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Música

Etiquetas:   Crítica de música   -   Sección:   Música

Jam sessions con Woody

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
sábado, 1 de diciembre de 2007, 02:27 h (CET)
Desde que Woody Allen apareció hace algunas semanas por Barcelona para rodar un nuevo film sus seguidores, que son muchos, andan revueltos ante la posibilidad de poder escuchar uno de los míticos conciertos de jazz en los que, junto con la New Orleáns Jazz Band, el director cinematográfico luce sus conocimientos como clarinetista. Es conocido que Allen cada semana ensaya dos noches con la banda y toca en público una vez. Incluso dejó de acudir a recoger un Oscar porque esa noche le tocaba concierto con sus músicos. De ahí que, ante una rutina tan estrictamente llevada a la práctica, sean muchas las personas que de martes a sábado acuden al Café Vienés del Hotel Casa Fuster con la esperanza de que el neoyorkino acuda a tocar el clarinete acompañado por el banjo de Eddy Davis y el piano de Conal Fowkes.

El Café Vienés es un amplio salón de estilo modernista y, como todo el hotel, obra del arquitecto Doménech i Muntaner. Maderas nobles, un techo sinuoso y unas recias columnas de primeros del siglo pasado nos sirven para trasladarnos a un típico café de aquella época donde caballeros con bombín y bengala hablaban de las cotizaciones de la recién creada bolsa mientras sus castas esposas sorbían, con mesura, un humeante chocolate acompañado de picatostes. Pero entre estas paredes de amplios ventanales ocultos tras grandes cortinajes también podemos imaginarnos en un local del Chicago de los años de la prohibición tomando whisky en tazas de café mientras escuchamos la endiablada música “negra” del jazz.




Woody Allen y la New Orleáns Jazz Band en el Hotel Casa Fuster de Barcelona.



Con el convencimiento de que en esta atmósfera era más que probable la aparición de Woody Allen cada semana centenares de amantes del cine i el jazz acuden al Café Vienés y aunque no tengan la inmensa suerte de presenciar la actuación del director de “Manhattan” pasan dos horas disfrutando de una música netamente americana. Eso nos sucedió a nosotros la noche del pasado viernes cuando acudimos al Café Vienés, donde se puede cenar o tomar una copa de champagne mientras los pies marcan el frenético ritmo de la música de Davis y Fowkes. El mito y su clarinete no se hicieron presentes entre nosotros pero disfrutamos de dos horas de estupenda música.

Piezas del repertorio clásico del jazz y el swing fueron acompañándonos a lo largo de las interpretaciones al banjo y piano de los dos músicos de la banda que, habitualmente, acompaña a Woody. Una atmósfera de club de charlestón se extendía entre las columnas modernistas- al fin y al cabo de la misma época- del local, piezas de los maestros del jazz como Duke Ellington entre otros, rag-time al más puro estilo del Cotton Club, incluso con Jose un simpático camarero chileno que bailaba y hacía bailar a la bandeja sobre uno de sus dedos como hicieron en su días los camareros negros del Cotton, melancólicos blues, alguna canción popular de la América profunda, no podemos olvidar que Davis es de Indiana e incluso el tema “Cuando vuelva a tu lado” interpretado en español. En la segunda parte llegó la sorpresa con la incorporación de un trombón de varas. Fernando Kfouri es un brasileño, antes músico y ahora ejecutivo de una multinacional, que mata el gusanillo tocando con los amigos y que no ha dudado en volar desde NY para tocar en Barcelona junto a su viejo amigo Davis. La incorporación del trombón de varas, casi siempre con sordina, dio más auge al dúo de músicos y los asistentes pudimos disfrutar de una improvisada sesión, una autentica “jam session” en la que pudimos escuchar más temas de glorias del jazz como Dyzzy Gillespie, algún rock de los primeros tiempos y, también, piezas clásicas del musical de Broodway.

Todavía con la miel en la boca del concierto de la noche anterior el sábado, después de comer, acudimos al Café Vienés para tomar un café mientras ojeábamos cualquiera de los periódicos de todo el mundo que allá se ofrecen a los clientes. Y saltó la sorpresa. A las 15 horas entraba por la puerta del local un hombrecillo no demasiado alto y que en su mano llevaba un pequeño maletín negro, una gorra verde de las utilizadas por algunos pescadores tapaba su cabeza, y vestía camisa blanca con los puños abotonados y unos horribles calcetines blancos. El mismo Woody en persona acudía a ensayar con David y Fowkes. Era talmente un dios despistado bajando del Olimpo a mezclarse con los vulgares mortales, pero en aquel momento la media docena de personas que tomábamos café en aquel local nos sentimos unos privilegiados. Hay quien viaja expresamente a NY para poder escuchar a Woody y su clarinete y nosotros íbamos a ser testigos de un ensayo del cineasta con parte de su banda. Era, fue, como un concierto privado.

Los dos músicos y Woody subieron al pequeño e improvisado escenario y sin ningún artilugio electrónico por medio comenzaron a ensayar las piezas que, el día que Allen está en vena, tocan ante un atento público. Allen es tal y como le vemos en las películas, dubitativo y meditabundo sigue con la cabeza baja y mirando al suelo el compás de sus compañeros esperando el momento en el que debe entrar con su clarinete. A veces es él quien inicia el tema a tocar, sopla unas pocas notas en el clarinete y sus compañeros cogen tono y ritmo, en otras ocasiones es Davis quien le tararea algún tema hasta que el clarinetista acierta el tono a seguir. Y a veces duda y cree no poder tocar el tema aunque al final siempre lo consigue. Evidentemente Woody no es un gran músico, pero se defiende y, seguramente, tocar el clarinete es para él una terapia mucho mejor, más efectiva y económica que acudir al psiquiatra al que tan adicto se muestra en algunas de sus películas.

Fue una estupenda y larga sesión improvisada a la que también se unió el trombón de varas de Fernando Kfoouri quien en esta ocasión utilizó como sordina el panamá que minutos antes cubría su cabeza. La mayoría de las piezas ya las habíamos escuchado la noche anterior aunque con Woody sonaron de diferente manera pero, siempre, haciendo que nuestros pies no dejaran de llevar el ritmo de las canciones. Definitivamente el jazz, y más el que tocan Woody y su gente, es una música que se contagia, una música que no nos deja indiferentes y que, en más de una ocasión, nos impulsa, aunque no lo hagamos, a levantarnos del sillón y bailar a su ritmo.

Es un acierto de Casa Fuster el haber contratado a Davis y Fokwan, a los que todavía podrán ver hasta el 18 de Agosto, ya que como valor añadido estos dos músicos ofrecen la posibilidad de, por sorpresa, presenciar una actuación de Allen, cosa poco probable por estos lares. Si están por Barcelona cualquier día de martes a sábado les aconsejo acudir a cenar o tomar una copa al Café Vienés, allá se encontraran con dos estupendos músicos y con la posibilidad de que, por añadidura, se les aparezca el director neoyorkino soplando en su viejo clarinete.

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