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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

A llevarme la vida por delante

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 1 de julio de 2007, 05:46 h (CET)
Se ha conocido esta semana que España ocupa el primer puesto mundial en cuanto a consumo de cocaína. El sector de menores de treinta años es el que más ha crecido en la última década.

En la era de la información deberían existir los mecanismos por medio de los cuales cada persona fuese consciente de las consecuencias físicas y mentales que supone el consumo de drogas. Todos los medios de comunicación están más al alcance de la mano que nunca.

Pero la red de redes se ha revelado como el mar aquél al que nadie impuso leyes, como escribió Espronceda. En el hiperespacio todo es bien recibido o, al menos, todo es recibido. Por eso la información no es efectiva; porque para cualquier informe, noticia o dictamen puede encontrarse otro absolutamente opuesto, ambos supuestamente fiables.

Es decir, cualquiera que quiera reforzar sus convicciones no ha de hacer nada más que entrar en el website adecuado, o crear el suyo propio y animar a los tímidos a desvelarse. Detractores y partidarios de las drogas saben bien dónde han de dirigirse y dónde no.

A ello hay que sumar el enorme prestigio que hasta hace poco tiempo tenía la cocaína en las clases sociales que siempre han mirado hacia arriba. Los ejecutivos triunfadores, los músicos de moda, los deportistas de elite, las estrellas de Hollywood; vivían todos entre automóviles de ensueño, casas de película y cocaína.

Cuando los precios se popularizan y los puntos de venta se expanden, el ocaso marca el momento en que todos somos iguales hasta que la nueva mañana nos ponga a todos en nuestro sitio.

La cuestión está en la percepción del riesgo en el consumo. Una de las características de la edad pre-adulta es una menor percepción del riesgo que entraña la adopción de ciertas conductas. La adolescentización de la adultez supone también una exportación de la vida sin peligro a una edad más avanzada.

Y mientras tanto, dejamos de hacer las cosas para las que hay un tiempo determinado. Nos olvidamos de guardar para el futuro. Hasta que llegue el día en que preguntemos a nuestros niños qué quieren ser de mayores y sólo sean capaces de contestarnos: “jóvenes”.

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