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Ofensiva independentista

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
lunes, 2 de julio de 2007, 23:14 h (CET)
Es comprensible la actual ofensiva independentista catalana. Tras la importante pérdida de votos, se trata de recuperar apoyo popular para esta opción liderada por Esquerra Republicana, la más perjudicada en las últimas elecciones. Además, esta es ahora la formación política con mayores problemas internos, con una fuerte división entre partidarios y contrarios a seguir en el Govern, posición que no solo ha desgastado el partido sino que ha desvirtuado su identidad. Son las dos razones principales del inicio de esta ofensiva nacionalista. Necesidad de supervivencia.

La estrategia de estar en el Govern de Montilla, claramente sometido al PSOE de Zapatero, viene siendo contestada desde un principio por los sectores más radicales, que representa fundamentalmente el exconseller de gobernación Joan Carretero, que ha creado una plataforma contestataria a las tesis de la cúpula presidida por Carod-Rovira, vicepresidente del Govern. Paradójicamente, otro conseller de gobernación actual, Joan Puigcercós, aspirante también a suceder a Carod, forcejea ahora –desde el Govern- para ponerse a la cabeza de la rebelión radical independentista, como ha puesto de manifiesto en recientes declaraciones públicas. Un evidente contrasentido y una cuña que puede acabar desmoronando el gobierno de Montilla.

Desdoblando, extrañamente, su personalidad de Conceller y de dirigente de Esquerra, Puigcercós acaba de hacer un solemne llamamiento a la independencia de Cataluña “ya que como nunca España ha sido ni será democrática y federal, pido a autonomistas y federalistas que no pierdan más el tiempo; solo hay un camino: la independencia”. Explosiva proclama de un miembro clave del gobierno catalán del socialista Montilla, que se declara no nacionalista y que acaba de ser nombrado “cordobés del año”.

Pero, además, resulta contradictorio este llamamiento de Puigcercós a la independencia, con su constatación y queja ante los tres problemas que, en su opinión, afectan actualmente a Cataluña ante los “embates del Estado”: el “tacticismo de los partidos” (también de Esquerra Republicana), la “debilidad de la sociedad civil” y también de “nuestra clase económica dirigente”.
¿A quien, entonces, llama a la independencia? ¿A unos partidos que, como el suyo, se arrugan por “tacticismo” ante el Estado, a una sociedad civil catalana “débil” y a una clase económica dirigente también “débil”? Un contrasentido. Una pura operación de supervivencia de una opción del “pasado y nostálgica”, como ha reconocido el histórico y destacado socialista catalán Raimon Obiols, de clara convicción catalanista.

¿Llamada al “independentismo” en estas condiciones? ¿Con una tendencia demográfica adversa, con una interrelación económica (financiera, comercial, empresarial, laboral), comunicativa, migratoria-turística, de medios de comunicación, cultural y política creciente? ¿Con un cansancio social evidente ante la cuestión identitaria, una sangría de votos de los partidos más radicalizados, y un escandaloso pasotismo popular ante las urnas a la hora de votar el nuevo Estatut, que Maragall y Pujol consideraron un gran avance nacionalista? Hay,ciertamente, un significativo sector social independentista, pero pensar en convertirlo en mayoritario es una utopía. Excepto que un endurecimiento del nacionalismo centralista español produzca una reacción popular de victimismo. Podría ocurrir ante una sentencia desafortunada del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Por esto, el independentista Xavier Vilardell pedía que el Tribunal “nos triturara el Estatut”.

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