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El poder de Don Perfecto

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 10 de julio de 2007, 22:31 h (CET)
Busco el compendio del que imparte órdenes pacíficas, del que combate por amor a la vida, del que quiere convencer antes que vencer, del que no se sirve de nadie y sirve a todos. Hallo, sin embargo, poderes excesivos, excesivamente corruptos. Comparo con otros tiempos, y vuelvo a la pérdida del tiempo, veo que todo sigue igual en el tictac de los relojes. Cada día es una pequeña vida –me dice don Perfecto en clave perfecta. Puede que sea cierto, pero el poder de los galanes siempre me ha puesto en retaguardia. Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia de los demás, dudo que el susodicho rey de las perfecciones, aunque sólo sea por el pecado de ser diferente, me allane esta vida corta y difícil. Además la virtud de don Perfecto sería la de no tener poder alguno, sino el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea. Téngase en cuenta que todo poder tiende a corromperse. El de don Perfecto no iba a ser menos en esta sociedad clasista que todavía no se despoja del don.

En consecuencia, nada tiene que ver el enfermizo poder de don Perfecto, arcángel de los consumistas tiempos actuales, con el gozo de saber mirar y ver, de comprender y entender; puesto que esta última sabiduría, observadora y meditativa, es el más perfecto don de la naturaleza, aunque esta gracia se escriba con minúsculas frente a los mezquinos desvelos de la otra falsa perfección, avivada por un absurdo angelote que nos acosa y atosiga, hasta el extremo de llevarnos a la necedad en volandas y hacernos totalmente insoportables. Los discípulos del peso perfecto, de los planes perfectos, del día perfecto, del regalo perfecto, del trabajo perfecto, del peinado perfecto, del pase perfecto…; suelen ser adictos al caballero de moda. El señorito cotiza en este mundo que va perdiendo el alma y desprendiéndose de la vida. La última moda ahí está: En busca del bebé perfecto como si fuese un objeto más, un producto de nuestro capricho, un instrumento de nuestra codicia.

Este impulso hacia el poder de don Perfecto es una realidad palpable. Aquel que no lo sea corre el riesgo de ser destruido. Los hijos a la carta, todo a la carta de don Perfecto. Cabría preguntarse: ¿Qué perfección es ésta que nos lleva al egoísmo? El camino de la perfección ha de tener otras sendas más enriquecedoras, más humanas y menos despersonalizadoras, y otras medidas de autenticidad. Lo que sucede hoy en día es que don Perfecto se mueve en la mentira, es un esclavo de la sociedad productiva. Unidos don Perfecto y doña Perfecta son una auténtica bomba atómica. Ellos eligen la genética, quienes son apropiados para la vida y quienes no merecen ni ver la luz. Por desgracia, en los últimos tiempos, el asunto de la eliminación de embriones ha tomado fuerza. No hace mucho el New York Times publicaba un artículo informando que, como consecuencia de una nueva recomendación del Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos, los médicos han comenzado a ofrecer un procedimiento de análisis de síndrome de Down, a todas las mujeres embarazadas, sin importar su edad. Cerca del 90% de las mujeres a las que se les diagnostica el síndrome de Down normalmente escogen abortar, informaba el citado medio.

El carisma de don Perfecto es que todo lo perfecciona alrededor suyo, a su propio negocio, lo que no hace es perfeccionarse a sí mismo. Está lejos de esa verdadera perfección que es delicada, exquisita, que detesta doquier poder o pedestal. Lo que sucede es que cuando el comportamiento se supedita al amor, la única fuerza que puede conducir a la perfección personal y social y, por ende, la única manera de mover la historia hacia el bien, todo se torna mucho más fraterno. A don Perfecto estos amores de verdad no le interesan lo más mínimo. Es agua pasada. Piensa, con una intransigencia visceral, que la sociedad es él mismo y su camada de seguidores. Le importa un pimiento que la sociedad se inhumanice. Mejor para sus hazañas en la selección de la especie. La ambición como norma constante y suprema de la acción es el único diario en su agenda de ardor guerrero.

En el mundo de hoy cada vez más embobado por las falsedades de don Perfecto, nuestras conciencias no lo tienen nada fácil para el discernimiento. No es cómodo tomar el camino correcto con tanto pícaro al acecho que nos ha devaluado la vida, por debajo incluso del salario mínimo interprofesional, cuando garantizar el derecho a la vida a todos y de manera igual para todos es un deber de cuyo cumplimiento depende la mayor de las perfecciones, el futuro de la humanidad. Un compromiso cada vez más perentorio ante las presiones en aumento para manipular la vida. La idea aristotélica en el que todos los fines no son fines perfectos; pero que el bien supremo constituye, de alguna manera, un fin perfecto, podría darnos alguna orientación, sobre todo a la hora de pensar.

¿Cuál es ese bien supremo que don Perfecto no cultiva y qué le mueve a no cultivarlo? Se dice que la ordenación racional de los actos humanos hacia el bien en toda su verdad o la búsqueda de ese bien, es lo que nos diferencia de los animales. Desgajada la moralidad de los pensamientos no hay perfección posible. A don Perfecto le es indiferente que el aire en España sea de los más sucios del planetario, que la amenaza terrorista se convierta en sombra, o que el sexo virtual se convierta en moneda de cambio, lo único que le preocupa es sentirse el más perfecto de los mortales para ganarse el don, en esta imperfección basura que nos invade. Un fenómeno debido, en parte, a un ambiente tan indecente como el aire que respiramos que oculta o denigra la verdadera semántica de la perfección humana, el bien supremo al que aspira la persona en lo más profundo de su corazón, aunque don Perfecto quiera arrebatarnos estas bondades humanas inherentes a nuestra condición de persona.

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