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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La jornada de trabajo

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 25 de julio de 2007, 01:50 h (CET)
“Cada vez que sale el sol
me acuerdo de mis hermanos,
que sin pan y con fatiga
van a empezar su trabajo”.


Augusto Ferrán

La distribución de la jornada es uno de los factores que más fina y profundamente condicionan una forma de vida. Madrugar o trasnochar, comer a unas horas o a otras, reunir la jornada de trabajo en una primera parte del día, para dejar libre un margen al final, o bien hacer que la labor se extienda, menos apremiante y con descansos, de la mañana a la noche; todo esto revela una pretensión media dominante en una sociedad, un repertorio de deseo, una idea de lo que es la vida feliz.

Del tiempo de que dispone -más o menos cuantificado-, el hombre hace dos partes: el que considera suyo y el que le parece ajeno, aproximadamente, esta división viene a coincidir con la que respecto de las ocupaciones introdujo Ortega: trabajosas y felicitarias. El tiempo que “vende” cada uno para vivir no es “suyo”; es tiempo “enajenado”, alienado, que se siente como perdido; el “propio” es el resto libre, del que se puede disponer para lo que se quiera. ¿En qué proporción se reparten en cada sociedad, en cada forma de vida, en cada clase?

El hombre que se levanta al amanecer, acude presuroso a su trabajo, lo interrumpe media hora, una hora a lo sumo, para hacer un breve almuerzo, se afana después para terminar a las cinco de la tarde y tener un fragmento de jornada exclusivamente suyo, tiene otra contextura que el que prefiere permanecer en la cama hasta que es bien el día, ir a su casa a almorzar lenta y copiosamente, charlar de sobremesa, acaso dormir un poco de siesta, volver al lugar de trabajo otra vez, terminarlo ya de noche, sin tiempo de iniciar ninguna actividad, sino de pasear, tomar un aperitivo con unos amigos, asistir a un espectáculo.

¿De cuánto tiempo libre dispone un hombre medio de cada grupo en una sociedad determinada? ¿En qué lo invierte? ¿Qué le parece “perder el tiempo” y qué, por el contrario, aprovecharlo? Estas son las preguntas que hay que contestar en cada caso. Y hay que precisar también si en una época concreta esa articulación de la vida cotidiana que está vigente responde a las apetencias auténticas de los individuos, o estos la sienten como una imposición colectiva, como una organización que por inercia perdura y que se desearía cambiar. ¿Cuál es el lugar sentimental de las “diversiones” oficiales, del paseo, de la conversación, del no hacer nada, sino, acaso, tomar el sol? ¿Cuántas horas de soledad tiene el hombre, cuántas tiene la mujer? ¿Qué representan el juego, la lectura, el deporte, la galantería? ¿Cuál es el puesto del aburrimiento en una sociedad? Y este, ¿a dónde lleva? Tal vez a hacer ciencia, acaso a ganar dinero, quizá a conspirar, posiblemente a tomarlo como la condición misma de la vida. Si somos sinceros, tendremos que reconocer que la sociología y la historia no nos permiten hasta hoy responder suficientemente a estas preguntas, para casi ninguna sociedad, ni siquiera acerca de la nuestra; y que sin contestarlas no sabemos qué ha significado para esos hombres y mujeres “vivir”, menos todavía “ser feliz”. Y como dijo el poeta: “Por no querer perder el tiempo / pierdes el tiempo y el alma. / Estás perdiendo la vida / de tanto querer ganarla”.

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