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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

No podemos conducir por ti

Remedios Falaguera
Remedios Falaguera
domingo, 1 de julio de 2007, 13:18 h (CET)
Parece que el exceso de velocidad, el alcohol, el mal trazado de las carreteras y los descuidos de los conductores son las causas principales de las 1.268 personas fallecidas (el 33% jóvenes entre los 15 a 29 años) en las carreteras españolas en lo que llevamos de año.

De nada sirven las amenazas de los radares ni la retirada del carnet por puntos, y mucho menos, las ultimas campañas de la DGT en la que se empeñan en recordarnos que “ hago todo lo que puedo por ti, pero lo que ya me es imposible es ocupar tu sitio; si pudiera hacerlo, lo haría con tal de salvar tu vida".

Prueba de esto es que nuestro gobierno ya no sabe ni que hacer para solucionar el tema. Por un lado, decide ponerse duro castigando con penas de entre dos a cinco años de cárcel las actitudes imprudentes y temerarias de los conductores que “pongan en peligro la vida o la integridad de las personas”.Y por otro, nos sorprende con un absurdo programa, "Permiso de Conducir por un euro al día", en el que facilita a los jóvenes prestamos bancarios a cambio de su participación en un curso extra de seguridad vial.

¿Servirá esta vez la política del premio-castigo, represión- permisividad para evitar la altísima tasa de muertes en las carreteras españolas? ¿Se puede entonces achacar únicamente al conductor la culpa de esta lacra o tiene el Estado alguna responsabilidad por no haber promovido una educación adecuada de los conductores?

Queridos conductores, es innegable que gran parte de los accidentes afectan no solo la vida del que no cumple las normas de circulación, sino también a la gente que va prudentemente por la carretera .Por ello, muchos apuestan por la prevención, por la “educación de los conductores, de los que viajan y de los peatones» como es el caso de el Vaticano. La Iglesia promueve unas “Orientaciones para la pastoral de la carretera” en las que nos llama la atención a que «la capacidad de convivir y entrar en relación con los demás presupone, en el conductor, algunas cualidades específicas como el dominio de sí, la prudencia, la cortesía, un adecuado espíritu de servicio y el conocimiento del Código de Circulación».

Como si de los Diez Mandamientos se trataran, el "decálogo del conductor" nos sugiere el ejercicio de las virtudes por parte del automovilista como prevención:

El primero, "No matarás”.

El segundo, "La ruta sea para ti un instrumento de comunión entre las personas y no de daño mortal”

El tercero, "Cortesía, corrección y prudencia te ayuden a superar los imprevistos”

El cuarto "Sé caritativo y ayuda al prójimo en la necesidad, especialmente si es víctima de un accidente”

El quinto, "El automóvil no sea para ti expresión de poder y dominio y ocasión de pecado".

El sexto, "Convence con caridad a los jóvenes y a los que ya no lo son a que no se pongan al volante cuando no están en condiciones de hacerlo"

El séptimo, "Brinda apoyo a las familias de las víctimas de los accidentes"

El octavo, "Reúne a la víctima con un automovilista agresor en un momento oportuno para que puedan vivir la experiencia liberadora del perdón".
El noveno reza "En la ruta "
El décimo, "Siéntete tú mismo responsable de los demás".

No se lo que pensarán ustedes, pero cada vez veo más claro la “emergencia educativa” en la transmisión de valores- de la que nos hablaba Benedicto XVI hace tan solo unos días- es el mejor “antídoto para el suicidio moral (y físico) de nuestro tiempo”.

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