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La salud se cotiza

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 24 de julio de 2007, 09:36 h (CET)
Las Bolsas de valores, en el mundo entero, cuentan entre sus ofertas y demandas las de importantes empresas cuyo negocio está referido a temas relacionados con la salud. Hasta no hace mucho, era cotizado el capital que se ocupaba de la producción y distribución de medicamentos bajo la expectativa de beneficios más o menos jugosos que hacen “mas o menos” atractiva la cotización de sus acciones. Recientemente se han incorporado otras corporaciones más modestas, como las que se ocupan de la “dermoestética”, que, con médicos, estructuras hospitalarias y personal sanitario contribuyen al mejor aspecto de la imagen del ser humano, y, que, organizadas mercantilmente, contribuyen con recursos de publicidad al mayor éxito del “negocio”.

Esta semana pasada, un grupo farmacéutico español ha sido noticia por el tirón al alza de sus acciones (17%) a causa de un nuevo medicamento investigado que parece ser útil en el tratamiento de determinados procesos cancerosos. Hasta aquí todo resulta correcto. Si no hay investigación, no aparecen nuevas sustancias eficaces. Y si “alguien” ha sido responsable de haber invertido en su descubrimiento, resulta lógico que obtenga beneficios. En potencia, todos han de agradecer que se ofrezca en el mercado.

Las cosas se complican en este limpio proceder cuando los intereses mercantiles dominan sobre los fines sanitarios, y no cabe duda de que la iniciativa privada favorece el desarrollo. No tenia porqué ser así, pero todavía está presente en la memoria la decadencia en la producción de nuevos medicamentos por la extinta Unión Soviética en que la iniciativa estaba en manos del Estado. El capitalismo, en este capítulo, como en otros, demuestra su eficiencia a la hora de respaldar la salud de la gente. Eficacia y beneficio se emparejan para beneficio mutuo, y todo el mundo sale ganando.

¿Qué ocurre cuando el interés mercantil prima sobre el servicio al paciente? También, unos años atrás, se sabía de determinados laboratorios farmacéuticos que mantenían sin “explotar” nuevos hallazgos, mientras la cuenta de resultados fuera brillante con los que estaban ya en distribución. Entre los profesionales se “hablaba”, por ejemplo, de que las “prostaglandinas”, de incalculable resonancia terapéutica, no eran potenciadas por la industria que poseía sus patentes mientras no decayeran los beneficios que proporcionaba el uso de los “corticoides”. Esto no es justo. Una mezcla entre interés público, y beneficio industrial, parecía lo más adecuado, en este delicado sector industrial de delicada reglamentación.

El viejo boticario preparando fórmulas “magistrales” para que el médico las recetase a sus pacientes, ha sido sustituido por una sólida industria experta en la investigación y distribución de nuevas moléculas capaces de devolver, mejorar, o conservar la salud del hombre. Con ello, la entrañable y verbenera “botica” se sustituye por un Consejo de administración, multinacional por añadidura –el cliente es el mismo en todas las latitudes; el ser humano doliente-, que, con todas sus técnicas empresariales, incluido el marketing, no sólo aporta nuevos medicamentos, sino que se abre sitio en el mercado, y aunque los pacientes son sus destinatarios, los hospitales y médicos resultan los canales de distribución, con todo lo que eso lleva consigo. Detrás del finiquitado “telón de acero”, los medicamentos eran escasos y obsoletos. Bajo las competitivas reglas de mercado, los médicos e intermediarios experimentan la presión de una industria que, sin ellos, quedaría inédita y sin cuenta de resultados favorable.

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