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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Ciudad entre tinieblas

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 26 de julio de 2007, 22:03 h (CET)
Desde el pasado lunes antes del mediodía no hago mas que recibir llamadas de amigos de diversas partes de España que me preguntan, en algún caso con un cierto tono de ironía, aquello de ¿tienes luz?. Y la verdad es que, a estas alturas del siglo XXI, desterrados los viejos carburadores y arrinconadas las velas de cera en los más recónditos cajones de las sacristías, se hace difícil contestar con una negativa a tan directa pregunta. Lo más lógico, normal, racional y corriente es que cada vecino tenga su luz, un elemento de la vida diaria que, desde hace años, nos resulta imprescindible. Pero ahora y aquí en Barcelona no es así.

Yo si tengo luz, pero todavía quedan miles de barceloneses que siguen teniendo que alumbrarse con velas y quinqués y utilizando las linternas para desplazarse de uno a otro lado de su barrio. Y todo comenzó un lunes cuando el mes de Julio estaba dando sus últimas bocanadas y la mayoría de ciudadanos preparaban sus vacaciones mirando, una y otra vez, que nada faltara y todo estuviera a punto para esos días de asueto que les iban a servir para cargar pilas y volver, en Septiembre, con mayor fuerza para soportar la avinagrada cara y los gritos del D. Servando de turno. Alrededor de las once de la mañana la mayoría de los semáforos de la ciudad dejaron de funcionar mientras algunas gentes, atrapadas en los ascensores, tenían que ser rescatadas por los bomberos y los cajeros de las entidades bancarias y las cajas registradoras de los negocios se declaraban en huelga de corriente.

Poco a poco la ciudad iba convirtiéndose en un caos. En pocos minutos pareció que todos los coches barceloneses se hubieran dado cita en una de sus arterias principales hasta el punto de oscurecerla. Más tarde y conforme aquella marea humana y motorizada adquiriera contextura las gentes crecerían y, finalmente, sería una mezcolanza de razas la que tomaría, en algún barrio, las cacerolas para, con su ruido, despertar aquellas conciencias dormidas a las que tanto les da un apagón como la aparición, hace meses, de un socavón en el Carmelo.

Barcelona ha pasado de ser “La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza a ser una urbe entre tinieblas. Nadie fue capaz de arreglar en las horas que todavía restaban de luz aquella avería, que debería haberse previsto, y aquella noche muchos barceloneses tuvieron que cenar a la luz de las velas y sin un ápice de romanticismo en las deterioradas mesas del uso y la costumbre.

Como suele suceder las compañías encargadas del suministro eléctrico han sido las primeras en saltar al ruedo de los comunicados. “Seño, yo no he sido”. Ellos no fueron, fueron las circunstancias las culpables de ese tremendo apagón que ha hecho que más de 350.0000 barceloneses se quedaran sin corriente. Ordenadores estropeados, gente sin un euro en el bolsillo porque los cajeros no funcionan, las oficinas públicas y muchos domicilios convertidos en peculiares saunas por falta de funcionamiento de los aparatos de refrigeración, hospitales suspendiendo y aplazando operaciones, consultorios médicos donde la única iluminación era un cabo de vela, alimentos estropeados en las neveras y un sinnúmero de policías locales y mossos d’escuadra, intentando dirigir un tráfico cada vez más caótico.

Ha habido personas que han tenido que dormir dos noches sin luz y que hartas de que las autoridades locales y autonómicas no dieran ninguna respuesta a sus peticiones han optado por salir a la calle y mostrar su protesta mediante una cacerolada que resonó en algunos de los barrios afectados, incluso con cortes del tráfico rodado como sucedió en la Meridiana. La noche del martes todavía era posible ver por algunos barrios barceloneses patrullas conjuntas de mossos y policía local que intentaban suplir con su presencia la falta de semáforos y luz.

Hoy Endesa dice que ya está restablecido el servicio aunque la normalidad no se sabe para cuando llegará. El pasado lunes una población más numerosa que la inmensa mayoría de las capitales españolas tuvo que sufrir en sus propias carnes el apagón más grande de la historia de Barcelona. No fue “el principio del fin del mundo” como vaticinó el ínclito y chaquetero Sánchez Dragó al comenzar en Tele Madrid su espacio de noticias pero si que ha hecho que Barcelona estuviera, casi como en tempo de “Estatut”, en las portadas de todos los medios de comunicación.

Los políticos han hecho lo de costumbre, se han tirado las culpas unos a otros como era de esperar. Aquellos que mandan miran hacia otro sitio y acusan a los anteriores y la oposición se ceba en el poder actual y, mientras, el pueblo llano, ese que cada día se apunta más y más al partido abstencionista recupera el regusto a hacer las cosas sin prisas, a cenar a la luz de las velas y a hacer el amor, a falta de televisión que ver, entre sudor y sábanas. Y los responsables seguirán haciendo sonar el “dring, dring” de sus cajas registradoras sin importarles el ruido de las caceroladas, las denuncias de los ciudadanos ni las multas que la autoridad ¿competente? tenga a bien escanciarles.

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