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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Ocio, negocio y cultura

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 3 de julio de 2007, 22:20 h (CET)
Desde que se resolvió la cuadratura del círculo de las veinticuatro horas de la vida del hombre cada día, dedicando ocho de ellas para dormir, y otras tantas para trabajar, quedaron “libres” ocho más para comer, arreglarse, y distraerse. Así, de este modo, y en el plano más esquemático (útil como todos los esquemas), ocho enormes horas de cada día, en sentido lato, quedaron para que el hombre disfrutara del ocio (del latín, otium). Bien es verdad que tan sólo las de trabajo se cumplen con cronométrica precisión para la mayoría de los afortunados ¡además!... que disponen de un puesto de trabajo con el que sostener el resto de las dieciséis.

Las horas de sueño cada cual se las arregla a su modo; a unos les parecen pocas, y otros quisieran poderlas dormir completas. Por otra parte, el ocio se entiende como “el estado de quien no trabaja”; estar ocioso tiene connotación de aburrimiento o de falta de imaginación. Y, tampoco el negocio (no-ocio, nec-otium) se entiende como una honesta actividad para combatirlo. “Los negocios son los negocios”, se afirma, aunque con ello se encubran turbios desmanes. De este modo, las ocho horas de ocio serian el espacio utilizable, para la Cultura y la alimentación -que también es una forma de cultura-, aunque las más de las veces sea mera subsistencia.

Ese treinta por ciento de la vida del hombre, treinta años para un longevo de noventa, se transforma en su gran oportunidad para “cultivarse” a sí mismo, del mismo modo que, por ejemplo, sería capaz de cultivar la tierra de su entorno. La vida de un hombre sin cultura es equivalente a una yerma llanura. La cultura permite aproximarse a la auténtica realidad del mundo que nos rodea, a la vez que enriquece al hombre, y le lleva a profundizar en sus raíces. Con ella, cada cual intenta despejar un poco los misterios que, desde su Creación, rodean a la humanidad.

El problema a que se enfrenta la sociedad es distinguir qué parte tiene de entretenimiento o distracción, y cuánta de Cultura, todo aquello que sirve para contrarrestar el ocio. Una boyante industria contemporánea se ha desarrollado para lucrarse ofreciendo distracciones. Sopesando el tiempo de distracción y el de cultivo de uno mismo, tal vez, y en el mejor de los casos, exista un equilibrio. Pero, es de temer que esta consideración es puro optimismo. El “negocio” del ocio es muy atrayente, y su oferta superior a la de “actividades culturales”. Con este fin se aplica, confundiendo, este calificativo a cualquier mera distracción. Obsérvese, si no, los apartados de la sección de Cultura de los medios de comunicación: Un concierto de los “rollings” figura allí, como también el doblaje del gato en el nuevo “Schrek” hecha por la singular voz de Antonio Banderas, por no seguir mencionando otros extremos en que, además, algunos payasos y saltimbanquis “creen” ser representantes de la Cultura en cine, teatro, televisión, y etc.

La cultura de un hombre no se improvisa, ni tan siquiera para un devaluado barniz de “cultura general”. Para alcanzar valoraciones acertadas de su entorno necesita haber empleado esfuerzo durante mucho tiempo, que, excepcionalmente, se lo proporcionan algunas “distracciones”. Tiempo, para la adquisición de conocimientos, por fortuna favorecidos con algo tan de nuestros días, como es la expansión informativa. Pero, en el mejor de los casos, y acumulados con ligereza, resultan ser, tan sólo, erudición. Los datos, si no son debidamente valorados y clasificados en orden y concierto, crean una “diarrea mental” que se ha dado en llamar la “subcultura de la mediocridad”, tan atractiva para los necios, cuyo número -como repite el Quijote-, “es infinito”. Lo que es tanto como reconocer con sencillez que “todos” los hombres lo somos, y, por eso, se hace preciso un plan, una sostenida tarea por medio de la cual llegar a serlo cada día un poco menos. Aunque, para ello, sea necesaria toda la vida.

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