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Progresismo

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 2 de agosto de 2007, 00:49 h (CET)
Hay que reconocer que la izquierda tiene una inmensa capacidad para manipular el lenguaje poniendo en circulación palabras-mito, que mucha gente repite estimándolas como “políticamente correctas”. Una de estas palabras es “progresismo” Ser progresista es bueno, aunque el que así se auto titula no tenga nada claro en que consiste tal cosa, salvo para afirmar que es progresista porque es de izquierdas y es de izquierdas porque es progresista. Un gobierno de progreso es el ideal democrático al que aspira la izquierda y los nacionalistas, aunque muchos de ellos no sean, ni hayan sido jamás, de izquierdas.

Por eso sería bueno que tratáramos de ver lo que se esconde detrás de estas palabras de contornos actualmente vagos y nebulosos. La idea del progreso ha tratado de sustituir a la fe en la providencia, como mano invisible que orienta e impulsa el desarrollo de la humanidad a través de la ciencia en un ascenso imparable. La idea de un progreso indefinido pienso que está en crisis desde que empezamos a hablar de desarrollo sostenible y tuvimos conciencia del costo que representaba y del peligro de que podemos acabar con la vida en el planeta, cada vez más publicitada con teorías sobre el calentamiento global, o la destrucción de la capa de ozono o una nueva glaciación.

Unida la idea del progreso al marxismo, al capitalismo o a los distintos tipos de socialismo, se ha ido ofreciendo como solución política a todos los problemas de la humanidad, en una especie de optimismo antropológico desmentido una y otra vez, dejando en su camino millones de victimas. Aunque la ciencia haya mejorado las condiciones de vida de gran parte de la humanidad, las diversas ofertas políticas no ha resuelto los problemas de libertad, igualdad y fraternidad de todos los hombres, aunque unas hayan conseguido éxitos limitados y otras, fracasos estrepitosos. Tampoco está nada claro que haya habido un progreso moral global, pues al lado de grandes esfuerzos por paliar el mal y el dolor y encontrar la felicidad, siguen “progresando” formas perversas de dominación, de terrorismo, de inseguridad, de genocidios…

Cuando aquí, en España, hablamos de progreso y de progresismo ¿de qué hablamos?

¿De democracia? Para los progresistas la democracia se invoca como un absoluto legitimador de cualquier cosa, pero que se concreta en votar cada cuatro años unas listas cerradas y bloqueadas, confeccionadas por los partidos que buscan obtener el poder a cualquier precio, como se puede comprobar en los pactos y componendas que siguen a cada elección. Se oponen a una reforma electoral por respeto, dicen, a las minorías, pero vejan e insultan a todas horas al Partido Popular que representa a muchos más españoles que todas las minorías juntas.

¿De los derechos humanos? Pero en lugar de defenderlos en el mundo, se inventan otros nuevos, de consumo interno, para demostrarse a sí mismos lo progresistas que son: matrimonios homosexuales, paridad, divorcio exprés, liberalización del aborto, eutanasia, investigación sobre embriones, etc. etc.

¿De libertad? No parece que crean mucho en ella los que impiden a los padres educar a sus hijos en sus propios valores e imponen una asignatura obligatoria para formar la conciencia de los jóvenes, educar sus sentimientos, orientar sus opciones afectivas y sexuales. Al mismo tiempo amenazan a los que objetan este engendro de asignatura.

¿De tolerancia? A través de ella se busca la aceptación del relativismo, de que todas las ideologías, doctrinas y religiones tienen el mismo valor. Pero estos tolerantes son absolutamente intolerantes con cualquiera que no piense como ellos.

¿De políticas sociales? Las Comunidades Autónomas que llevan más tiempo sufriendo gobiernos progresistas y de izquierda ocupan siempre los últimos lugares del ranking nacional. Sobran los comentarios.

¿De política nacional? Lo progresista es compartir las ideas disgregadoras de nacionalismos, que pueden ser de todo menos progresistas, pues invocan los derechos de territorios antes quede personas, historias manipuladas, falsos victimismos para negarse a la solidaridad. Los progresistas, quizás no todos, están dispuestos a destruir España para luego volver a edificarla, pero sin planos ni proyectos. Destruir es fácil, pero construir lleva siglos.

¿De política internacional? Ser progresista es ser antinorteamericano, amigo de Fidel Castro, de Hugo Chávez o de Evo Morales. Hablar de la alianza de civilizaciones y contar cada vez menos en Europa y en el mundo. Seguir utilizando la guerra de Irak para atacar al PP y manteniendo soldados en otras guerras.

¿De historia? Quieren eliminar la reconquista y reeescribir lo ocurrido entre 1931-1939 al estilo orwelliano de 1984. Para esta reescritura siempre encuentran a mano a asalariados dela pluma o el ordenador.

He leído en algún lado que el progresismo es la enfermedad senil de la izquierda, idea que Comparto. Quién quiera ser progresista ¡allá él! Yo, desde luego, no.

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