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Guardavía alemán al paso de las inversiones rusas

Borís Kaimakov
Redacción
viernes, 3 de agosto de 2007, 00:04 h (CET)
Por estos días, el periódico ruso Izvestia soltó una descarga contra Frau Kanzlerin.

Bajo el título “Angela Merkel levanta otro Muro de Berlín”, el rotativo analizó las últimas declaraciones de la líder alemana según las cuales la señora Merkel exigía la adopción de medidas legislativas para impedir el flujo del capital ruso de envergadura a su país.

Por supuesto que el título del artículo fue una metáfora política, pero también constató una paradoja en la historia. Construido entre otras cosas para impedir la fuga de los alemanes orientales a la zona occidental de la ciudad, el Muro de Berlín también se erigió para defender la economía de la extinta República Democrática Alemana (RDA) del poderoso marco occidental.
Por lo visto, la rueda de la Historia ha dado un viraje total, pues ahora es la economía rusa la que infunde miedo. Diez años atrás, cuando un empresario ruso adquirió una empresa en ruinas en Sajonia, pagando simbólicamente un marco, la euforia en Moscú y en Berlín fue indescriptible. ¡No faltaba más! Al fin de cuentas los rusos dieron a entender que están dispuestos a invertir sus capitales en la industria europea. Y no había pasado mucho tiempo desde aquella vez en que el fallecido ex presidente ruso Boris Yeltsin directamente pidió a los alemanes durante un viaje a Colonia: “Vengan a nuestro país, conquisten o van a llegar tarde”.
Los alemanes acogieron la invitación con entusiasmo, y actualmente ocupan una posición líder entre los inversores que trabajan en el mercado ruso.
Hasta tal punto los empresarios alemanes se han adaptado al consumidor ruso, que incluso ya no consideran necesario traducir del idioma alemán al ruso sus anuncios publicitarios. Para la tele audiencia rusa aparece en alemán el anuncio de aspiradoras: -“Das ist Thomas”, y alucina que ninguno de los rusos se haga la pregunta: “¿Was ist das? (¿Qué es esto?). Todos lo entienden.
No obstante, está claro que hasta la fusión fraternal del capital ruso-alemán todavía queda una distancia enorme. El miedo de que al territorio germano primero llegue Gazprom y después millonarios como Abramóvich o Deripaska a comprar activos estratégicos, para supuestamente comenzar a dictar al Bundestag (Parlamento) la adopción de resoluciones políticas obliga a los líderes alemanes hacer declaraciones asombrosas.
Como la que hizo el ministro presidente del estado federal de Hessen, Roland Koch, que interpretó los planes de Gazprom de operar en el mercado alemán de la siguiente forma; “Rusia quiere obligarnos a verla como un país capitalista controlado por el Estado al servicio del Kremlin”.
Ante empresarios de Munich, el presidente de Rusia, Vladímir Putin dijo que ese tipo de temores eran infundados. Subrayó que entre otros, los japoneses tienen una amplia representación en la economía de Europa y que a nadie se le ha venido a la cabeza temer por la influencia de Tokio en la política de Berlín.
La política del antiguo canciller de la RFA, Gerhard Schroeder, cuya esencia se expresaba en la palabra “realpolitik” y que sobreentendía la incorporación de Rusia en los procesos políticos y económicos de Europa ha sido suplantada por la política de Angela Merkel.
Ella pide a Europa que prohíba a las empresas estatales rusas comprar activos en la Unión Europea (UE). De esta manera Frau Kanzlerin da una respuesta inequívoca a las empresas petroleras y de gas rusas interesadas en invertir capitales en el desarrollo de las redes de distribución energéticas de Europa.
Proteccionismo puro, sólo de esta forma pueden caracterizarse ese tipo de exigencias. Por supuesto que Angela Merkel no puede ignorar los intereses de las empresas alemanas, que de una u otra manera dependen del Estado. Por ejemplo, la empresa de energía eléctrica RWE que adelanta conversaciones para participar en el proyecto Nabucco. En el caso de que este proyecto logre realizarse, el gas proveniente de Asia Central llegará a Europa sin pasar por Rusia.
La compañía francesa Gas de France también aspira ser socio del proyecto y los motivos de su participación lo explica su interés en impedir a Rusia el acceso a las redes europeas. Con esto, se ignora el hecho de que puede ser muy problemático llenar ese nuevo gasoducto con gas. Simplemente, es probable que falten las cantidades suficientes de ese combustible, y en este caso, la participación de Rusia no se debe descartar.
Si en Europa la discusión sobre su independencia energética de Rusia se desarrollaba desde los tiempos de la construcción del gasoducto Urengoi-Pomari-Uzhgorod a medidos de los años 80, ahora ha aparecido una fobia nueva relacionada con las intenciones de Rusia de trabajar más activamente en los mercados occidentales. Así por ejemplo, la empresa rusa AFK Sistema chocó con la barrera guardavía que le interpuso en su camino el ministro alemán de finanzas, Peer Steinbrueck.
Durante largo tiempo, AFK Sistema y Deutsche Telekom sostuvieron intensas conversaciones con miras a ejecutar proyectos conjuntos, pero surgieron sospechas de que los rusos podrían hacer piratería tecnológica y ese fue el motivo para su rechazo. A pesar de que la empresa rusa no venía con las manos vacías al expresar su intención de utilizar sus inversiones para elevar el nivel tecnológico del operador de comunicaciones alemán.

La política de contener la participación económica rusa en los proyectos europeos evoca en Moscú recuerdos sobre la Guerra Fría.

¿Amenaza Europa una “guerra fría económica”?,incluso los más pesimistas afirman que hasta este punto las cosas no van a llegar. Pero en cualquier caso, Rusia va a tener que tener en cuenta la realidad actual. La aspiración de Rusia de convertirse en socio de pleno derecho en la Europa para todos, lo que muchas veces dijo Putin cada vez se torna más difícil.

El proteccionismo económico nunca favoreció la aproximación de los países, así que Alemania, que siempre fue uno de los jugadores clave en la arena europea, al desviarse de la “realpolitik” tendrá no solo que tener en cuenta su costo político y moral, sino también hacer frente a pérdidas económicas substanciales.

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Borís Kaimakov, para RIA Novosti.


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