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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La dignidad del trabajo

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 7 de julio de 2007, 03:01 h (CET)
“Todo el pueblo que trabaja
y al que los altos señores
lo llaman la clase baja.”


Rafael Alberti

Creo que fueron los ministros de Carlos III los que intentaron remover “legislativamente” el prejuicio. En todo caso, fueron gentes de la Ilustración. Aquellos ilustrados pretendían dar a la sociedad española, y valga la fórmula, un cierto dinamismo económico, y para conseguirlo, tuvieron que empezar con la operación increíble de proclamar la dignidad del trabajo mediante una real orden. No hubo más remedio. Una enconada tradición celtibérica sostenía que los oficios manuales constituían una actividad vergonzosa: cosa de moros y judíos, o, por lo menos, de plebeyos. Parece que en algunas zonas de la periferia el mal no estaba tan arraigado: así se dice, y quizá sea de veras. Pero la tendencia general no admitía duda. En realidad, la aprensión frente a las tareas más o menos rentables afectaba también al ejercicio de la profesión mercantil. De hecho, todo lo que no eran “rentas” resultaba sospechoso. Si se exceptuaba la labranza, era por razones aristocratoides: alguien tenía que pagar las “rentas”.

La hipotética revolución burguesa, que debía haberse iniciado en el siglo XVIII, no sólo tropezó con la dificultad de carecer de burguesía, sino también con una desconfianza difusa hacia la gestión del burgués. Los gobernantes carolinos no lograron grandes resultados en su modesta tentativa de dignificación laboral. Y todavía hoy flotan en el aire residuos de la antigua reticencia.

Los extranjeros que pasearon el país, entonces y luego, sacaban la conclusión de que la holgazanería era endémica. Sin duda, no todo era holgazanería. Generalmente, se trataba de falta de trabajo. Y el montaje agrario, en muchas provincias, no permitía un jornal asiduo para los trabajadores agrícolas. Más tarde se vio que, cambiando ligeramente las circunstancias, o previa la emigración, los ciudadanos tachados de indolentes manifestaron unas ganas de trabajar muy efusivas.

En nuestro país lo que anda en juego no son las “ganas” de trabajar: la nostalgia del Adán paradisíaco, dedicado al ocio, es un mito amabilísimo. Sencillamente, se trata de aceptar la “ventaja” de trabajar y de realizar una política orientada al pleno empleo.

Hoy se trabaja, en estas latitudes, más que nunca. Desde luego, en todas partes hubo siempre personas que no trabajan: el problema hispánico era y es que la tasa de las personas que pudiendo y queriendo trabajar no encuentran trabajo supera a la de los países de nuestro entorno. Lo sorprendente es que va a pasar otro siglo y el problema continúa. Y es que, como dijo el poeta: “Mas no olvidéis que esta oscura / España que aquí os presento / aún tristemente perdura”.

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