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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Busco musa sin compromisos ineludibles ni prejuicios insalvables

Ángel Sáez
Ángel Sáez
martes, 10 de julio de 2007, 22:32 h (CET)
“¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Albert Einstein

Como a mi proverbial expresión de “dilecta Marisol” ahora debería precederle el adjetivo ex, quiero decir con ello que la susodicha ha dejado de ser, definitivamente, mi amada dama y musa, urdo los siguientes renglones torcidos por si alguna fémina que esté soltera (otra conditio sine qua non, además de la/s del título) y en edad de merecer, está, asimismo, dispuesta a ocupar la plaza vacante.

Si a ti, desocupada lectora, te peta, en verdad, serlo, esto es, te consideras una de las aspirantes o eres la única candidata al puesto, supongo que no te molestará que te trence lo que sigue, que deberá ser toda una gozada poder besar tu epidermis melosa, morena, que, conforme vaya transcurriendo el estío, irá adquiriendo una tonalidad aún más canela, si cabe.

Si tienes interés en conocer el porqué Marisol es mi ex, aduciré que el motivo principal estriba, radica o reside en los tres versos finales (“Tú justificas mi existencia: / si no te conozco, no he vivido; / si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”) de un poema de Luis Cernuda Bidón, el que arranca, precisamente, con el verso que da título al mismo, “Si el hombre pudiera decir lo que ama”. La terca intuición de que, seguramente, me hubiera muerto sin catarla, o sea, sin compartir o vivir un orgasmo junto a ella, esta certeza que, no lo niego, iba ahogándome poco a poco, y sofocando, asimismo, mi Amor por ella, ha sido el porqué de los porqués, la razón entre las razones. Ahora es cuando empiezo a comprender lo que varios autores sostenían en el número de junio de la revista QUO, que conviene mentirse a sí mismo si se pretende lograr sobrellevar cualquier estado de cosas semejante a un rosario de reveses. Otrosí, su clara dependencia de la teoría del karma, amén de otros prejuicios, que también acarreaba, contribuyeron a que augurara, proyectara y aun viera el futuro de nuestro Amor cada vez más oscuro (rayando en la negrura) e imposible, esto es, no advirtiera la mínima esperanza de que algún día pudieran llegar a reverdecer en él laureles. Las paradojas y las contradicciones de ambos, que cabía y hasta cabe identificar y señalar en varios vericuetos de nuestras almas, también vinieron a agravar algún entero o grado más la situación, haciéndola insostenible.

Reconozco sin ambages, que, desde que la conocí (no en lenguaje bíblico, por supuesto), siempre quise que Marisol fuera mi amada dama y musa eviterna, pero ella, por sus mil y un “compromisos”, no podía serlo. Quise y deseé con toda mi alma, hasta el extremo de llegar a frecuentar las tapias mismas del frenopático, tenerla en mis brazos y hacer el Amor con Marisol. Pero ella era una experta en idear obstáculos, parir trabas (y yo, me temo, nunca fui un versado saltador de vallas) y una perita en demorar el encuentro. A mí llegó a molestarme sobremanera su habitual “si surge, miel sobre hojuelas”, que estaba o tenía en todo momento a su disposición en el estilo de su péñola o en la punta de su mui.

Ya empiezo a sentir los beneficios que me ha deparado haberme quitado un peso de encima (no le estoy llamando gorda a Marisol, que conste; pues a mí siempre me gustaron rellenitas). Antes de la ruptura final, quise que supiera que no sentiría ningún remordimiento de conciencia si algún día llegaba a hallar a mi verdadera amada dama y musa. Si tú, desocupada lectora, mujer que cumples las condiciones antedichas, me preguntaras a propósito del asunto de marras, te contestaría lo que sigue, que estoy y me siento unido a la literatura, pero, como preciso para canalizar mi creatividad la existencia real de una musa, no tendría ningún problema ni pondría óbice alguno en estarlo también a ti, de veras.

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