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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Serendipia

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 4 de agosto de 2007, 05:01 h (CET)
O, si usted, desocupado lector, lo prefiere, serendipidad. Como me consta que la RAE no ha admitido ni siquiera al trámite preliminar o previo de tomar en consideración la probable entrada e/o inclusión en sus sanos seno y sino de ninguno de los dos vocablos del arranque de esta urdidura (o “urdiblanda”), desde los presentes renglones torcidos animo a los académicos todos, sin excepción, a que les hagan un hueco y les den cumplidos acomodo y cabida en la próxima edición del DRAE. Les propongo una posible (y, si no lo toman por una inconcusa muestra de jactancia de su seguro servidor de usted, aun plausible –qué otra cosa esperaba que trenzara su autor-) definición del término serendipia (y/o su sinónimo, serendipidad): “Don, facultad o virtud de encontrar personas y cosas valiosas en lugares inesperados por pura casualidad”.

De mi último y más reciente viaje vacacional a Canarias, debo reconocer sin ambages, porque es la verdad, que he disfrutado más durante los desplazamientos (y no miento) que en la estancia (insulsísima; sobre todo, por mi culpa) propiamente dicha. A la ida, durante la noche del 19 al 20 de julio, antes de facturar el equipaje y embarcar en el avión que nos llevó a Tenerife, tuve la gran suerte de trabar diálogo con dos núbiles licenciadas tunecinas, Inés y Nadjet, jóvenes profesoras de español. Volví a recordar palabras y expresiones árabes, que aprendí el año que viví en Zaragoza cuando estaba cursando las materias que me procuraron el Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP), en el que compartí piso con dos diplomados tunecinos, Mohamed y Kamel, a quienes llegué a tomar un cariño especial y a apreciar sobremanera. Lo cierto es que, hablando de esto y de aquello, de lo divino y de lo humano (ergo, de Literatura, sobre todo) a mí aquellas horas nocturnas se me pasaron volando, en un santiamén.

Al regreso, tuve la desgracia y la fortuna, quiero decir que el azar volvió a perjudicarme y a beneficiarme en un corto espacio de tiempo, pues me concedió la grata compañía de Francisco (Paco), un psicólogo, diletante en otros muchos campos del saber. A ambos nos “tocaron” (¿asignaron a mala leche?) sendos asientos al lado de uno de los motores del avión. Habiendo despegado, Paco tuvo la descarada y genial idea de preguntarle a una de las azafatas si había plazas libres en el centro de la aeronave. Cuando ésta confirmó que sí, estuve raudo al quite y le interrogué si había algún problema en que las ocupáramos nosotros. Como no había ningún inconveniente, no tardamos en llevar a cabo lo esperado. En los nuevos asientos pudimos mantener una conversación inteligente e interesante. Así, de esta estupenda guisa, se cerró el bucle.

Para coronar el presente texto, acaso convenga rememorar, como inigualable epítome o inmarcesible prontuario, en éste, su párrafo final, uno de los versos del poema, escrito en francés, sin rastro de su autor, que Mohamed había colocado en la puerta de su cuarto (por la parte de dentro). Traducido, decía: “El éxito es el fracaso que cambia de repente de rumbo”.

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