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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

La justicia lenta, fraudulenta (ficción)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 7 de julio de 2007, 03:01 h (CET)
Hoy, por fin, me siento como un explorador o pionero a la búsqueda, conquista y disfrute de una mena diamantífera, lista para ser explotada a pleno rendimiento (que no miento), de una mina (que no consume la paciencia ni desgasta la moral) de oro, o sea, del tiempo y el trato o roce normalizado con las dos niñas de mis ojos, mis hijas, que una justicia lenta, lerda, tardísima, ergo, inconcusa injusticia, me hurtó con artes furtivas.

Ahora el Estado tendrá que hacerse cargo de la situación, arrostrarla, apechugar con ella y apoquinar, quiero decir, resarcirnos, tanto a mis niñas como a mí. Porque alguien les deberá devolver a ellas, conjeturo, los cinco años de su tierna infancia que tuvieron que pasar sin la presencia habitual de su padre. Alguien les tendrá que indemnizar por el rimero de fechas cruciales, cumpleaños, Nochebuenas, Nocheviejas, Reyes, Primera Comunión, etcétera, sin la compañía, el calor y el color de su progenitor. Y viceversa. Alguien deberá pagar los palos y reveses que me infligieron al privarme y prohibirme torticeramente lo que, en Derecho, me correspondía.

¿Por qué quienes deben administrar justicia, firmando providencias, autos y sentencias que respeten escrupulosamente el espíritu y la letra de las leyes vigentes, han dilapidado tanto tiempo en tomar la decisión certera y correcta, la obvia y oportuna, sobre la apócrifa denuncia de marras, que pudo sustanciarse y resolverse en un pispás?

La lucha del padre (que, tendido prono sobre la cama, con los ojos cerrados, así reflexiona) por sus hijas arrancó a finales del estío de 2002, el mismo día en el que la perita en lunas de ajenjo, experta en calladas por respuestas y en canalladas, su cuñada Gertrudis (nada que ver, por lo tanto, con el personaje de la tía Tula, que fuera ideado al alimón por el caletre y el estro imaginativos de don Miguel de Unamuno y Jugo), empezó a sembrar cizaña y meterse en camisa de once varas, esto es, en donde no la habían llamado, en los casos y las cosas de nuestra casa (y, a veces, sí, también, aunque pocas, coso), la de su hermana gemela, Marisol, mi ex esposa, y la de su seguro servidor de usted, desocupado lector.

A la arpía le brotó, nació o surgió, de repente o acaso fuera de forma paulatina, o sea, Gertrudis tuvo (pero no contuvo ni entretuvo, no) el impulso perentorio y malévolo de ultrajarme, acusándome de haber sido un depravado, es decir, haber colgado en un portal de Internet varias fotografías de mis niñas en porreta, desnudas (algo que era a todas luces, como quedó meridiana y palmariamente demostrado en el último juicio, incierto, una burda patraña urdida por la raposa lujuriosa. Como para muestra basta con un botón, vaya, vea y valore usted, por su cuenta, éste: el argumento de “la poquedad en las ropas” de mis hijas, aducido por el fiscal, fue abatido, anulado o contrarrestado por el razonamiento de que no eran otra cosa que “los trajes de baño veraniegos” de las susodichas, esgrimido sutilmente por mi abogado defensor). Tras “blablar” del embeleco o trola con mi no tan fácilmente manipulable (pero sí, al menos, para ella) mujer y ser condenado sumariamente (sin haber sido oído siquiera) por ambas, ipso facto, al erebo, las dos hermanas acudieron raudas, despechadas, al despacho de una asistente social, a la que le dieron pelos y señales de la bola o el bulo y le comieron el tarro de sus esencias. Debió creerles a pies juntillas, porque todo aquello devino en detrimento y menoscabo mío, pues tuve que soportar el baldón indignante de ser imputado falsamente, insisto, en un caso de pederastia sin pies ni cabeza, sin más razones que la grima y la ojeriza que “Gertru” sentía por mí y me tenía por no haber accedido nunca a sus diversas proposiciones deshonestas de contribuir o sumarme a la deslealtad de engañarle a su hermana, ayudándole a calmar el prurito y/o a sofocar el fuego que solían originársele a ella, con bastante frecuencia, en el centro y crisol de su entrepierna.

Aunque ya hace un año largo que el Juzgado de lo Penal número 3 de Algaso me exculpó, al advertir un “ánimo espurio” en las declaraciones efectuadas por Gertrudis, gracias a Dios, aquella sentencia ha sido ratificada recientemente por otra, ésta adoptada por la Sección Segunda de la Audiencia Provincial, que ha venido a confirmar lo que siempre sostuve ante la Policía y en los estrados, que la pornografía o sicalipsis de las instantáneas de mis niñas sólo estaba en la mente calenturienta, enferma, demente, de mi cuñada, una vulpeja ninfómana.

Después del Calvario o Vía Crucis, dos semanas en el trullo (no le deseo un día de cárcel ni al peor de mis enemigos, en el supuesto de que tenga alguno) y casi un lustro de acarrear con la rémora o el lastre de haber vivido sin apenas lustre, en el que sólo he podido estar con mis hijas un par de horas los lunes y los jueves por la tarde, creo que ya ha llegado el momento de reclamarle al Estado daños y perjuicios. Y es que la justicia, cuando es tan lenta, merece, pues le cuadra de manera pintiparada, el calificativo peyorativo de fraudulenta.

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