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Los ideales quijotescos

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 26 de julio de 2007, 12:37 h (CET)
“Loco soy, loco he de ser...”

(Don Quijote.)


Es tal la genialidad y la universalidad del Quijote, que se ha dicho con verdad: “el Quijote es un libro tan grande que cada uno puede encontrar en él lo que le dé la gana”.

Es una obra humana, social, política y filosófica que encierra la originalidad de su ingenioso creador plenamente arraigado en el pueblo por eso plenamente solo en él. Solo como el mar. Dándole a ese mar vivo la corriente pura de su lenguaje nuevamente rejuvenecido, eternamente recién nacido: con revolucionaria permanencia. Para trazar al hombre los caminos de la justicia, de la libertad y de la generosidad.

Poca política, creen algunos, que contiene el Quijote y, sin embargo, en una sola de sus páginas comprende todo un código de buen gobernar. Nunca se han llevado a las leyes disposiciones tan acertadas, tan serenas, tan reflexivas, como las pronunciadas por Don Quijote a Sancho en la víspera de su marcha a la ínsula Barataria.

Cervantes vivió el empobrecimiento general del país y tuvo tiempo en la prisión para reflexionar y dejarnos en su obra el retrato de la sociedad en que se desenvolvía. Su genialidad le permitió crear personajes, sin edad y sin historia, porque pertenecen a la eterna historia del Mundo. Don Quijote alienta un alma de héroe bajo la imaginación de una locura esencialmente lúcida, y Sancho es el pueblo, todo el pueblo español.

Dos ideas inspiran todas las acciones de Don Quijote, el honor y la equidad, impregnada por un concepto de justicia como virtud, basada en el código de la solidaridad. Y la finalidad es el hacer bien a los que han de menester.

La grandeza del alma del sabio de Don Quijote es insuperable. Nuestro Don Quijote inmortal es un loco sublime que lucha por un ideal que desborda humanidad. No en vano, se ha dicho: “El que vive sin locura no es tan cuerdo como parece”.

Don Quijote es un demócrata. No han faltado autores que han visto en él un adelantado del anarquismo o del socialismo, dado, su amor por los débiles, su entrega a los humildes y su protección a los pobres. Don Quijote lleva tras de sí a todo un pueblo español personificado en Sancho. Su extraordinario respeto al pueblo le lleva a olvidarse de sí mismo para entregarse sin reserva a los demás, para aminorar las injusticias.

El ideal ético, la belleza de Don Quijote está representada por Dulcinea, a la que ve no como es, sino como hubiera querido que fuese.

Qué exacto concepto expresa Cervantes a poner en boca de su Quijote: “que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones”. Y prosigue Don Quijote: “la virtud vale por si sola lo que la sangre no vale”.

Los valores y postulados que encontramos en el Quijote, son tan antiguos como inmutables. Son conceptos que nunca envejecen porque son tan eternos como la historia de la Humanidad. Esa es la verdad que nos grita Cervantes en su magnífica obra.

Tener verdad no es lo mismo que tener razón. Puede ser todo lo contrario. Es lo que nos enseña Cervantes en el Quijote. Para poder tener verdad hay que dejar de tener razón. Esta ética, poética y política de la burla, puede parecernos la esencia o quintaesencia del pensamiento irracional cervantino; el eje o núcleo o médula de toda la mejor poesía española: la de Cervantes, Lope, Quevedo, Góngora, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Calderón... la que tan puramente pensó y expresó Unamuno. Don Miguel no quería razonar el goce ni gozarse en la razón. “Verdad y vida, pues, y no razón y goce”, escribía, diciéndonos: “Son mi divisa”. Que fue también su hado; su más libremente aceptado destino de hombre, de nada menos que todo un hombre: al aprender a serlo hasta dejar de serlo; dejándolo de ser por sacrificar, la pasión, a la vida; la razón a la verdad: como Don Quijote. Como Cervantes. Y como dijo el poeta: “Don Quijote en su locura / tiene razón que le sobra / más que el barbero y el cura”.

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