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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

El buen ministro

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 5 de agosto de 2007, 07:45 h (CET)
El joven Quesalid decidió un día solicitar al chamán del pueblo que éste le aceptase como aprendiz. Junto con otros jóvenes, comenzó el entrenamiento siguiendo los pasos hacia lo que debía suponer la pugna por ser el sucesor del chamán.

Quesalid era, en realidad, un descreído. Quiso entrar en la institución mágica para, desde dentro, demostrar el engaño que todo ello representaba.

Y no tardó en aprender trucos, engañifas y métodos para embelesar a un público ávido de respuestas sobrenaturales a los acontecimientos cotidianos. De todos los aprendices, él era quien más teatralizaba sus actuaciones ante su pueblo. Creía que, de esta manera, pondría en evidencia la práctica mágica y desenmascararía a los charlatanes que se servían de grandes historias para engañar a su gente.

Nada más lejos. Lo que consiguió fue despertar la admiración por parte de quienes se acercaban a comprobar si era merecida la fama del brillante aprendiz de chamán. Cada movimiento burlón era recibido como una excelente comunicación con las divinidades.

Quesalid quedaba perplejo ante la ignorancia de su público. ¿Cómo no podían ver que las fantochadas que hacía con su cuerpo, los gritos, los gestos, no eran más que bobadas improvisadas, tonterías sin ningún sentido y sin ninguna finalidad?

No encontraba el joven crítica alguna, por muy sobreactuada que fuese su respuesta al problema, y por muy evidente que fuese el truco que la acompañase. Es más, el refuerzo que representaba la actuación era parte esencial de la cura.

Uno de estos trucos consistía en introducirse una pluma en la boca y morderse la parte interior de la mejilla de una manera concreta.

Quesalid debía acercarse, interpretar su conocimiento del mal, acecharlo en el cuerpo del individuo y, llegado el momento indicado, gritar anunciando el hallazgo y escupir la masa sanguinolenta que se había formado dentro de su boca.

La dolencia del enfermo cesaba casi de inmediato. El porqué del malestar estaba allí mismo, delante de ellos: una especie de gusano empapado aún por la sangre del paciente. No había duda, el joven aprendiz era mucho más que eso. Era capaz incluso de restablecer la salud a cualquiera extrayendo el gusano que le devoraba por dentro.

Ante el clamor popular, el protagonista se planteó si realmente tenía poderes mágicos. Porque, era cierto, antes no podía tomarse en serio esta práctica. Pero indudablemente tenía aptitudes para ello.

Recordé la historia de Quesalid este jueves. En una entrevista al nuevo ministro de Sanidad y Consumo, Bernat Soria, éste comentó con motivo de una pregunta sobre la ley del tabaco que él no era partidario de prohibir. Que prefería, más bien, convencer a la ciudadanía. Me pareció que no sabía realmente dónde había ido a parar.

En algún momento, una decisión suya será aceptada por parte de unos y rechazada por otros. Pero para todos será impuesta, incluso para los que la admitan. En esas palabras nunca podrán verse reflejados los actos propios de su cargo.

Quesalid se burlaba de su gente mientras tranquilizaba, sanaba y aconsejaba. Dijese lo que dijese, cumplía la función de todo chamán. Nadie más que él veía la mofa en su conducta, que es como si nadie la viese.

Soria pretende convencer y dialogar, pero también deberá efectuar sus labores como ministro. Y entre ellas está la de ejecutar las leyes que indican qué podemos y qué no podemos hacer. Nadie se planteará entonces si el ministro es más o menos aficionado al diálogo.

Es decir, la prohibición es parte inseparable de su papel como integrante del Gobierno. Sólo cuando asuma esto, podrá decir que ha dejado de ser médico para dedicarse a la política. Hasta entonces será un aprendiz de chamán que sólo consigue burlarse de sí mismo.

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