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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Se quiso convencer a sí mismo, el cuitado Zapatero?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 8 de julio de 2007, 07:48 h (CET)
El circo de la nación esta dispuesto para la gran competición. La multitud se apresta a saborear el espectáculo dividida en dos bandos, dispuestos, cada uno de ellos, a apoyar a su líder “manque pierda”; porque no importa tanto lo que pueda decir ni si es cierto lo que pueda decir, sino el énfasis que ponga en la forma de decirlo y la dosis de credibilidad que pueda inspirar a sus incondicionales y a los que, permaneciendo fuera del circo, están dispuestos a creerse, a pies juntillas, todo lo que les endosen. Porque, la verdad es, señores, que hay algunos que cuando se ponen a largar no paran ni, por supuesto, se reprimen un ápice si se trata de arrimar el agua a su molino. Dicho lo cual, no nos debería extrañar que, en el debate de la Nación, lo que menos se escuchara fueran buenas plabras ni piropos mutuos; todo al contrario, fue un combate a cara de perro ( creo que puede calificarse así sin temor a exagerar) en el que ambos púgiles se fajaron e intentaron cubrir sus puntos débiles de la mejor forma que supieron; aunque a alguno le llegó a sangrar la nariz, no por efecto de los golpes de su adversario, sino por los narizazos que se propinaba por todo el cuadrilátero, debido al tamaño exagerado de su apéndice nasal, producto, sin duda, del exceso de pamemas, inexactitudes, trolas y desatinos que llegaron a salir de la boca de su propietario. Eso sí, siempre con apariencia de estarse creyendo lo que decía.

Nunca estuvo nuestro particular mister Bean, señor Rodriguez Zapatero, más acorralado, más falto de punch y más desarbolado que cuando tuvo que enfrentarse a la batería de obuses que Rajoy le tenía preparada a cerca del tema del terrorismo. Llegó un momento en que no conseguía hilar las frases, atascado con las palabras “administración” y “forma de administrar” el terrorismo. Fue un intento baldío de culpar a la oposición de su propia debacle en la negociación con ETA. Tuvo una cierta recuperación al hablar de economía, más por falta de empuje del adversario –que si bien le clavó un buen par de banderillas en todo el morrillo cuando le recordó las chapuzas de la Oficina Económica de la Presidencia y le advirtió de que, si en lo económico se iba bien, era gracias a que Solbes no tocó un ápice de lo que dejó hecho el anterior gobierno en esta materia–; sin embargo, el señor Rajoy, pudo haber insistido más ( si hubiera tenido tiempo, claro) en el tema de las opas y en el de los tirones de orejas que, desde Bruselas, se le propinaron al gobierno por sus martingalas legales. Un detalle significativo, el señor Solbes sólo aplaudió dos veces las actuaciones de su jefe de filas; seguramente por compromiso. No debe sorprendernos que así fuera si tenemos en cuenta los puros en los que se debe encontrar, el ministro, para intentar cuadrar las posibilidades económicas del país con la esplendidez expontánea del señor Presidente, que parece que se le sale el dinero por los bolsillos cuando se trata de ofrecer lo imposible. Por ejemplo, debía pensar de dónde va a sacar los fondos precisos para el pago de los dos mil quinientos euros que anunció que se pagarían por cada recién nacido. Todo un magnífico ejercicio de prestidigitación destinado, sin ningún disimulo, a promocionarse para las próximas elecciones.

Hay que decir que toda la intervención del señor Presidente estuvo jalonada, desde el principio al fin, por los entusiastas aplausos del gallinero socialista que, no sé si para que no se notaran tanto sus balandronadas o por un chorreo de admiración y servilismo verdaderamente empalagoso, se extralimitó en la clack (en su sentido ambivalente de aplaudir y cloquear), hasta tal punto que, en los 70 minutos de su parlamento, interrumpieron 50 veces para aplaudir. Creo que, en este aspecto, sólo ha sido superado por Stalín cuando en el Soviet recibía tandas del orden de treinta, cuarenta y hasta cincuenta minutos ininterrumpidas de aplausos; pero, ¡Stalin era Stalin y todavía existen clases! Bastaba ver el arrobo con el que la Vice de la Vogue le miraba, extasiada; hasta el punto de que me extrañó que la Sonsoles no fuera y la tirara del rabo; aunque, bien mirado, también hubiera podido dar un do de pecho con iguales resultados.

Nada sobre el aumento del coste de las hipotecas; nada sobre las negociaciones con ETA; nada, por supuesto, sobre sus fracasados proyectos de la Alianza de Civilizaciones; nada sobre el aumento del coste de la factura eléctrica y su repentina marcha atrás; nada sobre sus acuerdos con Nafarroa Bay y la ANV; nada sobre la ley electoral; y, eso sí, mucha demagogia preelectoral. En fin, lo normal en el señor Zapatero, un verdadero especialista en simular ser muy enérgico, en aparentar decisión y tener muchos proyectos, pero ninguna autocrítica. Un gran vendedor de ilusiones que, luego, la realidad se encarga de poner en cuarentena, como fue la Ley de Dependencia que, ahora, cuando ha llegado el momento de aplicarla, resulta que no tienen estructura para hacer frente a los trabajos de valoración de los afectados ni medios para cubrir el enorme presupuesto que representa.

Es que, para nuestro Presidente, todos los españoles estamos viviendo en el país de Jauja, donde los jamones cuelgan de los árboles y los perros se atan con longanizas. Qué el horizonte empieza a tener nubarrones; qué la construcción parece que da signos de debilidad; que el encarecimiento de las hipotecas amenaza con desequilibrar el presupuesto familiar de muchos ciudadanos; que la invasión de la inmigración, descontrolada y desbordante, amaga con convertirse en un problema (sobre todo en el caso, más que probable, de que la economía se estanque y el paro aumente); todo ello parece que no cuente en las previsiones de un hombre que vive de ilusiones y se nutre de autoestima, para el que la cabezonería es capaz de superar a la razón y la improvisación, ante las eventualidades, sólo es comparable a la imprevisión que viene caracterizando todo su mandato. Pero, no se dejen impresionar, porque el pueblo español es tan masoquista que parece solazarse en tener dirigentes incapaces e imprevisibles y, no se sorprendan, si cuando llegen las elecciones próximas vuelva a tropezar con la misma piedra y le entregue, de nuevo, el gobierno de nuestra pobre España. Alea jacta est.

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