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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Colonia Clunia Sulpicia Sicalíptica

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
jueves, 5 de julio de 2007, 22:50 h (CET)
Es lo que tienen la libertad y la democracia, que cuando llegan las vacaciones no te obligan a ir a la playa y te puedes ir donde quieras, al Caribe, a los fiordos noruegos o a Benidorm, Marbella, Calpe o Torremolinos. Y también te puedes montar en tu utilitario con Misanta y Misantita y largarte a visitar Clunia, a poco más de un tiro de piedra de tu casa.

No tienes que pelearte con nadie para que te haga hueco a tu toalla, ni tienes que aguantar tres horas de “Los 40 Subnormales” a todo volumen del gilipollas maleducado que hay treinta metros más allá. Sin necesidad de dar tres cuartos a Bin Laden, “pasando” de aviones, pasaporte y aduanas, viajas dos mil años atrás, te das un paseo por el foro de una auténtica ciudad romana y te impregnas de la madre de todas las culturas occidentales.

No sólo lo puedes combinar con sencillas compras en un mercadillo tradicional y con una comida “multinacional” y muy del gusto de nuestro presidente del Gobierno y sus aliados: gazpacho andaluz, lechazo castellano y crema catalana, sino que encima vuelves a dormir a tu propia casa, fresquita y silenciosa, con el gusto que da abrir o cerrar tu propio frigorífico, echarte en tu propia cama y al final del día hacer una visita a tu privativo, personal e intransferible “señor Roca”, algo que no se paga con todo el dinero del mundo. ¿Por qué no te dejarán hospedarte en los hoteles con tu sanitario de siempre, el de tu casa, el que echas de menos cada vez que sales?

Viajar es bueno porque se te cae la boina y aprendes cosas nuevas. Dejas a tu espalda sobrios monasterios románicos, misteriosos castillos góticos o fastuosos palacios ducales, magníficos sitios donde te quedarías a vivir. Si pudieras. Yo concretamente si no hubiera estado acompañado me habría quedado a vivir en un vulgar mesón de ladrillo caravista pero que tenía una camarera de estilo barroco-salomónico, especialmente sugestiva tal vez por contraste con la sobriedad de Clunia Sulpicia. O por otros motivos más personales, quién sabe.

Pero, perdón, perdón, ya me empezaba a emocionar, es lo que tiene el arte, que enseguida te dejas llevar por lo que ves y deseas tocarlo y comprobar por ti mismo de qué está hecha la belleza, pero sabes que no puedes, que está prohibido acercar la mano a determinadas maravillas, más que nada por la fragilidad de la materia. Porque te pueden romper la crisma.

Aterrizo: Les decía que había visitado la antigua ciudad romana de Clunia Sulpicia, cerca de Peñaranda de Duero. Y debo reconocer que, salvo lo de la camarera, es lo más apasionante que me ha pasado en los últimos siglos. Ingenuo, intenté pagar una visita guiada, a cinco euros por persona, todo sea por el arte aunque no sea barroco-salomónico. No, imposible, las visitas guiadas sólo son para grupos de más de quince personas, me dijeron. A joderse, dije yo. Y allí nos pusimos la familia, a darle vueltas al tríptico, intentando adivinar por dónde debíamos empezar la visita, qué emocionante, qué parte estábamos visitando en cada momento, qué misterio, y por dónde debíamos seguir, qué intriga.

Uno, bastante viajao y no poco leído, andaba con la cabeza hecha un puzzle (me perdonen pero no iba a poner “con la cabeza hecha un rompecabezas”) para adivinar por dónde andaba el templo tripartito, en qué consistía el “macellum” y qué diantre pintaba en todo eso la casa triangular, que ya hace falta ser enrevesado para levantar una casa triangular.

No sé a quién agradecer la cautivadora circunstancia, si a la Junta de Castilla y León, a la Diputación de Burgos o a la Comandancia de Marina, pero recorrer unas ruinas romanas, que correspondiendo a su lógico nombre apenas levantan del suelo dos cuartas, sin un guía y sin más información que un colorido tríptico es de lo más sicalíptico que te puede ocurrir en pleno siglo XXI. Alguien podría pensar que sería buena idea organizar una visita guiada cada media hora. O cada hora. O simplemente esperar hasta que haya esas quince personas. Pero para qué, ahora que estamos en la era de Ikea que nos dejen a nuestro aire, adivíneselo usted mismo, móntese usted la visita a su aire, nosotros le proporcionamos todo lo necesario: Un tríptico.

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