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Etiquetas:   Letras Viajeras   -   Sección:   Opinión

Verano, Santander

Luis del Palacio
Luis del Palacio
domingo, 14 de enero de 2007, 23:00 h (CET)
Ayer soñé que subías
Por la alameda primera,
Luciendo la saya blanca
Y el pañueluco de seda.
Dime, dónde vas morena
Dime, dónde vas salada
Dime, dónde vas morena
A las tres de la mañana


Un verano como este –hasta casi agosto lluvioso y tristón- invita a repasar las letras de canciones que ya rara vez se escuchan en las romerías y las verbenas, atosigadas por la globalización musical. Antes, en las charangas de las fiestas populares, se tocaban pasodobles y se cantaban boleros que hoy nos suenan lejanos, como perdidos en la bruma cantábrica.

Durante el verano, en los tiempos ya casi de Maricastaña, la prensa solía resucitar al monstruo del lago Ness de su letargo de diez meses, y lo llevaba a la superficie; como en aquella divertida y algo melancólica película de Billy Wilder, La vida privada de Sherlock Holmes, en la que Nessi era un monstruo mecánico, un submarino con cabeza de dragón, que echaba humo por la nariz. Sus tripulantes eran cinco hermanos enanitos que mueren por los efectos de un gas tóxico. El gobierno de Su Graciosa Majestad no les premia y la reina Victoria –persona también de no muy alta estatura- moteja todo el asunto de “vil, antideportivo y antibritánico”. La empresa auspiciada por el Almirantazgo y cuyo valedor era Mycroft, el mismísimo hermano de Sherlock, termina siendo un fiasco que prueba la inutilidad de tratar de competir con los avances tecnológicos del belicoso kaiser Guillermo II.

A estas alturas estivales ya no necesitamos echar mano de un monstruo que surgió, probablemente, de ese sopor suave que produce un malta criado en cualquiera de las diminutas y misteriosas destilerías de Invernesshire. El monstruo, sin ir más lejos, apareció aquí, en Santander, de forma mucho menos romántica –nada romántica- encarnada por dos de sus retoños con cerebro de saurio ( y de mosquito) Y es que nuestra castiza y letal ETA, nada tiene que ver con ET, aquel entrañable monstruito que siempre quería irse a su casa. Un desconocido y heroico policía en prácticas les estropeó la tragedia prefabricada. Y el verano siguió –sigue- con sus brumas matutinas y una constante amenaza de galerna, agazapada en la sombra como las brujas de Macbeth.

Loredo –que no Laredo- conserva parte del encanto perdido en otros lugares del Norte; aunque ya no haya vacas, ni pastos, ni apenas alquerías y solo sea posible escuchar el rumor del mar por la noche o de mañana, muy temprano, cuando el señor del cortacesped aún no se ha levantado y los primeros surfistas no han espantado a las gaviotas de la playa.

La playa... Cuando la especulación urbanística haya destruido por completo el último resquicio de belleza de este lugar (hace años sucumbió a la piqueta el Palacete del Indiano; la casa palacio de los Jorganes se hunde sin remedio, y solo aguantan como islotes entre horribles edificios de apartamentos, la llamada Casa de la Marquesa y el caserón de los La Serna, descendientes de Concha Espina) siempre, como París para Humphrey Bogart, nos quedará la playa; esa playa magnífica de casi siete kilómetros, que va desde las rocas que miran a la isla de Santa Marina a la playa de El Puntal. La parte occidental de la bahía se ve nítidamente cuando hay “mareas vivas” y durante buena parte del año: Cabo Mayor, la isla de Mouro, el Palacio de la Magdalena; y algo más al sur, el puerto deportivo, Puerto Chico y el Paseo de Pereda.

Santander –como muchas ciudades afectadas por el turismo- cambia en verano. Quienes alguna vez hemos vivido en ella durante otras épocas del año, lo sabemos. El Palacio de Festivales –mamotreto que no logra romper del todo la homogeneidad de la zona portuaria- se llena de conciertos de música sinfónica; el Palacio de la Magdalena ofrece sus cursos de verano –algunos incluso interesantes- y un verdadero acierto, los Martes literarios, inaugurados este año por mi querida amiga Nativel Preciado.

Santander cambia, se acelera, se engalana para celebrar su Semana Grande; y en agosto, las fiestas de San Roque en pueblos costeros como Galizano, cuyo extenso bosque de pinos y eucaliptos lo separa del cabo de Ajo y de su impresionante faro.

No hay serpiente de verano que pueda con el tópico “descanso merecido”. Y otra vez acude a mí una vieja canción cántabra:

No hay quien pueda/ No hay quien pueda con la gente marinera;/ marinera, pescadora/ No hay quien pueda por ahora

Septiembre es con frecuencia el mes más hermoso del verano en Santander. Si sopla viento sur, “el sur” como lo llaman aquí, hará treinta días de sol y calor moderado. Y será como siempre un placer cruzar la bahía en la lancha de Los Reinas hasta Pedreña y saborear una marmita de bonito en Ezquerra, pequeña casa de comidas frente al muelle; o acercarnos hasta Suesa, para almorzar en Sinfo, que incomprensiblemente no figura aún en la dichosa Guía Michelin (aunque esto quizá sea, después de todo, un honor)

En fin, no me he olvidado de la montaña; pero de ella hablaré en otro momento. Y es que, aunque me resista un poco a parafrasear algo que se lee en la publicidad oficial, “Cantabria es infinita”.

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