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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

La enfermedad de la ciudad

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 16 de julio de 2007, 23:03 h (CET)
“No es mi madre la tierra
ni mi padre el paisaje
-seguramente soy huérfana.

Nací en una ciudad grande,
tenía que andar mucho
para encontrar un árbol...”


Gloria Fuertes

El hombre, parece comprobado, es en su enfermedad, más producto del ambiente que de la herencia y, según, Lombardini, resulta una unidad contradictoria; un “bios” y un “logos” (mitad bestia, mitad ángel). Quizá, por todo esto tenga razón Haldane cuando dijo que “sólo desde el ambiente en el que vivimos pueden ser descubiertas, explicadas y comprendidas las alteraciones de nuestra salud”.

Aunque el hombre según parece, habita la tierra un millón de años, solo desde hace diez mil, se produjo la gran evolución: la transición del pescador y cazador errabundos, al plácido pastor y al sedentario labrador, pero, cosa curiosa, ello le llevó del “logos” -cultivar la tierra, domesticar y acariciar animales, mientras prendía fuego, al terreno frondoso, ameno, poblado de árboles-, a otro “bios” más refinado, más cruel, como el que representa la destrucción de su “hábitat”, la degradación de su ambiente, siendo el resultado los peligros y enfermedades achacables a la herencia y que, en nuestros tiempos, vienen representados por las tres ces.

Y así nació la Historia con sus tres notas básicas -al margen de las guerras y de sus treguas-; el aumento demográfico, el correr de la técnica y el engaño del progreso. Si es cierto lo que dicen los historiadores, hemos pasado de 250 millones de habitantes, existentes en la Tierra cuando, en su día, Pilato se lavó las manos, hasta los 6.000 millones que se censaron a finales del siglo XX, esperándose para el año 2200, los 50.000 millones de habitantes en el ancho mundo. Según las estimaciones de las Naciones Unidas, 2.500 millones de personas viven actualmente en las ciudades, es decir, aproximadamente el 40 por ciento de la población mundial y se calcula que este porcentaje habrá aumentado al 60 por ciento dentro de veinticinco años. El mundo entero será, para entonces, una colmena parecida a la de las monstruosas ciudades de nuestros días.

El primer estudio que se hizo sobre el ambiente en el que hombre vive, lo constituye el tratado de Hipócrates, Sobre los aires, las aguas y los lugares, pero si la síntesis sigue teniendo un insuperable valor lo veremos todo más claro con un frase hermosa que hemos leído: “Lo que te rodea tú mismo lo eres”. ¿Por qué el hombre juega tan peligrosamente con la vida?

El hombre se encuentra con la primera decepción desde la búsqueda de la camisa de la felicidad o la investigación del “hábitat” ideal, creyéndose, en nuestros día, que no hay para la especie humana un lugar ecológico característico, sin que por ello, estén cerrados todos los horizontes ya que, “el mono desnudo” del que descendemos, es el ser vivo más adaptable de la creación.

Al saltar el hombre del estado salvaje al denominado civilizado, en el que va perdiendo individualidad que cede a esta entidad superior llamada sociedad, se va liberando de las fieras encontradas en él por Dante: la lujuria, la ambición y la soberbia. Pero, ¿se libera de ellas o las camufla? Esta es una respuesta que nos gustaría darnos o recibirla de quien esté en posesión de facultades para ello. Porque cuando el hombre ha dominado los peligros exteriores se encuentra, inevitablemente, con el diablo de su propia alma, se ve obligado a refugiarse en su propio miedo y se lanza en salto ciego desde la gruta a la metrópoli, en donde le esperan las tres grandes enfermedades urbanas de la autoesclerosis: enfermedad del automóvil, de la acumulación de los dos kilos de detritus y basuras que cada persona produce diariamente y de la polución y contaminación ambiental. Enfermedad de la ciudad que acaso no tenga otra solución que su abandono. Y como dijo el poeta: “Haciendo el hortelano, / hoy en este solaz de regadío / de mi huerto me quedo. / No quiero más ciudad, que me reduce / su visión, y su mundo me da miedo”.

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