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Etiquetas:   Palabras Erectas   -   Sección:   Opinión

No veo el pacto PP-C’s

Con unas generales a la vuelta de la esquina, los de Rivera lo tendrían muy complicado para explicar a sus electores la utilización de su voto regenerador para apuntalar al PP
Rafa García
@rafagarciak
lunes, 20 de abril de 2015, 08:24 h (CET)
Mucha gente cree que el auge de Ciudadanos (C’s), que desde hace dos meses recogen todas las encuestas, puede terminar siendo un freno para el cambio político que se adivina en el ambiente; otros, los dirigentes del PP, después proclamar en un primer momento que no consentirían ser gobernados por alguien que se llamara Albert y que viniera de Cataluña, parecen ahora dispuestos a agarrarse al clavo ardiendo de un pacto con los de Rivera que evite su expulsión del paraíso terrenal. En ésas están Esperanza Aguirre, que corteja a Ciudadanos siempre que tiene ocasión, y también el valenciano Alberto Fabra, cuyas terminales mediáticas se encargan de propalar como un hecho casi consumado el hipotético pacto postelectoral PP-C’s.

A mí me cuesta visualizar, por varios motivos, esa unión de conveniencias, sobre todo en la Comunidad Valenciana. El primero es que según lo que vaticinan las encuestas, los números parecen no salir, porque con la suma de los escaños de PP y C’s no se alcanzaría la mayoría absoluta, fundamentalmente por el desplome de los populares, que podrían pasar de los 55 diputados conseguidos por Camps en 2011, a tan solo 28; todo hace indicar que después del 24 de mayo podría formarse un gobierno de progreso gracias a la suma de escaños de PPSV-PSOE, Compromís, Podemos y EU-IU, aunque con las cifras en la mano, también existiría la opción de que Ciudadanos apoyara en la Generalitat un gobierno de parte de la izquierda, tal vez a cambio de la alcaldía de la ciudad de Valencia, traje que ayudaría a los de Rivera a vestir muy elegantemente a escala nacional, a pocos meses de las elecciones generales.

Sería una buena tarjeta de presentación institucional para un partido como C’s, que en su web explica que su ideario básico "se nutre del liberalismo progresista y del socialismo democrático", haber propiciado el cambio en una comunidad autónoma como la valenciana, en la que durante los últimos 20 años se ha conformado una especie de Régimen que en innumerables ocasiones se ha visto salpicado por abyectos escándalos de corrupción. Lo mismo podría decirse de la Comunidad de Madrid, en la que el Gobierno de Esperanza Aguirre nacido en 2003 vía golpe de Estado a través del ‘tamayazo’, tampoco ha estado ayuno de asuntos turbios gracias a apellidos tan ilustres como Sepúlveda, Mato, Granados, González, Blesa o Rato.

Y precisamente Rato es la guinda final; si no había bastante con el latrocinio de las preferentes, la ruina y posterior rescate de Bankia o las tarjetas black, acabamos de asistir hace unas horas a la detención de quien fuera vicepresidente económico de Aznar por presuntos delitos de millonario fraude fiscal, blanqueo de capitales y alzamiento de bienes. ¿Cómo va a pactar Ciudadanos con el PP en las actuales circunstancias, si todos los españoles llevamos marcado a fuego en nuestro subconsciente que Rodrigo Rato y el PP son la misma cosa, las dos caras de una única moneda? ¿Cuántas veces hemos visto y escuchado presumir a la dirigencia del Partido Popular de que Rato ha sido el mejor ministro de Economía de la Historia, el responsable del milagro económico español que se produjo entre 1996 y 2004? ¿Acaso no nos dijo Rajoy en 2011 que en materia económica quería hacer lo mismo que hizo Rato cuando estuvo en el Gobierno?

En semejante contexto, ¿tendría sentido un pacto PP-C’s, podría ser asumido por los votantes de la nueva formación? Honestamente creo que no; y no apelo únicamente a razones éticas y estéticas, sino al puro tacticismo electoral, porque con unas elecciones generales a la vuelta de la esquina, los de Rivera lo tendrían muy complicado para explicar a sus electores que utilizaron su voto regenerador para apuntalar en el poder a los amigos de Bárcenas y Rato, a los que han instaurado la ley de la selva con la reforma laboral y la amnistía fiscal, los mismos que aprovechan la más mínima insignificancia para represaliar a los autónomos más modestos o para retirar los míseros 426 euros mensuales de subsidio a los desempleados de larga duración.
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