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El lago travieso

Pascual Falces
Pascual Falces
domingo, 8 de julio de 2007, 07:48 h (CET)
Donde se afila el sur del continente americano hasta desaparecer en el mar, existe un vasto territorio conocido como la Patagonia. Invocado como recóndito refugio de nazis después de ser derrotados en la Segunda Guerra mundial, hasta fue tenido en cuenta ser adquirido para que el Sionismo emergente de los años treinta del siglo pasado, ubicase allí el nuevo estado de Israel. Es un espacio con petróleo en el subsuelo y escasamente habitado donde, casi, hay sitio para todos. La confrontación con los palestinos no hubiera existido caso de haber sido así, ni tal vez exacerbado el nacionalismo árabe. Pero, la Sagrada Escritura se impuso con todo su peso nostálgico. ¿Qué se le había perdido al pueblo judío en aquel extremo del mundo tan solicitado, en cambio, por pingüinos, leones marinos y ballenas?

En su extremo lindante con el estrecho de Magallanes, la presencia permanente de hielos y glaciares denotan la proximidad del Antártico. Pues, bien, las aguas retenidas en tierra cercana a la llamada Tierra de Fuego –paradoja histórica-, ofrecen numerosos y fríos lagos que son parte del paisaje que alterna con ciclópeos montes helados. Allí, un pequeño lago de diez kilómetros cuadrados ha jugado una pasada al inestable ánimo de la humanidad asustada por los agoreros del cambio climático. El lago de los Témpanos, conocido así por las pequeñas masas de hielo flotantes en la superficie, un buen día, ¡desapareció!... Así, como lo oyen. El personal chileno de vigilancia medioambiental –en esa área de la Patagonia sólo dos iniciales sobre el mapa, la A, de Argentina, y la Ch, de Chile permiten orientarse acerca de en qué país se encuentra uno-, observó con infinito asombro que el lago “no estaba” en su lugar. Su extensión la ocupaba un resquebrajado valle, una hondonada en la que los témpanos se amontonaban desordenadamente en lo más profundo.

La estupefacción fue tal, que la noticia no se hizo pública hasta un mes después. La alarma se extendió por los medios mundiales de comunicación, no era una noticia, tan sólo, de interés local. Y no era para menos, una cosa es vaticinar el cambio climático, y otra muy diferente constatar con fotografías que un lago se había “perdido”. Teorías no faltaron para explicar su misteriosa y repentina desaparición en “serios e independientes” medios. Aunque los prudentes –que siempre son los menos-, se guardaron de aventurar explicaciones.

El “travieso” lago había querido gastar una broma a la climáticamente alarmada población de la Aldea, y se escondió escurriendo su agua por entre las grietas del fondo, que a modo de tapón de bañera, desaguaron en otro lugar, más hondo o más retirado, a través de desconocidas conducciones interiores. Como un mes después, hace unos días, el lago se ha vuelto a llenar, y ofrece su normal dimensión y aspecto, con sus témpanos de nuevo flotando. ¡Qué susto! Más, los antiguos cuidadores del lugar han contribuido a tranquilizar a la población globalizada también en sobresaltos. Resulta que hace treinta años, ya había pasado lo mismo. Se ve que sí, que le gusta jugar al escondite. Hay que tener en cuenta estas bromas de la Naturaleza, no toda va a ser tan seria y formal como un reseco paisaje castellano.

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