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Siempre tuyo
Daniel Sanabria
Aún recuerdo cuando saltó al césped por primera vez. Tenía 17 años y el rival era el Leganés. Todos los ojos estaban puestos en él, esperando que cogiera el balón para ver qué hacía con él. En los minutos que jugó hizo sólo una buena jugada aunque el disparo se le marchó alto, por encima del larguero. Yo estaba en la tribuna lateral, con un periódico en la cabeza tapándome de un sol cegador.
Han pasado 6 años. Todo ha cambiado muchísimo, aunque él sigue igual que siempre, con su pelo rubio, sus pecas en los pómulos, su timidez frente a las cámaras, su sentimiento inmutable, su sudor en la camiseta, y sus disparos en las redes. De septiembre de 2002 a julio de 2007 ha pasado de ser una promesa a ser un mito.
Seis años en el primer equipo le han bastado para entrar entre los hijos predilectos de Neptuno, donde se encuentran Gárate, Luis Aragonés, Adelardo, Escudero y poquitos más, y lo más meritorio es que lo ha conseguido sin visitarle una sola vez. No le ha podido ofrecer nada, ni un título de Liga, ni una simple Copa del Rey, nada. Pero si está ahí es por razones que sólo entiende el corazón.
Ahora se marcha. Se va como se fue Dartacán de su poblado natal camino de París, con lágrimas en las mejillas y la ilusión renovada, sabedor de que abandona sus raíces, sus amigos y su familia a cambio de éxitos y conquistas. Quizá no sea un “adiós”, sino un “hasta dentro de unos años”, o al menos, ése es el discurso que muchos utilizamos para consolarnos.
Será extraño, muy extraño, acudir el domingo al Vicente Calderón y no ver al rubito de las pecas. El vacío que dejará es de esos que no tienen sustituto posible. La sensación de haber quedado huérfano entrará en los corazones atléticos en el primer partido de Liga, igual que entró la rebeldía aquel domingo soleado en el que le vimos debutar ante el Lega.
Igual que Ana Frank le entregó el alma a su diario, yo le entrego mi alma a Fernando: siempre tuyo.
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