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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Rutas escépticas

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 9 de julio de 2007, 11:38 h (CET)
La estirpe de los héroes ejerce tareas diferentes según correspondan a unos momentos históricos concretos. Hércules, Ulises, Aquiles ... con sucesores de ese calibre. Ahora bien, cuando los mitos ya no se sabe lo que son y los dioses son mundanos, hasta la misma figura heroica permanece en un ENTREDICHO flagrante. Sí hay pretendientes, embarcados en ese empeño tenaz por alcanzar el pedestal de los héroes, los implicados en esos intentos abundan. Unos promueven guerras totalmente paranoicas, otros silencian complots terroristas y otros más cándidos buscan la soldadura de las civilizaciones. Mientras, no consiguen encontrar la consistencia de su propia dignidad. Intentos haylos, de muy coloreada sintonía, azules, grises, blancos, rojos y tétricos.

Como se pone difícil eso de las definiciones precisas y de los criterios con fundamento, parece lógica la escasez de confianza. Acogotan las DUDAS. Ante la zozobra, la pasividad se presenta como una cómoda salida del atolladero. Estamos inmersos en aquella "Máquina escéptica" de la que Ginzburg nos invitaba a salir lo antes posible. Cómo veremos, se trata de un baile de disfraces, se pretende la imposición de ese baile porque les fastidia que dancemos a cara descubierta. Con la careta de ciertas apariencias se neutraliza la dignidad vital de cada individuo. Se exigen caretas impuestas. ¡Qué descaro es ese de un baile y unos pensamientos personales!

Si nos fijamos en su funcionamiento habitual, la maquinaria escéptica resulta controvertida y a menudo deleznable; sus engranajes están encaminados en una única dirección, la inutilización de ciertos mecanismos prácticos para la vida y la convivencia. Nos modifican los tornillos y las conexiones mentales; siempre con el objetivo de presentarlos como INÚTILES. Cuidado que resulta aburrido eso de ceñirse a esa postura de auténticos cenizos. Da igual, son actitudes que abundan.

Muchos de los modelos se nos presentan con apariencias PROGRESISTAS. Su adoración obsesiva se centra en lo nuevo como superación de todos los males y como único proyecto razonable. Siendo así que lo nuevo deja de serlo a los pocos segundos, también deja de ocupar su afán; con ello la rueda no se detiene nunca. El vértigo de lo novedoso contribuye a impedirles un mínimo reposo de sus conocimientos; quedando cerrado el círculo, con una incredulidad para todas las nociones más firmes. En este, como en otros asuntos, los avances se suceden a un ritmo frenético, lo que implica un tratamiento exclusivo para lo nuevo. El resto no existe para ellos.

No se detiene ahí el muestrario, los hay con una apariencia CONCIENZUDA. Su conciencia es de una categoría superlativa; mejor dicho, pretende mostrarse como tal, su verdadera capacidad quizá se disimulo por terrenos inexplorables. Llegado el momento para la aplicación de sus cualidades al entorno, no puede caberles en su caletre que unas leyes, criterios de otras personas, actuaciones profesionales, comportamientos privados, alcancen su ubral de calidad, no pasan el listón. No aceptan otras decisiones u otras realidades por su insuficiente elaboración. Con su visión suprema, lo ajeno les obliga a permanecer incrédulos.

Hemos de registrar la notoria incapacidad de los escépticos IMBÉCILES. La entidad de su razonamiento no da para más. Apenas se desenvuelven en su rutina, pero sacados de ella, la elaboración mental y las reflexiones no son su fuerte. Esas premisas les confieren una gran limitación, por eso ante cuestiones y problemas, su gran defensa es una declaración de escepticismo. Se podrán definir de mil maneras, ateo, apolítico, religioso; pero siempre como escudo, para no verse obligados a razonar los matices o fundamentos. Si escarbamos, no queda nada en su fondo, carecen habitualmente de argumentos. Lo dicho no evita que presuman de su actitud e incluso lo hagan enfáticamente, con orgullo. Su camuflaje distorsiona las relaciones.

Los escépticos encuentran un apoyo sustancial en el bálsamo de las EQUIVALENCIAS. Les supone un territorio bien abonado, muy a propósito para la duda y los rechazos. De todos es sabida, la sufrimos a diario, esa tendencia a confundir la libertad de expresión con la igualdad de todas las opiniones; según sus representantes no hay forma de ratificar nada. Cualquier pronunciamiento es válido y no existen las certezas; su escudo radica en el número de individuos que apoyen su tesis, no importa que se trate de una memez. Curiosa paradoja, eliminados los argumentos, ya no piensa en opiniones iguales, sino en imponer la suya propia.

También en los transitados caminos del escepticismo, los grados de pervesidad y aprovechamiento de la situación se diversifican. Quienes viajan por ellos debido a su incompetencia natural, simplemente disfrutan de su vacuidad un tanto imbécil. Otros dudan ante determinados hechos a los que no ven sentido. Y llegamos, de forma penosa, a esos mundos de la tramas ideadas para la dominación y el abuso a costa de los demás. En este grupo situaríamos a los SABIOS OCULTOS, escondidos, fuera del alcance común. Proclamados por la estructura tendenciosa -Partidos políticos, ONGs, empresas, grupos de presión-, son como gurús u oráculos irrebatibles. Primero tratan de convertirnos en escépticos para todo, propagan eso de que la verdad no se puede alcanzar, defienden la gran complejidad de la ciencia; según eso el grueso de los ciudadanos no tendremos nunca solución, siempre estaremos en Babia, así les mantendremos desbrozado el camino a tantos cantamañanas presuntuoso. ¡Qué desfachatez! Interpretan los saberes del sabio, que para mayor turbidez es muy probable que no exista. La urna en la que permanecían ocultos está herméticamente cerrada. ¡Son intérpretes voluntarios y sagaces!

Coincido con las inquietudes expresadas por Roger Chartier en una reciente entrevista, hemos de citar otro grupo de incredulidades derivadas de las ESTADÍSTICAS PREPOTENTES. Poco menos que elevadas a ídolos modernos, flamantes dictámenes irrebatibles. Sus detentadores nos embaucan con malabarismos numéricos, presentados como la verdad suprema; silenciando su orientación previa y el ocultamiento de otros datos. Si fuera por estos nuevos matemáticos de pacotilla, nos conducirían más allá del escepticismo; fuera de los números no habría nada. Una nueva presentación de los oráculos mencionados. Los datos de sus tablas constituyen la poderosa verdad. Ni mitos, ni narraciones históricas, ni misterios; esa es su falsa conclusión, su escepticismo.

Si no se pone coto a las dudas infundadas, la desorientación promoverá el extravío. A fuerza de hacernos creer que Dios juega a los dados y la ausencia de grandes verdades; ellos se ofrecen solícitos para la organización del rompecabezas a su gusto y provecho.

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