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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una gran confusión

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 3 de agosto de 2007, 00:04 h (CET)
"Dicen lo que dicen de ese país extraño,
que, allá detrás del mar, llaman España
y aquí, clavel amargo..."


Victoriano Crémer

El español, a lo largo de los siglos, tiene una quejumbre permanente y generalizadora. Si un ciudadano de otro país de la Unión Europea espera el autobús, y éste no llega, se impacienta; es posible que murmure reniegos contra la compañía; más probable que le escriba una carta de protesta; su reacción no va más allá. El español apenas se ocupa del autobús, desde luego no de la organización de la cual depende; su comentario va más lejos: "En este país nada funciona". Es muy frecuente entre los españoles el entusiasmo abstracto por España -"lo mejor del mundo"- unido a la hostilidad concreta a todos sus contenidos: nada español le parece bien. En estos tiempos, la generalización más frecuente, se expresa así: "Aquí no hay nada que hacer".

El estado de la sociedad española induce fácilmente a confusiones. Se lo juzga con frecuencia desde puntos de vista que no se ajustan a la situación real, que son utilizables en condiciones distintas. Casi siempre se tiene una impresión exagerada -en bien o en mal- de la sociedad española: no se encuentra lo que se espera, no se espera encontrar -y por tanto no se reconoce- lo que hay.

En nuestro país, el desnivel social es muy grande; la desigualdad de posibilidades para los diversos grupos sociales, considerable; la tasa de actividad de la población muy baja, la tasa de paro elevada y el alto precio de la vivienda que la hace inasequible para la mayoría de los jóvenes. Cuando se compara la situación española con algunos países de la Unión Europea esto resulta evidente. Pero si se considera que España es una excepción, el error es mayor aún, porque en la gran mayoría de los países del mundo ocurre lo que en España, solo que en grado mucho más negativo. España pertenece a la Unión Europea, y dentro de ella su sociedad se cuenta entre las que están aquejadas de notorias deficiencias; pero está mucho más cerca de cualquier sociedad europea que de las de otros continentes.

En la actualidad se ha llegado a una confusión tan grande sobre las condiciones normales de la vida colectiva, que se olvida la más importante, que es la publicidad; la vida colectiva tiene que ser vida pública, res publica. El tratamiento particular y "privado" de los asuntos que por su índole son públicos es clandestinidad. No basta con que haya posibilidades. Lo decisivo es poder contar con ellas, es decir que tengan carácter de disponibilidad. Desde el punto de vista social y no meramente jurídico, esto es lo que significa "Estado de derecho": no basta con que de hecho se puedan hacer muchas cosas -por condescendencia o lenidad, porque se lo permitan a uno-; hace falta que uno tenga derecho a hacerlas. Esto es lo único que permite proyectar, lo que hace que haya programas y continuidad social, que el hombre sea dueño de sí mismo y pueda convivir activamente con los demás, y la sociedad se organice y tenga, a la vez, movilidad y equilibrio. Y como dijo el poeta: "Tanto generalizar / acaba por no ser nada. / Nada de particular".

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