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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Edenia, otra Avernia

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 15 de julio de 2007, 21:39 h (CET)
Tras haber permanecido durante treinta y tantas horas seguidas en estado de vigilia, exhausto, pero satisfecho, por haber resuelto el caso, el inspector Vicente Martínez llegó a su casa y se dio una ducha relajante. Desnudo, se tumbó tendido prono sobre la cama, presionó la tecla del play y empezó a sonar la primera canción de la cara A de 'Eve', de Alan Parsons Project; a los pocos segundos, cayó rendido en los mullidos brazos de Morfeo.

Cuando otro orto pugnaba por abrirse paso entre las penumbras que reinaban en el horizonte, antes de que hubiera saltado la alarma del despertador, sonó el teléfono fijo.

- Dígame, señor comisario.

(...)

- No, jefe, no; fue Pedro Álvarez, 'el ganzúas', quien, desde la propia casa del asesino confeso, se puso en contacto telefónico con nosotros. Fue él quien nos suministró la pista acertada; y sólo cuando conseguimos convencerle de que, si colaboraba, el enésimo delito que había cometido, otro allanamiento de morada, podría pasarlo el juez por alto, se avino a denunciar el hecho en toda la regla. Al parecer, buscando acallar el terco ruido que le producían sus tripas, vacías, o sea, llevarse alguna vianda al coleto, el mejor bardo que he conocido hasta el momento entre los de su calaña logró saltar la barda y forzar la cerradura de la puerta del garaje de “Villa Edenia”, inmueble que es propiedad y residencia habitual del prestigioso neurocirujano M. D. P. Cuando se deshizo de los candados y abrió el arcón frigorífico que allí estaba, se llevó un susto morrocotudo, de muerte, al ver la doble que contenía, los dos cadáveres, muy distintos fiambres a los que esperaba encontrar dentro, sin duda.

- Fuimos la inspectora Montse Páez y yo, a ratos al alimón, a ratos a solas o por separado, quienes estuvimos, durante toda la santa noche, intentando sonsacarle al doctor, un diletante de los detalles (pero de marca mayor) y un esclavo de la pulcritud, por qué les había dado matarile a las gemelas. Mas fue en vano.

(...)

- Sí; tal cual ha leído el uno y visionado el otro. Que mató con un cúter a las hermanas Jiménez, Mariluz y Mariflor, su esposa y su cuñada ciega, es algo que admitió a las primeras de cambio, nada más arrancar el interrogatorio.

(...)

- Así fue, desde luego; y de esa guisa aparece en nuestro informe. Ahora bien, los pormenores de su confesión discurrieron por derroteros inopinados e insospechados. Se demoró más en explicarnos el meneo que tuvo que darle a la casa, es decir, la limpieza íntegra, general, que se vio obligado a hacer, por las muchas manchas de sangre que había por bastantes partes de la misma, un chalé sito a las afueras de Algaso, en la carretera de Ponente, y en las numerosas lavadoras (que el doblemente famoso matasanos –urdido aquí tanto en el recto como en el figurado sentido, con y sin ironía- no se molestó en computar, obsesionado como estaba en dejarlo todo impoluto, reluciente como los chorros del oro o la patena, desde la habitación del matrimonio, pasando por la de invitados, que ocupaba su cuñada, y las escaleras hasta el garaje) que puso, que en lo que a nosotros nos interesaba, las razones o porqués.

(...)

- No tardo. En media hora estoy en Comisaría.

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