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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Lamentarnos ahora no sirve de nada ¡Antes debería haberse puesto remedio!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 9 de julio de 2007, 11:38 h (CET)
Ahora nos llevamos las manos a la cabeza, nos lamentamos y buscamos excusas y justificaciones, cuando nos damos cuenta de que muchos de nuestros jóvenes se drogan; no estudian; se rebelan contra sus propios padres y se mofan de sus maestros e, incluso, les agreden; se vuelven violentos; se van a vivir fuera de casa; no tienen modales y prefieren haraganear que buscarse un trabajo y robar en lugar esforzarse para ganarse la vida. Pero, a mayor abundamiento, resulta que es España, la que fue modelo de religiosidad y buenas costumbres, la que se lleva la palma en ese discutible honor de ser la nación pionera en el consumo de cocaina; una de las naciones que ocupan los últimos lugares en rendimiento escolar y una de las que tienen más delincuencia juvenil. Hasta el punto de que nos hemos dado cuenta, tarde como de constumbre, de que la Ley del Menor está desfasada y que sería conveniente que las responsabilidades penales se pudieran exigir a partir de los 12 años y no como ahora a los 14. No se crean que esta ley data de hace cincuenta años, no señores, fue promulgada en el 2000 y recientemente modificada en el 2006, luego no se puede decir que nuestros políticos no hayan tenido oportunidades de modificarla para adaptarla a la realidad actual.

Pero es que, como en tantas cosas de la vida, nos encomendamos a Santa
Bárbara cuando truena. No nos acordamos o no nos queremos acordar de
aquellas corrientes que circularon hace unos veinte o veinticinco años,
fruto de las cavilaciones de sesudos especialistas en la materia, como
podían ser sociólogos, spícólogos, enseñantes progres y partidarios
acérrimos de la libertad hasta sus últimas consecuencias; que se empeñaron
en desterrar de la educación de los niños cualquier acto de represión física
o spiquica, argumentando que un azote en el trasero o un cachete en la mano
o en la mejilla podrían desencadenar un grave trauma psíquico en el infante.
Nos recomendaron utilizar, en cambio, la persuasión, la reflexión, las
buenas maneras (nada de gritos); vamos que debíamos aplicar con nuestros
pequeños el famoso laissez- faire francés, pero en este caso, en vez de por
parte del Estado, por parte de los padres y los profesores del joven
aprendiz. Lo que no supieron decirnos era cómo reflexionar con un bebé de
seis meses o con un niño de un año, y cómo hacerle entender que no agarre el
cuchillo y lo lance contra la lámpara de casa o coja la botella de colonia y
se la beba, todo ello a base de hacerle reflexionar sobre la peligrosidad
del alcohol para el desarrollo de la mente o el peligro de las armas blancas
al ser lanzadas violentamente.
Parece cosa de risa, pero así se empieza a crear un pequeño monstruo que
sabe como arreglárselas para salirse con la suya cuando quiere. Pero no
acaba aquí la cosa. Unamos a ello pequeños y, aparentemente, inofensivos
caprichos, como pudiera ser ver la TV, primero dibujos (en la mayoría de los
cuales se prima la violencia); comprarles exceso de juguetes; permitirles y
jalearles cuando atizan a un amigo; favorecer su espíritu competitivo en
detrimento de sentimientos como la amistad, el compañerismo, la solidaridad
etc. Más tarde, las televisiones se encargan de saturarlos de violencia y
sexo– si el niño no está formado será difícil librarle de esta plaga–¸cada
vez son más precoces y aprenden antes todos los juegos peligrosos de la
sexualidad, sin tener la madurez de mente precisa para valorar las
consecuencias de tales experimentos. Embarazos prematuros, bajo rendimiento
en los estudios, enfrentamientos familiares, estrés y desencanto y, fruto
de todo ello y del alejamiento que, la vida moderna, les impone – cuando
ambos progenitores trabajan –de las personas que podrían vigilarlos más de
cerca y detectar a tiempo los síntomas; las tentaciones de las drogas, de la
bebida y de las malas compañías.
Estamos recogiendo los frutos de una educación deficiente de nuestros
menores. La permisividad excesiva, el pretender que nuestros hijos sean más
fuertes, más guapos y más inteligentes que los otros, obligándoles a
esfuerzos para los que quizá no están dotados. La falta de un castigo a
tiempo, la laxitud en corregirles sus pequeñas desviaciones y el pensar que,
en la escuela, van a adquirir algo más que unas nociones básicas de las
materias que se imparten, es ilusorio y utópico. En todo caso, lo que es
probable que suceda, es que aprendan a hacer diabluras, indisciplina y
vaguería. Si, señores, por desgracia este es el panorama de una enseñanza
laica, sin principios morales, materialista y permisiva.

Las consecuencias de la desaparición de la familia unida, que compartía
vivencias y donde se respetaba la autoridad de los padres; como célula
básica de la sociedad, nos ha traído esta situación actual, en la que los
jóvenes se independizan siendo unos niños – entendámonos, en todos los
aspectos menos en el económico, que en esto son más remisos– están expuestos
a las influencias de los placeres fáciles; las tentaciones de las drogas y
el influjo de las ideas libertarias de los que viven fuera del sistema. Todo
este cúmulo de circunstancias nos ha llevado a un estado de cosas en que
parte de nuestra juventud sigue el camino descarriado. No nos queda el
consuelo de que el Gobierno ponga remedio a esta situación porque, y es
lamentable tener que decirlo, es el causante directo de ella, por su política educativa, sus ideales materialistas, sus adoctrinamientos partidistas y su desidia en cuanto a fomentar, la ética y la moral, como principios elementales de la educación juvenil. Los romanos decían: “Pon obstáculos al principio. Cuando los males se han hecho fuertes porque llevan
mucho tiempo, ya es tarde para preparar el remedio” ¡Y tenían razón!

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