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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Moncloa, ¿dígame?

Antonio Pérez Gallego (Madrid)
Redacción
martes, 17 de julio de 2007, 23:32 h (CET)
Hacía mucho tiempo que me rondaba la idea de llamar a La Moncloa con el propósito de saber, de primera mano, si nuestro presidente tenía la intención de solucionar el problema de los “infectados” por la crisis de Forum y Afinsa.

Había conseguido, previamente, el número directo de su despacho por alguien que en su día fue estrecho colaborador con la dirección del partido y, actualmente, especialmente crítico con la línea tomada respecto de determinados asuntos, que no mencionaré para no extenderme demasiado.

Me pareció que un trato formal era lo recomendable en estos casos, aunque estaba convencido de que, tras los saludos iniciales, debería dar paso a un diálogo más informal, pensando, quizás, que mi actitud provocaría la confianza de nuestro presidente y -quién sabe-, acaso alguna palabra de aliento que nos hiciese albergar esperanzas para la recuperación de nuestros ahorros.

Una vez finalizado mi programa de televisión favorito -El diario de Patricia– y, sin pensarlo un instante más, tomé decididamente el aparato de teléfono, marcando el número apresuradamente. Una voz de mujer me contestó:

- Moncloa, ¿dígame?

- ¡Buenas tardes!, quisiera hablar con el Sr. Rodríguez Zapatero –dije en tono templado, intentando ocultar mi nerviosismo.

- ¡Jose!... ¡es para ti!

Esta respuesta, habitual en los inicios de cualquier conversación telefónica me recordó a mi futura suegra que, cuando atendía el teléfono inalámbrico y después de haber preguntado por su hija, la llamaba insistentemente, provocando una riña entre ambas y la consiguiente espera y crispación por mi parte.

- ¡Sí! ¿Dígame? – Escuché a los pocos segundos.

- Buenas tardes, José Luís – contesté.

Qué me hizo dirigirme a nuestro presidente en estos términos es algo que, aún hoy, no dejo de preguntarme, ¿sería el buen talante y cercanía de los que hace gala, a juicio de sus seguidores? o, por el contrario, ¿la consecuencia lógica de unos preliminares que me resultaron familiares? Sea como fuere, lo que no podía en modo alguno sospechar fue el desarrollo posterior:

- ¡Pepiño! ¿Cómo va eso, hombre? ¡No me has dicho nada del repaso que le he dado al Rajoy! ¿y los euros que vamos a darle a las mamás? y…, de Carmecita, ¿qué me dices? ¡Sí señor, un acierto!, ¡prometiéndoles viviendas a los jóvenes! ¿Y Elena?, no conseguimos largarla a la OMS y, ahora, ¡ahí la tienes! ¡En las próximas elecciones, barremos!

No salía de mi asombro, pero sobre todo, no sabía si colgar rápidamente el teléfono o seguir con la farsa.

- ¡Has estado inmenso! –dije, casi sin pensar– de todos maneras, la elección de Elena…, después de lo de los sellos, ¿no te parece que nos puede perjudicar?

- ¡Pero bueno, Pepe!, ¿qué sellos?, ¿alguien se acuerda de eso, ahora?, ¿has leído la prensa?, ¿acaso se habla algo del asunto cuando se refieren a la gestión de Elena en Sanidad y Consumo? y el PP, ¿lo ha mentado? Es lo único –afirmó– en lo que estamos de acuerdo Mariano y yo.

- Tú siempre tienes razón –y con el temor a ser descubierto, añadí –: pero, reconocerás que algo habrá que hacer, que…

- ¿Pero, Pepe, si sólo son cuatro gatos los que maúllan –me pareció que en ese momento debía estar esbozando su amplia y conocida sonrisa– Ese asunto se olvidará, tenemos muchos aliados… Cebrián, los bancos…, la televisión… ¡la opinión pública, Pepe! ¿Tú crees que alguien, a estas alturas, va a convencer al resto de la gente de que tenemos responsabilidad en lo ocurrido? ¡Pareces nuevo, Pepe!

- ¡Cuánta razón tienes! – no tuve más remedio que asentir de nuevo.

- Además, ¿no crees que cuándo se sepa la verdad, ya será muy tarde?, ¿qué te ha parecido el traslado del Juez? Por cierto, ¿algún infectado ha conseguido los créditos ICO? La mayoría son mayores, no protestan y están divididos…, andan a la gresca entre ellos mismos…, con sus abogados…, con sus asociaciones. Relájate Pepe, pasa un buen día y mañana hablamos.

- Buenas tardes, José Luís, besos a Sonsoles.

Aún tardé un buen rato en colgar el teléfono, mientras las palabras del presidente sonaban una y otra vez, más hondas y acompañadas con una carcajada amplia: ¡Sois cuatro gatos los que protestáis! ¡ja, ja, ja! ¡Todo está de nuestro lado! ¡ja, ja, ja!... ¡No tenéis nada que hacer! ¡Estáis solos! ¡ja, ja, ja!... La situación se me hacía irresistible y no era capaz de distinguir los sonidos que provenían de mi sala de estar y de la calle de los que, atropelladamente, nacían en mi interior, Sentí, por primera vez, ¡más que nunca!, el calor asfixiante del verano.

Cuando por fin reaccioné, me preparé un “gin tonic” rebosante de hielo, encendí mi viejo tocadiscos y me tumbé en el suelo de la habitación junto a mi fiel amigo Lobo que, después de observarme fijamente con sus grandes ojos rodeó con su pata mi brazo, como siempre hacía para retenerme el máximo tiempo. Y así permanecimos, hasta que el saxo aterciopelado de Ben Webster dio su última nota.

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