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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Yo le vi la jeta al 'solitario'

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 19 de julio de 2007, 00:47 h (CET)
Vaya por delante, en vanguardia, que nadie me ha obligado a hacerlo, y que, si ahora lo hago (con sumo gusto o de buen grado), la razón no está, ni estriba, ni radica, ni la tiene, por supuesto, el maldito parné, el excremento del diablo. Mas debo confirmar, me pete o no, el hecho, que la visita-relámpago del indeseable a Algaso aconteció, digan lo que digan los escépticos, incontrovertiblemente. No obstante las dudas de los “hunos” y los recelos de los “hotros” se confabularon en mi contra, para desprestigiarme, mantengo lo que se lee en el título, que yo le vi la jeta al “Solitario”.

De cuanto acaeció en la mentada ciudad del septentrión, minutos, horas y aun días después de que el “enemigo público número uno” se dejara caer por la avenida de Zaragoza, quiero decir, atracara la oficina de Caja Ebro, no quedan otras constancias que el suceso en sí, grabado por las cámaras de seguridad de la entidad; las renuentes pesadillas de los trabajadores de la citada sucursal, durante sus horas de ¿reparador? sueño; y el miedo cerval que siento y todavía corre por mis venas, cada vez que rememoro el evento.

El mediodía de autos o marras (hace una semana cabal) en el mundo sucedieron millones de casos y cosas, pero yo sólo recuerdo aquellos tres minutos interminables, por repetitivos, por “eternorretornables”. Cuando fui a entrar al cajero automático, me di cuenta de que éste estaba cerrado. Extrañado, haciendo visera con mi diestra, achatando mi nariz contra el cristal, comprobé cómo el “Solitario” colocaba, ayudándose de la puntera de su zapato derecho, una cuña para que la puerta de acceso a la sucursal (entonces colegí los precedentes, que él también se había encargado de echar el cerrojo a la puerta del cajero) no se cerrara; cómo se dirigía a la parte de la izquierda, donde tiene su despacho el director de la oficina; cómo le hacía señales, empuñando el arma, para que saliera ipso facto del habitáculo; cómo les encañonaba a los tres empleados y a los dos clientes que, a la sazón, a las 13 horas y 55 minutos, había en el interior de la sucursal. Acto seguido, se acercó al mostrador y le conminó a la cajera, que en aquellos cruciales y precisos momentos lo atendía, a que le entregara toda la pasta. Al parecer, quedó satisfecho con el botín, les dijo (supe luego, claro) que se tiraran al suelo y que no se levantaran hasta que hubieran transcurrido cinco minutos.

Con total seguridad, salvo media decena o docena de segundos, fui el único espectador y/o testigo que tuvo el raro privilegio de observar todo lo ocurrido de cabo a rabo. Asistí incluso a la salida del “Solitario” de la caja. Ignoro cómo lo llevó a término, porque, cuando hizo mención de salir, me escondí tras la puerta entreabierta de un soportal anejo, pero, en apenas unos segundos, se deshizo de la casi totalidad de su disfraz. Con la frialdad de lo que, sin ninguna duda, es, un asesino, se metió en el bar más cercano, pidió una caña y se dirigió al fondo, al aseo de caballeros. Yo, entre arrojado y temerario, sí, lo reconozco, le seguí los pasos. Cuando entré en el váter, vi, reflejado en el espejo del lavabo, su rostro, que, para mayor escarnio, no era otro que el mío, porque el “Solitario” se había esfumado, difuminado; por arte de magia o cualesquiera otras, asimismo ignotas, el tipo más buscado por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado había desaparecido, se había evaporado.

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