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Sinvergüenza Fujimori

Gabriel Ruiz-Ortega
Gabriel Ruiz-Ortega
sábado, 14 de julio de 2007, 05:01 h (CET)
No por nada, durante sus diez años de falsa democracia en Perú, el ahora ciudadano japonés, Alberto Fujimori, no hizo otra cosa que robar, mentir, matar y embrutecer; bases sólidas, idóneas, para todo aquel que tenga una inclinación cleptómana, muy bien maquillada, con la privatización de entidades del estado, cuyos fondos fueron a parar a alguna cuenta corriente de algún testaferro, menos a las arcas nacionales. No es extraño que Perú tenga uno de los peores niveles de educación y cultura en América Latina. El legado de empobrecimiento moral dejado en esos años seguirá, ojalá me equivoque, por varias generaciones de peruanos.

¿Acaso esto solo sucede en Perú? Obviamente que no. Cada país tiene una que otra “joya” de la cual avergonzarse, por supuesto que están los que saben adornar muy bien la situación, como los casos de Menem, Collor de Melo, etc, etc. La corrupción está asentada desde siempre en toda sociedad, y la única manera de combatirla es por medio de la institucionalidad, pero cuando estas son solo remedos de realidades etéreas que algunos conocen como democracia, pues no debería sorprendernos de lo que inefables jueces, como el chileno de turno, hacen al declarar improcedente el proceso de extradición de aquel falso peruano y falso japonés que abandonó (meses después de que se conocieran mundialmente los videos que mostraron las entrañas putrefactas de su supuesto gobierno democrático en el año 2000) a su propia hija en El Palacio de Gobierno; que hizo torturar a su esposa porque a ella se le “ocurrió” denunciar los malos manejos, ya en ese entonces caros, de la misma familia de quien fuera dictador. Fujimori es responsable directo de comprobadas violaciones de los Derechos Humanos. Los cargos contra él son muchos y por cada uno de ellos existe la suficiente cantidad de pruebas. Ni hablar de la buena bibliografía que gira en torno a las artimañas de este oblicuo sujeto.

¿Qué habrá pasado por la cabecita del juez chileno quien acaba de declarar la improcedencia del proceso de extradición? Yo no pierdo mi tiempo en sinuosidades políticas o legales. Las razones están más que cantadas: dinero, mucho dinero, los cuales no solo vienen de las trampas de las privatizaciones, sino que parte de estas están muy ligadas a los réditos del narcotráfico. Tengamos en cuenta que en la maquillada dictadura del falso peruano y falso japonés no pocas veces se usó el avión presidencial para transportar el “polvito mágico”, cuando las investigaciones sindicaban al entonces mandatario, este tenía una actitud digna de todo aquel que hace de la viveza su modo de comportamiento: prometía una exhaustiva investigación que jamás se daba ya que sí esta se llevaba acabo iban a salir manchados los militares que tan bien le lamieron los pequeños pies de este liliputiense ladrón.

Con todo el dinero levantado en diez años de corrupción, el asesino, mentiroso y ladrón se quitó a Japón a vivir un dorado exilió político, avivando desde la valentía que ofrece la distancia a la aún enorme masa electoral que pese a las pruebas, seguía creyendo en él. Cuando Fujimori, a lo mejor ya cansado del sushi y extrañando el ceviche peruano, quiso retornar a Perú, hizo una escala en Chile, aprovechando de esta manera la coyuntura electoral que se vivió durante el 2006. Su presencia en Chile generó más de una indignación entre la clase política peruana, más de uno alzó su voz de protesta contra semejante acto de provocación. Entonces, cierta facción de la política chilena vio que la presencia de Fujimori iba a ser un gran obstáculo en las relaciones con Perú puesto que ambos países comparten intereses que no solo son económicos. Ante esto, muchos seguidores de la democracia aplaudieron la iniciativa de la mandamás chilena Bachelet, quien exigió al poder judicial de su país la detención de este sujeto. Buena iniciativa que, de paso, metió a Chile en un pequeño problema porque ¿cómo deshacerse de alguien tan incómodo no solo para los peruanos?, se preguntó más de un analista político chileno.

No por nada Fujimori tiene muy bien guardado “su dinero”, no por nada él sabe de las deficiencias de los procedimientos legales peruanos, pero para que haya obtenido esta ya conocida sentencia que lo favorece, han tenido que entrar a tallar factores no esperados: 1) el posible Tratado de Libre Comercio de Chile con Japón; 2) la intención clara del cleptómano de postular al senado japonés (claro, cuando le conviene niega su nacionalidad peruana para sacarle jugo a su nebulosa doble nacionalidad); 3) que la falta de criterio no solo es una prerrogativa peruana, sino que ahora, más que nunca, lo es también de sociedades que han crecido en lo cultural y lo económico; y 4) que los chilenos fueron incapaces de llevar a los juzgados a ese genocida y vergüenza de la derecha llamado Augusto Pinochet, lo cual, es un ejemplo clarísimo de los hoyos legales que este país se esfuerza por esconder.

Y por supuesto, no se hubiera llegado a esta mala noticia para los amantes de la democracia y la libertad sin la ayuda prestada a través del desinterés del presidente peruano Alan García. La presión política peruana fue nula en todos los aspectos. Es bueno tener en cuenta que en el enfrentamiento electoral de 1990 entre Fujimori y Mario Vargas Llosa, el apoyo político brindado por el primer y nefasto gobierno de García fue clave y medular para que Fujimori se alce con una victoria que ni él mismo soñó. ¿La razón de esta ayuda? Pues es bien fácil: tanto Fujimori como el ahora, nuevamente, presidente García jamás se han caracterizado por la lucha contra la corrupción. Viéndolos en perspectiva, ambos comparten lazos políticos en común: jamás se presentaron ante la ley por los cargos imputados (García es un buen ejemplo de inocencia por medio de esa estolidez conocida como prescripción), vivieron exilios dorados, nunca justificaron su nivel de vida en el extranjero cuando se les endilgaba el enriquecimiento ilícito, y lo que es fastidioso: tienen joyitas incómodas por violaciones a los Derechos Humanos. Motivos más que suficientes como para entender, someramente, que este rechazo de la extradición de Fujimori no obedece a un exabrupto legal de un juez chileno, sino que es parte de una insultante cadena de coincidencias que tiene a la corrupción moral y política como la coronada en gestas de cuando de verdadera justicia se trata.

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