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El eco de los sucesos de Tallin repercute en Israel

Marianna Bélenkaya
Redacción
sábado, 7 de julio de 2007, 03:01 h (CET)
El eco de los sucesos de Tallin ha repercutido en Israel. El 3 de julio, en el antiguo cementerio judío de la ciudad, ubicado en el Monte de los Olivos, fueron reenterrados los restos mortales de la enfermera Lenina Varshávskaya, que pereció durante la batalla de liberación de Tallin de los nazis en 1944.

Lenina Varshávskaya, sargenta del servicio médico del 40 destacamento de morteros, fue enterrada junto con otros 11 combatientes soviéticos en fosa común en la parte histórica de Tallin. Encima del entierro se colocó el monumento al Soldado Libertador, conocido como Soldado de Bronce en Estonia. Por decisión de las autoridades estonias, en abril último el conjunto conmemorativo fue desmontado.

El 26 de abril comenzaron las obras de exhumación de los restos mortales de los combatientes soviéticos. En la noche del 27 de abril fue quitado el Soldado de Bronce y trasladado a un cementerio militar de Tallin. Tal proceder provocó desórdenes masivos en la capital y otras ciudades de Estonia. Durante choques con la policía fueron detenidas más de un millar de personas, decenas recibieron lesiones. Pereció un ciudadano de Rusia.

Sólo después de que las pasiones políticas se calmaron un poco, se empezó a buscar a los parientes de los soldados caídos, con el fin de entregarles sus restos mortales. Los del capitán Alexei Briántsev y el teniente Vasili Vólkov ya fueron enterrados en Rusia, rindiéndoles honores póstumos. Esperan el envío a Ucrania los restos del sargento Stepán Japikalo. Los de otros ocho soldados soviéticos fueron reenterrados en el cementerio militar de Tallin el 3 de julio, organizando una ceremonia fúnebre. El embajador de Rusia en Estonia se negó a participar en ésta. Del mismo modo procedieron la Organización de Veteranos local y los sacerdotes de la Iglesia Ortodoxa Estonia del Patriarcado de Moscú, los que más tarde administraron un oficio divino fúnebre en el nuevo lugar del entierro.
La decisión de sepultar los restos de Lenina Varshávskaya en Israel fue tomada por su único pariente vivo, Vladímir Parnes, que reside allí. Los gastos relacionados con el análisis genético y el traslado de los restos de Tallin a Moscú y luego a Jerusalén los asumió la Federación de las Comunidades Judías de Rusia. La ceremonia de reentierro en el Monte de los Olivos, lugar donde en paz descansan las personas pías, será dirigida por el primer rabino de Rusia, Berl Lazar.
La Federación ha tomado la decisión de dedicarle a Lenina Varshávskaya parte de la exposición en el Museo Judío de Moscú, que se prevé abrir dentro de dos años. Según el director del Departamento de Relaciones Públicas de la Federación, Boruj Gorin, el Museo va a narrar la historia del pueblo judío, incluidas sus páginas tan trágicas como la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.
“La comunidad judía de Rusia rinde tributo a todos los luchadores contra el nazismo y se enorgullece del considerable aporte hecho por los judíos soviéticos a esta lucha. Dados los recientes intentos de ciertos políticos de Europa del Este de revisar los resultados de la guerra, entre ello de modo simbólico, desmontando monumentos a los soldados soviéticos, creemos necesario hacer llegar a nuestros descendientes la historia de Lenina Varshávskaya”, manifestó Gorin.
El museo se construye con el dinero donado. El presidente de Rusia, Vladímir Putin, reunido el 5 de junio de 2007 con Berl Lazar, apoyó la idea de construirlo y prometió transferir a estos fines su salario mensual, lo que fue cumplido. A finales de junio, la comunidad recibió documentos que confirman el recibo de ese dinero.
Según Boruj Gorin, la Sala de la Tolerancia será la parte central del museo. Lo que es muy simbólico, dados los acontecimientos que se desarrollaron en Tallin en abril y mayo de 2007.
Es indiscutible el derecho de los Estados a trasladar entierros. Tampoco Rusia puede oponerse a ello, porque también en su territorio trasladan a veces los restos mortales de los combatientes caídos, y hasta un reentierro coincidió en tiempo con el realizado en Estonia. El problema estriba en el contexto político y emocional que lo acompaña.
Según un sondeo sociológico realizado por la fundación “Opinión Pública” a comienzos de mayo, el 78% de los ciudadanos de Rusia censuraron el traslado del Soldado de Bronce; el 6% lo acogieron con indiferencia, el 2% aprobaron tal acto y el 3 no pudieron definir su actitud. Otro 3% dijeron comprender a aquellos habitantes de Estonia y otros países bálticos que no desean ver en sus ciudades monumentos a los soldados soviéticos.
Los acontecimientos estonios fueron percibidos en Rusia de un modo particularmente emocional en el contexto de los intentos de revisar la historia de la segunda guerra mundial que emprenden los países del mar Báltico y Polonia. Al Soldado Libertador lo presentan como a un ocupante, lo que es un ultraje para los rusos y otros muchos pueblos que viven en los espacios de la ex Unión Soviética, para todos aquellos cuyos familiares combatieron contra el nazismo en los frentes, morían de hambre y frío en el Leningrado sitiado, trabajaban hasta el total agotamiento en la retaguardia y perecían en los campos de concentración y ghettos.
Las autoridades estonias no podían menos que saberlo, al ordenar desmontar el conjunto conmemorativo en vísperas del 9 de Mayo, Día de la Victoria sobre el nazismo, que se celebra tanto en Rusia como en toda la CEI y otros países en los que hay veteranos de guerra.

El Soldado de Bronce y los entierros de los combatientes soviéticos se convirtieron en rehenes de la política y las relaciones nada fáciles que existen entre Moscú y los Estados nacidos tras el desmoronamiento de la Unión Soviética. Es la grave herencia de la época soviética, la cual todavía no han aprendido a sobrellevar dignamente ni Rusia ni sus vecinos. El traslado del monumento al Soldado Libertador en Tallin; los desfiles de quienes colaboraban con los nazis, que se organizan en ciertos países; el Museo de la Ocupación Soviética abierto en Ucrania y la suspensión de la exposición rusa en Oswiecim son acontecimientos de una misma índole. Como resultado de ese juego político, se ultraja el recuerdo de los caídos en la guerra contra el nazismo.

Aquello que sucedió en Tallin a finales de abril y comienzos de mayo ya no puede ser cambiado. Pero todavía no es tarde aprender a respetar el dolor de otros pueblos y su memoria.

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Marianna Bélenkaya, para RIA Novosti.


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