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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El grito de la renovación

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 19 de julio de 2007, 00:47 h (CET)
“Allí me aduermo silencioso
frente al otro Sur invisible
hacia el que está imantado mi cuerpo,
frente al Sur donde soy
eternamente niño.”


Rafael Cansinos-Asséns

Ultraísmo. El vocablo calificador de una tendencia literaria no existía. No había por qué buscarlo en el Diccionario de la Academia. En la actualidad figura muy claramente definido: “Movimiento poético, promulgado en 1918, y que durante algunos años agrupó a los poetas españoles e hispanoamericanos que, manteniendo cada uno sus particulares ideales estéticos, coincidían en sentir la urgencia de una renovación radical del espíritu y la técnica”.

El poeta sevillano Rafael Cansinos-Asséns se fijó en uno de los neologismos que Guillermo de Torre esparcía en sus escritos de adolescente, y acertó a darle relieve. Aparece la palabra ultraísmo. Cansinos es el maestro reconocido por los jóvenes poetas de vanguardia (Pedro Garfias, Rivas Paneda, Rogelio Buendía, Lasso de la Vega, Raida, Adriano del Valle, Isaac del Vando Villar...) que acuden a la cita de su “zoo de ideas” y que le dedican versos imbuidos de la más modernista de las retóricas. Cervantes, la revista que había fundado Villaespesa, pasa a sus manos, convirtiéndose en el órgano oficioso del nuevo movimiento durante los años 1919 y 1920. Allí publica Borges sus traducciones de expresionistas alemanes, Guillermo de Torre sus ensayos sobre la vanguardia europea; Larrea su Cosmopolitano. Paradójicamente, los futuros ultraístas serán los últimos modernistas. En 1918 la mayoría de ellos son mucho menos revolucionarios que los Moreno Villa, los Bacarisse, los Díez-Canedo, los Domenchina. Sería necesario conocer mucho más de nuestra vida literaria, sus entresijos, sus secretos. Entenderíamos mucho mejor el contagio que sobre la escritura de los colaboradores de Cervantes, Los Quijotes o Grecia, había de producir la vanguardia.

La única parte concreta del manifiesto ultraísta decía así: “Respetando la obra realizada por las grandes figuras de este movimiento, proclamamos la necesidad de un ultraísmo... Nuestro lema será ultra, y en nuestro credo cabrán todas las tendencias sin distinción. Más tarde estas tendencias lograrán su núcleo y su definición. Por el momento creemos suficiente lanzar este grito de renovación y anunciar la publicación de una revista que llevará este título: Ultra, y en la que sólo lo nuevo hallará acogida”.

Como se advertirá, el llamado “manifiesto” no pasaba de ser una rudimentaria exposición de propósitos, hecha con una mesura y una cautela muy poco vanguardistas. Poca cosa habría sido el ultraísmo si inmediatamente después algunos poetas no hubieran aportado a tan escasa doctrina algunos gramos de sustancia teórica. Uno de los objetivos ultraístas era sincronizar la literatura española con las demás europeas, corrigiendo así el retraso padecido desde años atrás. Y eso, al menos, se logró.

“Que opinen ellos -escribía Cansinos-Asséns, los que fueron alma e impulso, esencia y carne del movimiento ultraísta. Felices si, en perenne juventud, creen que fue fructuoso y sigue siendo; desdichados si, estimando que fue estéril, piensan que malgastamos sus primigenias energías”. Y Pedro Garfias dijo: “Se pretende que el ultraísmo sea un episodio sin continuidad en nuestra historia literaria. Se lo silencia y se le niega. Y eso es falso e injusto. El ultraísmo fue una realidad positiva y eficaz en una época de anquilosamiento en las letras españolas. Abrió horizontes y marcó rutas. Creó la revista total y puramente literaria, antecesora inmediata de las de hoy. Se batió en las calles y en los Ateneos. Puso España al día de las corrientes literarias de Europa”. Y como dijo el poeta: “Alcemos nuestra frente a las estrellas. / Abramos nuestros ojos a la vida, / que ha de darnos la imagen nueva... / Tendámoslos al Ultra / de las colinas frescas / al más allá / sin horizontes ni fronteras”.

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