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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Illuminati

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 28 de julio de 2007, 22:21 h (CET)
Muchas veces creemos que somos algo que no somos. Sobre todo si pensamos en lo humano como especie.

Para autoconvencerse, el ser humano sabe muy bien cómo engañarse y, si hace falta, crea sistemas enormemente complejos, perdurables e impermeables al cambio. Sea por mandato divino, por necesidad política o imperativos morales, el hombre siempre ha ocupado el lugar privilegiado en las decisiones cosmológicas.

A creernos el centro del mundo nos ayuda, sin duda, el estado actual de todo relacionado con la tecnología y las nuevas disciplinas científicas que tratan de abarcar un avance que parece no tener límites.

Por eso es admirable la capacidad que tiene un apagón general -como el ocurrido en Barcelona esta semana- para hacernos ver que sin fluido eléctrico no somos nada. Nada, literalmente. Si no tenemos la posibilidad de conectarnos a la red eléctrica, no sabemos cómo divertirnos, por dónde movernos o cómo conservar los alimentos.

En las quejas de los afectados y en las tertulias matinales se han dejado escuchar en muchas ocasiones opiniones que tildaban de ‘tercermundistas’ las condiciones de vida que provocó la avería, en una ciudad que se inscribe en el registro de ciudades del primer mundo.

Son tantos los aspectos que separan a los países del primer y del tercer mundo, que no es justo que en el fallo de uno de ellos se encuentre el descaro para comparar ambos grupos.

Dejando eso de lado, lo que me ha fascinado de toda esta situación es la organización espontánea de protestas ciudadanas en la calle. El espacio público, como en contados momentos, pasó de ser el espacio de nadie a ser el espacio de todos. En él fuimos conscientes de lo mucho que dependemos de algo que no podemos ver.

Porque la materialidad de los objetos nos hace enaltecer en exceso sus virtudes: nadie duda de la importancia de los ordenadores personales, de la necesidad del buen estado de las carreteras. Pero a la hora de valorar lo intangible, tan acostumbrados estamos a que nos rodee sin sentirlo que solamente notamos su valía cuando nos falta.

Tanto hemos dado por sentado que la electricidad debe llegar a todos los rincones, que hemos llamado ‘sociedad de la información’ a una era en que hasta la información circula por medio de hilos eléctricos.

Más que en la sociedad de la información, vivimos en un nuevo siglo de las luces.

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