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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

La sonrisa de Encarni

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 22 de julio de 2007, 07:47 h (CET)
Todas las vacaciones, pero en especial las vacaciones de verano son para muchos un paréntesis que nos hace desconectar del estrés cotidiano; un gran paréntesis en el que esperas alejarte en parte de la obligación, del trabajo y de la responsabilidad; un espacio vacío del que vas a lograr salir a la vuelta para encontrarte con lo de siempre, con lo habitual y más cercano que rodea tu propia vida.

En esa expectativa de encontrar a tu regreso con lo que dejaste: hogar, familia, amigos, conocidos, etc..., es también lo que te hace volver con ganas. Sobre esto, hay un dicho más o menos viajero y es que “lo bueno, lo mejor del viaje es el momento del regreso a casa”.

En los últimos años, personalmente se me antepone una congoja antes de salir de vacaciones pues sé que al regresar del viaje y de mi vacacional paréntesis voy a perder algo o a alguien que no me va a esperar a mi vuelta, algo o alguien que se va a marchar sin esperarme, hasta que puede que un día sea yo misma quien se vaya, quien se salga de su propio paréntesis.

Este verano, desgraciadamente hemos perdido, junto a sus familiares que son los que más lo han sufrido, a Encarni y su sonrisa.

Conocí a Encarni entre libros, en una biblioteca, como a tanta otra gente menuda o no menuda, pienso que interesante. Aparecía a menudo rodeada de niños porque ella siempre fue como una niña eterna y así se quedará en nuestro recuerdo. No he conocido a sus padres, no sé quién era, ni de dónde venía pero sé que disfrutaba como nadie escuchando los cuentos de las actividades semanales y se ofrecía voluntaria y colaboradora cada sábado a recoger el material utilizado por la cuentacuentos. Reía y sonreía mezclando su cascabel de risa con otras risas infantiles como dando a entender que allí, en esa biblioteca, se encontraba como pez en el agua. El trabajo de mostrar aquel lugar acogedor para Encarni, esa fiel usuaria durante años ya lo habían realizado anteriormente durante varios inviernos las bibliotecarias Rosa y Lola, quien por seguro tengo que, al igual que yo extrañan su sonrisa y su presencia, recordando cómo removía a gusto, consultando los libros de las estanterías de la sala infantil de la biblioteca. Recuerdo que una de ellas me decía, “pues ahí donde la ves tiene 21 años”. No importaba la edad, era de esas personas que te cruzas en la vida caminando a tu lado sin que importe la edad cronológica que los años te echan.

No sé lo que ha pasado, aunque durante varios días vacacionales y distantes he estado impaciente por saber más de su desaparición extraña. Aún no sé lo que pasó en ese pueblo de Extremadura conocido y querido por ser propio de ella y de sus familiares; además, creo que por culpa de mi trágico y caluroso paréntesis no quiero ni voy a averiguarlo. Me duele el recuerdo de su sonrisa y ya es bastante, me duelen sus días de desaparecida y su cruel hallazgo, pero insistentemente asocio su sonrisa larga, larga de al menos cinco años, cinco años y más que estuvo como espectadora de historias para niños.

Oigo su carcajada de satisfacción por la Biblioteca del Prado y por la calle, a la par que su simpático saludo y se me antoja que la trágica historia de Encarni bien puede parecerse a los tristes cuentos de Ándersen, cuentos breves, como breve ha sido la vida de esta joven alegre, pero cuentos muy tristes con trágicos finales como la trágica historia de Encarni.

A veces la literatura puede ser dura con quien la ama. Sin embargo, pienso que Encarni siempre será para los que la conocimos un ejemplo de vida y, como poco, nos quedará el recuerdo de una joven de sonrisa muy real, humana y bella, una sonrisa que nos dolerá y hasta nos reconfortará, no sabría decir si literaria.

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