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Por puntos…

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 7 de julio de 2007, 03:01 h (CET)
Al año de vigencia del carné de conducir “por puntos” se están recogiendo diferentes balances sobre su eficacia en la disminución de la siniestralidad en las carreteras de España. Desde el triunfalismo con el que lo valora el Gobierno –que ya sabía que la medida había funcionado en otros países-, hasta las dudas de su repercusión que recogen los conductores y asociaciones. El tema es de palpitante interés, al igual que ocurre con los otros motivos de escandalosa mortandad, terrorismo y malos tratos, en la Carretera algo había que hacer. Las otras dos “C”, Cáncer y Corazón, como causa de mortalidad de la población, ya reciben debida atención, aunque nunca será suficiente.

Parece innegable que ha producido, en primer lugar, una disminución de las víctimas mortales de circulación del orden de un quince por ciento. Muy lejos, naturalmente, de lo que seria deseable. Rebajar esa cantidad, se corresponde con ese capítulo pendiente del “algo hay que hacer”. Salta a la vista que no todo el origen de los accidentes reside en las manos del conductor, por lo que es de temer, que, ni siquiera “conduciendo” la Administración, en lugar del contribuyente, se lograría la disminución del cien por cien.

También, ¿cómo no?, hizo saltar la acreditada capacidad picaresca entre los españoles, y el “mercadeo” de puntos surgió de inmediato a su instauración. A pesar de ello, la medida no resultó acogida con general aprobación, como fue la instalación de cinturones de seguridad o del “air-bag”, porque… ¿quién quiere matarse?. Entre sus consecuencias favorables está la disminución del irresponsable consumo de alcohol antes de ponerse al volante. Otra cosa distinta es la polémica sobre el control de velocidad en el que todavía no es unánime el acuerdo internacional.

El carné por puntos se realizó sobre un arbitrario diseño adaptado de los de otros países europeos, y adoleciendo de la natural adecuación de estructuras viales y administrativas. Para colmo, al ex presidente Aznar le dio la ocurrencia de terciar en la polémica y antipática actitud de la DGT sobre que “lo único que no puede hacer es conducir por nosotros”. Hasta ahí se podía llegar… Y la polémica, equivocadamente, se elevó al cubo, con sus partidarios a favor, y sus detractores en contra. El estado de la red de carreteras es un tema político, pero cómo se conduce por ellas, no.

La retirada de puntos sólo afecta al sufrido conductor de madrugones y atascos, y en ningún caso se ha conocido que determinada carretera, o tal intercesión, hayan sido motivo de que se castigue a la autoridad responsable. Otra sensación injusta que trajo consigo es la desproporción entre el castigo a los malos conductores y el premio a los buenos. Con lo que nadie ve reflejadas en su “capital” de puntos las consecuencias de decenas de años con un carné impoluto de sanciones de tráfico.

Con el debido respeto y admiración que la cuestión merece, este carné ha demostrado que tan sólo un 16% son mujeres entre quienes han visto disminuir sus puntos. Aquello tan “gracioso” de “Mujer al volante, peligro constante”, o “¡mujer tenía que ser!...”, pasó a la historia, o era una falsedad machista más de las que se han de desterrar. El grande y utópico logro de los puntos sería “apartar” definitivamente de la circulación en general a los malos conductores, que no merecen ese nombre, sino el de agresivos sujetos a contener. Si sus ventajas son incuestionables, deja la pregunta en el aire acerca de si el sistema “por puntos” es aplicable a otros terrenos de la vida cotidiana, de la Administración, o de los administrados.

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