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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El Vaticano y su guerra non sancta

Luis Agüero Wagner
Redacción
domingo, 1 de julio de 2007, 13:18 h (CET)
La Conferencia Episcopal se lavó hace unos días las manos delegando el "caso" Fernando Lugo al campo del Vaticano, precisamente en momentos en que los Boeing 707 de American Airlines que sobrevuelan la Ciudad Eterna inquietan con la amenaza de estrellarse contra la capilla Sixtina en nombre del clemente y misericordioso Alá. Obvio mal momento elegido por Gogorza para perturbar a Benedicto XVI con otro conflicto político tercermundista más, que se añade al del mundo árabe y Zambia, y en el que con toda seguridad la Iglesia Católica, fiel a su historia de 20 siglos, se inclinará por el bando de los tiranos criminales y opresores sin mayores prejuicios religiosos ni humanitarios.

Valga recordar aquí las cruzadas -guerra santa que no la predicaron los árabes, por cierto, sino el papa Urbano II en el Sínodo de Clermont- aventuras sangrientas cuya crueldad y brutalidad no dejaron buen testimonio de amor al prójimo ni elevaron la conciencia occidental. Más de una vez el incentivo de estas giras pastorales fue el oro del Dux de Venecia y no la fe, y en medio de estas benditas expediciones de saqueo y matanza en más de una oportunidad la Cruz combatió por Alá o viceversa.

En una oportunidad, por ejemplo, los cruzados francos se unieron al Emir musulmán de Alepo que necesitaba defender esta ciudad siria de su correligionario el Sultán Saladino, en 1175. El Conde Raimundo de Trípoli procedió entonces a un cómodo ataque sobre Homs, a 75 kilómetros de su ciudad mientras el rey cristiano de Jerusalén, Balduino, avanzaba hacia Damasco. Saladino se apuró entonces en firmar la paz con los cristianos para tener manos libres y poder luchar contra sus correligionarios, pero como estos tratados se parecían a los movedizos pactos entre las bancadas de nuestro Parlamento, en menos de un año se reiniciaba el entrevero seudorreligioso.

En otra cruzada, los valerosos héroes de Occidente cambiaron de opinión por el camino tras recibir algunas monedas venecianas y en lugar de atacar la Jerusalén en poder de los moros, asaltaron y saquearon la Constantinopla cristiana. Un cronista árabe opinaba de los cristianos que "firman la paz cuando se ven débiles y rompen los tratados tan pronto como se sienten otra vez fuertes", sentencia que con toda facilidad hoy podríamos aplicar a los cabecillas de nuestra tendotarquía agrarista y popular.

Los monjes en armas que tomaban parte en estos torneos bélico-religiosos no podían ceñir la espada, tal como lo estipulaba la Biblia, motivo por el cual estos piadosos dignatarios eclesiásticos mataban hijos de Alá con maza para no contraria las sagradas escrituras.

Ya que últimamente en asuntos celestiales se han puesto de moda citas inoportunas del medioevo, me permito transcribir el relato del eclesiástico Raimundo de Aguilers sobre la toma de Jerusalén por las huestes de Su Santidad el 15 de julio de 1099: "Incontables sarracenos fueron decapitados por cristianos; otros fueron sometidos a tormento durante días para entregarlos finalmente a las llamas. En las calles se amontonaban las cabezas, las manos y los pies cortados, y apenas se podía avanzar sin saltar sobre los cadáveres de caballos y de seres humanos".

Un tiempo después al Papa español Alejandro VI se le ocurrió legitimar el despojo de los nativos de América con una bula papal, inaugurando las iniquidades de la conquista con la alegre transacción "Dame las tierras, toma la Biblia" que recuerda el rock. Se iniciaban así relaciones jerárquicas que construyeron un comportamiento contrario a los principios humanistas, y que sigue vivo tras sobrevivir a las más profundas reformas estructurales.

El Vaticano más tarde se unió a los ejércitos de la Triple Alianza desconociendo la soberanía del Paraguay durante la guerra de 1864 al 70, y ello a pesar de que la conjura contra nuestro país la lideraban destacados miembros de la Masonería, asociación condenada por la Iglesia por su liberalismo anticlerical. La institución inquisitorial también abrió sus confesionarios a la conjura de agosto de 1937, que desplazó a uno de los escasos gobiernos que intentó impulsar la democracia social en nuestro país, por conciencia gremial latifundista y sobre todo, por ser eterna beneficiaria de la explotación de los nativos. La misma hoy sufraga corrientes historiográficas antiparaguayas, desentierra catecismos apócrifos e intenta imponer la denominación de " oratorio" al Panteón en gesto que genera la sospecha de estar buscando asimilarlo a su patrimonio.

Fueron los obispos quienes en su momento más crítico estuvieron prestos para sostener al gobierno de González Macchi, el cual a diferencia de la maldecida catástrofe militar de Hattin, acabó siendo una calamidad nacional bendecida por la Iglesia.

Suficiente recuento de razones para que los paraguayos no se hagan ilusiones ni esperen mucho progresismo de una institución que lleva 17 siglos -desde que trepó al poder temporal- oponiéndose a los cambios.

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