor Zapatero, sus cómplices en la gobernación y los que se han venido burlando de él durante toda la legislatura, los separatistas catalanes y vascos. O ¿es que para señor F.Bermejo, la Ley no es igual para todos?, o ¿es que, señor F.Barmejo, cuando son aliados puede pasarse por alto?, o ¿es que, señor ministro, usted y Zapatero están por encima de la ley y de la Constitución? Porque, si así es, ningún ciudadano español está en la obligación de acatar sus órdenes, soportar sus cacicadas, ni aguantarle sus perogrulladas porque, simplemente, estará usted prevaricando. Estoy esperando ansioso su reacción y espero ver a la policía y a la ertzaintza proteger a nuestra insignia nacional, aunque para ello usted deba tragarse todos los sapos del Coto de Doñana.

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