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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Campesinos

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 27 de julio de 2007, 19:13 h (CET)
"Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra."


Antonio Machado

Uno de los hechos más notorios de nuestra época, que preocupa a los economistas y sociólogos, y pronto inquietará a los historiadores, es la alteración de las condiciones de vida de los hombres que viven del cultivo de la tierra, y por consiguiente del tipo humano mismo realizado por esos hombres. Se ha señalado la evolución del campesino, que se ha convertido en agricultor y tiende a no ser sino industrial agrícola, pero estas variaciones se han considerado casi siempre desde el punto de vista económico y técnico, es decir, teniendo en cuenta las exigencias y posibilidades de la producción; a lo sumo, se ha intentado ver las repercusiones sociales de esas causas técnicas y económicas. Creo que las cosas son más complejas, y que con esos fenómenos se ligan otros estrictamente sociológicos, que tal vez sean los decisivos; y, sobre todo, no me parece posible conjurar los evidentes riesgos que amenazan como consecuencia de esos cambios si no se tiene suficiente claridad sobre ese aspecto sociológico, al que me quiero referir brevemente.

Ante todo, el campesino actual empieza a sentirse mucho menos radicado en una tierra determinada, por lo pronto porque la facultad y necesidad de los desplazamientos le hace conocer otras. Más importancia aún tiene la cuestión de la propiedad de la tierra. Su sentido se ha debilitado enormemente, y esto es decisivo. De un lado, la inestabilidad jurídica de la propiedad ha minado su fuerza social; en segundo lugar, la intervención de la Unión Europea en los cultivos, cosechas, precios, etc., ha mediatizado igualmente el dominio del propietario; en tercer lugar, porque en la actualidad lo que más interesa a los contemporáneos es el uso de las riquezas, no su propiedad permanente como fondo de disponibilidades; por eso se prefiere, aun en formas de economías modestas, un salario elevado a una pequeña hacienda, de valor comparable.

Además, se está produciendo una uniformación relativa entre la ciudad y el medio rural; se ha suprimido la diferencia abrupta entre ambos, que hacía penosa la comunicación. La consecuencia de esto es doble. De un lado, se produce la "urbanización" del campo, el acceso de los labriegos a una serie de formas reservadas antes a las ciudades, y así se produce una nivelación en el país. Pero de otro lado, como al fin y al cabo esas formas "urbanas" de los medios rurales son deficientes, a veces míseras, el campesino tiene conciencia, cada vez más viva, de limitación. El mundo del pueblo le parece angosto, tosco, aburrido, poco incitante. En la ciudad encuentra con otra plenitud lo que en su lugar se le ofrece en una versión lamentable. El resultado inevitable es el descontento. Se objeta a esto que los campesinos, salvo en algunas regiones, viven hoy a un nivel que no habían alcanzado nunca, comen mejor, disponen de una serie de comodidades y aun pequeños lujos a que ni siquiera aspiraban hace treinta o cuarenta años. Todo esto es cierto; pero el error estriba en creer que lo económico es lo decisivo, que el descontento o la satisfacción en un tipo de vida es mera consecuencia del nivel adquisitivo que permite. Claro es que en condiciones miserables no cabe sino el descontento; pero si se eliminan los casos extremos, importa mucho más la ilusión por una forma de vida que parezca atractiva y apetecible. El campesino empieza a sentir que, sean cualesquiera sus ventajas económicas, la ciudad es más agradable y permite posibilidades más atrayentes: la consecuencia es el absentismo, el desplazamiento hacia las grandes agrupaciones urbanas. Que esto es grave, a nadie se le oculta. Pero quizá no se advierte hasta qué punto lo es. Porque se atiende a las consecuencias inmediatamente económicas: abandono de la agricultura, disminución de la producción, aumento del paro, etc.; pero no se suele pensar en la destrucción de un tipo humano, el del campesino, que ha sido durante milenios una de las piezas esenciales de la sociedad europea, con una función cuya importancia es decisiva. Su volatización altera la estructura social.

Cuando se advierte esto, se suele considerar la situación como una "calamidad" que ha sobrevenido como un "mal" que amenaza a la sociedad, que antes estaba "bien" constituida. Y se propende a buscar dos tipos de soluciones igualmente ingenuas: la lamentación o el intento de dar marcha atrás. Ninguna de las dos tiene sentido, porque no se trata de ninguna calamidad, sino de la alteración, perfectamente explicable, de una situación pretérita, que tal vez encierre graves riesgos, pero que en sí misma se impone. Como las causas que han determinado esta innovación son reales y siguen actuando, no hay manera de anularlas y volver a lo anterior. La única solución posible a los inconvenientes habría de empezar por reconocer y aceptar la situación efectiva, hacer hincapié en ella, perseguirla hasta sus últimas raíces y buscar en ella misma su superación. ¿De qué se trata, en definitiva? De una ruptura del mundo del campesino, que lleva consigo la evaporación de éste como tipo humano tradicional. Hay que preguntarse perentoriamente: ¿qué es ser campesino? ¿Cómo se puede ser campesino en el siglo XXI? ¿Es posible un proyecto vital del labrador que sea incitante y atractivo, dada la situación real en que el mundo se encuentra? Y como dijo el poeta: "Y a preguntas sin respuesta / ¿quién te podrá responder?".

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