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En el cepillo sólo billetes

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 3 de agosto de 2007, 00:03 h (CET)
La Iglesia Católica, visto lo visto, debe ser, en estos momentos, una de las mejores empresas del mundo a juzgar por los años que lleva en activo y sin que ninguna de las vicisitudes por las que ha tenido que pasar haya hecho que tenga que proceder a la suspensión de pagos para poder hacer frente a sus acreedores. Su activo, sobre todo el inmobiliario, es numeroso y se acrecienta con el paso del tiempo ya que a la inmensa mayoría de sus acreedores, también llamados fieles, les abona sus deudas mediante promesas en otra vida, es decir, unos pagares de difícil cobro y que nunca merman la cuenta de capital.

En un principio, hace ya más de veinte siglos, la Iglesia nació pobre pero luego unos buenos Consejos de Administración la han llevado a la cima de la riqueza vaticana. Leyendo la Biblia vemos que los signos externos de riqueza no eran demasiado bien vistos por los “buenos” de esta larga historia. En cuanto uno se desviaba del camino que el buen Dios ordenaba ya podía ir preparándose a recibir, él y todos los suyos, toda clase de desgracias. Pasó con los egipcios a los que castigó con todo un muestrario de plagas, pasó con los libertinos de Sodoma y Gomorra a los que hizo arder o convirtió en estatuas de sal y pasó, también, con los seguidores de Moisés que, en un descuido de éste, se lanzaron a adorar un becerro de oro y que todavía andarían errabundos en busca de su tierra prometida a no ser por las tropas aliadas que, una vez derrotado el nazismo, decidieron lavar sus conciencias entregando a los judíos una parte de los territorios que pertenecían a los árabes, pero esta es otra historia. Lo importante, para mi, es que, durante muchos años, los seguidores de esta Iglesia lo han hecho bajo el miedo al castigo divino, al fuego del infierno. Y claro, muchos de ellos han intentado comprar en esta vida su mejoría en la otra.

Desde que, de niño, comencé a frecuentar los templos he visto, en todos ellos, aquellos pequeños cajones de madera, justo al lado de cualquier estatua representando a un santo, en los que los fieles depositaban al mismo tiempo sus esperanzas y un, por lo general, pequeño óbolo para que el santo, al olor del dinero, fuera más generoso con ellos. Al mismo tiempo y en cada celebración de la liturgia de la misa ha habido y hay un momento en el que alguien pasa entre los asistentes una bandeja para recaudar fondos- las abuelas de antes les daban a los niños diez céntimos para que los depositaran allí-, pero todavía hay más. La Iglesia está exenta de pagar el IVA en sus transacciones, debe ser por aquello de que las misas son un bien tan necesario como la sanidad, y además de que el Estado, o sea todos nosotros, paga a sus profesores de religión, nuestros impuestos sirven, entre otras cosas, para seguir manteniendo toda la parafernalia eclesiástica. Y encima de todas estas prebendas la jerarquía eclesiástica todavía protesta y lanza a sus huestes hacia el camino de la insumisión.

El sentido común me hace pensar que cuando alguien quiere algo debe pagarlo, el pueblo que es sabio dice que “el que quiera vicios que se los pague” pero eso no pasa con la Iglesia, que no es un vicio, donde todos los españoles nos vemos obligados a pagar los servicios que tan sólo utilizan unos pocos y que encima, y por lo visto, son un poco tacaños a la hora de contribuir a paliar las necesidades económicas de la entidad de la que son socios. En un país como España donde casi todos estamos bautizados, y con pocas posibilidades de borrarnos de las listas oficiales de la Iglesia, pero donde la inmensa mayoría se considera no practicante la Iglesia comienza a quejarse de que no puede mantenerse a pesar de todas las prebendas de las que disfruta, y cuando exige a sus afiliados un esfuerzo económico estos protestan como ha sucedido en Benicàssim.

Hoy en día los curas también hacen vacaciones, como en cualquier empresa los trabajadores, y para cubrir la plaza vacante se envía a un sustituto. Eso es lo que ha pasado en esta villa castellonense conocida, especialmente, por ser durante años un lugar elitista de veraneo y ahora por ser la sede de un conocido festival musical. A la ermita de la Capilla de la Virgen del Carmen ha llegado desde El Pilar de Zaragoza un interino para decir las misas, misas que en invierno sólo se celebran en domingo por falta de asistentes pero que en esta época del año son diarias. Los asistentes, por lo general, suelen ser gentes de “buen pasar”, la mayoría con una segunda residencia familiar y de siempre en las playas de Benicàssim y durante la celebración de la liturgia es fácil distinguir tapando los cuerpos morenos de sol y sal prendas de las mejores marcas y oler los mejores perfumes y desodorantes.

Y al buen padre interino cada día al hacer caja las cuentas no le salen. Cómo es posible que entre gentes como estas los cepillos de los santos no engorden y la bandeja que recoge los óbolos de los feligreses cada día tan sólo ofrezca el vil metal de los céntimos de euro o algún plateado euro suelto. Así no se gana el cielo, el cielo es algo más caro que unos pequeños centimitos, y el buen párroco aprovechó la homilía para decir a sus fieles que “para dejar centimitos, mejor no dejen nada”. Así que ya lo saben, si pasan por Benicàssim y acuden a misa a la Capilla de la Virgen del Carmen cuando el monaguillo pase la bandeja la aportación mínima es de cinco euros, ya que el sacerdote interino quiere ver la bandeja repleta de billetes, más papel y menos metal que ensucia los dedos al contarlo. Al fin y al cabo están haciendo una buena inversión ya que, con un billete cada domingo, se aseguran toda una vida eterna llena de felicidad y no como algunos descreídos que arderemos, también eternamente, entre demonios con cuernos y rabo.

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