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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Mes de la libertad de prensa

Miguel Ángel Sánchez (México)
Redacción
martes, 3 de julio de 2007, 22:20 h (CET)
Terminó junio, mes de los periodistas. Políticos, empresarios y no pocos colegas, se llenaron la boca de floridos panegíricos. Se repartieron preseas, se dieron regalos y comilonas y se pronunciaron discursos grandilocuentes. En el ancien régime el Primer Mandatario recibía en Los Pinos a los dueños de los consorcios de comunicación y se entonaban homiías y apologías de timbres cervantinos. Se sabe que en alguno de esos banquetes se llegó a colar algún reportero de a devis, pero ¡helas!, la historia no registra sus comentarios.

Ahora, como después del 10 de mayo, los actores vuelven a su vida cotidiana con la conciencia en paz y sin dar mayor importancia al asunto. ¡Qué todo se celebre para que nada cambie! ¡Viva el status quo y Dios nos dé paciencia y flema para convivir con la prensa latosa hasta el próximo junio!
En junio siempre me da nostalgia. Me hace falta una voz como la de Manuel Buendía. Hoy comparto con usted porciones de una entrevista inédita que mi colega Maricarmen Hernández le hizo al autor de “Red Privada” el 1 de noviembre de 1983. Este es mi homenaje al oficio.

—¿Qué siente Manuel Buendía de ser el principal columnista del país, el más leído incluso?

—No es un sentimiento muy preciso, porque no estoy seguro de que sea el columnista más leído del país. No puede uno saberlo realmente, pues no hay mediciones confiables que permitan saber quién es en este momento el cultivador de ese género llamado columna, que entre todos resulte el más leído. A lo mejor es uno que escribe una columna de sociales, por ejemplo. Ahora, si se trata de columnas políticas, ¿cuáles son columnas políticas y cuáles no? Hay algunas que hacen política o se dedican a hablar de política, disfrazándolo de temas económicos o de cualquier otra índole, pero en conjunto no se puede decir que alguien sea más leído que otro.

Pero, desde luego, sea el número uno, dos o tres, no me quita una intensa preocupación. De un enorme placer personal por firmar mis escritos, o simplemente porque aparezca lo que escribo, he pasado a sentir una enorme responsabilidad por ello.

Nosotros somos seres de escaparate, somos como las actrices y los actores: nos gusta estar en las marquesinas; somos seres públicos y, en esa medida, sentimos gusto por estar ahí frente al público; pero con el tiempo, con los fracasos, con las penas que se sufren en este oficio, los golpes que uno se lleva, se adquiere cierta dosis de humildad que permite reflexionar en la enorme responsabilidad que se tiene, sobre todo cuando como en mi caso, me doy cuenta y objetivamente es cierto, que yo tengo una clientela; es decir, que hay un grupo de gente, no sé qué tan numeroso, que busca lo que yo escribo, que lo lee, y pienso que muchas veces van a ajustar su conducta social, su conducta cívica a lo que digo o a partir de la información que les proporciono.

—¿A qué temores se enfrenta como periodista?

—Creo que sólo un imbécil no siente miedo, y me refiero a imbécil como el que no tiene uso de razón, el que la ha perdido. El sentimiento del miedo es connatural al ser humano y mientras más sensible es, más miedo tiene de hacer las cosas. Si alguna vez a mí me ocurriese algo y pudiese pronunciar mis últimas palabras, diría: “Merecido me lo tenía”. También le decía otra cosa: que el que no quiera ver fantasmas que no salga de noche. Es decir: el que no quiera asumir riesgos de su oficio, de su profesión, que se dedique a otra cosa más tranquila. Asumiendo así el ejercicio de esta profesión, uno no vive presa del temor.

Cuando he sido objeto de amenazas también he tenido la recompensa invaluable de mucha gente, y entonces uno sabe la cantidad de amigos, de seguidores que tiene, de gente que lo aprecia, que ni imaginaba; eso es gratificante.

—¿Cómo es su relación con el poder político?

—De mutuo respeto. Cuando uno no depende ni de la dádiva ni del embute, puede llevar con él una relación libre, respetuosa: uno da y recibe lo mismo. Nunca me insolento con ningún funcionario, nunca maltrato a nadie porque yo soy periodista y el otro es servidor público. Yo no empleo ni esos términos ni ese trato personal. En términos generales, tengo buenas relaciones con muchos funcionarios, secretarios de Estado, gente del Congreso, etcétera, a pesar de que disienta mucho de ellos y ellos no estén de acuerdo conmigo.

—¿Qué piensa sobre la corrupción en el periodismo?

Negarla sería negar que existimos, negar que la tierra orbita en torno al sol. Creo que existe, desgraciadamente. Cuando una sociedad comienza a corromperse, las partes más sensibles de esa sociedad son las que más pronto sufren esta corrupción y la parte más sensible de una sociedad es, sin duda, sus periodistas. Pero también debo decir con toda claridad que ni toda la sociedad mexicana está corrompida, ni todo el periodismo es corrupto. En el periodismo, la mayor parte de los que estamos, tratamos de ejercerlo con apego a las reglas éticas; lo mismo la sociedad mexicana, si bien nos hemos dado cuenta de que la corrupción es mucho más extensa y profunda de lo que nos imaginábamos. Hay un argumento incontrastable para probar que la sociedad en su base esencial no es una sociedad corrompida.

Una sociedad que ya está podrida en su totalidad, ya no reacciona a la corrupción, simplemente vive a gusto dentro de ella, es su oxígeno, es su hábitat natural; ya no se preocupa por expulsar a los corruptos, por denunciarlos o por castigarles. Sin embargo, con cuánta vehemencia la sociedad mexicana ha pedido castigo a los corrompidos: los vomita, los quiere echar de su seno. Eso me parece que es un argumento incontrastable a favor de nosotros mismos como sociedad humana.

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