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La partida y un 'quisiera'

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 25 de julio de 2007, 01:50 h (CET)
No por acostumbrado e inevitable, resulta sorprendente la facilidad con la que se deja el poder ante la inexorable llamada de la muerte. Suena un toc-toc a la puerta del despacho más poderoso y hay que levantarse, dejar todo como esté, y desaparecer para siempre. Para algunos, hacia ninguna parte, que tan difícil resulta de casar con las ansias de supervivencia albergadas en el sentir humano. Para otros, hacia “otra” vida regida por leyes superiores a las que los hombres han instaurado. De cualquier modo, el misterio está detrás del seco sonido de esos nudillos sobre la puerta.

Quienes han tratado al finado en toda su dimensión, difícilmente pueden admitir que “quepa” en un cajón de madera. Incomprensible, pero es así; cuatro tablas con mayor o menor gusto dispuestas recogen en su interior lo que fue un hombre, más destacable cuanto más de referencia, pero, en definitiva, como todos. Es lo que queda de un hombre cuando pierde la vida. Nada iguala tanto a los hombres como el aspecto que ofrecen al perderla; un conserje, la secretaria, el segundo de a bordo, o el supremo factotum, todos caben, aproximadamente, entre las mismas medidas. Bien lo saben los sepultureros, oficio todavía en pie a pesar de la difundida cremación.

No es lo mismo llegar al final de un mandato presidencial, de cuatro o seis años, o más si se manipula la reelección, que alejarse definitivamente del menor atisbo de vida. Los mayores quiebros de fortuna en este mundo admiten rehacerse de manera esforzada y ejemplarizadora. Desaparecer para siempre no tiene consuelo, salvo que se crea en que todo no termina en esta vida. Más, ¿qué sucede entonces? Respuestas existen para muchos gustos, desde quienes “creen” en futuras reencarnaciones, a los que confían en la resurrección de la carne. En algo hay que creer ante tan enorme misterio que se da de bruces con la razón. ¿Es posible no creer en alguna de esas respuestas, en la nada?... contranatura.

Una persona sonada estos días hacía la siguiente confidencia a este columnista en los años previos a dedicarse exclusivamente al modesto oficio de emborronar cuartillas: “¡Qué más quisiera yo, que ser agnóstico!...” Como si el agnosticismo por propio convencimiento fuera una postura envidiable ante lo que se ignora; así que, como, ni lo conozco, ni voy a hacer nada por conocerlo, ¡lo ignoro!... Bueno, no parece muy defendible esta actitud, sino que, más bien, ofrece ribetes de jactancia.

“Quisiera”, es un tiempo del verbo querer que expresa la acción como dudosa, posible, deseada o necesaria. No es un pretérito de indicativo, y ¿quién sabe qué se pude llegar a querer cuando las circunstancias se modifican? Los presidentes de Gobierno, tiemblan ante el resultado de las auditorias que se hacen de sus años de poder. Para algunos de ellos resultó un indiscutible argumento para no soltarlo en una disparatada carrera hacia adelante en forma de reelección tras reelección. Las auditorias se posponían o quedaban inéditas. En “la partida”, no hay lugar a la reelección, sino que cuanto suceda detrás de ella es consecuencia de la actitud conque se haya acometido el último instante de la existencia. El después, desde la fe, se sabe que está lleno de misericordia según se haya aplicado, o no, el esfuerzo por responder a lo desconocido.

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