El poblado de Ath Cliath y el recinto monástico de Dublín eran los asentamientos celtas cerca de los cuales, en 841, se construyó el fuerte vikingo que dio origen a la ciudad. Linn Dubh significa “estanque negro” y hace referencia al puerto natural situado donde el rio Poddle confluye con el Liffey. | 
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Ciudad de brumas marinas, Dublín conserva en sus calles ciertos aromas a roble viejo, a turba y humedad, a tabernas dickensianas y ese brillo cálido, como de quinqué, proveniente de los faroles que cuelgan a la entrada de los cafés o de los anticuarios, donde, si nos asomamos, veremos, adocenado junto a la plata antigua y los carillones, un velador de caoba cuya superficie gastada y brillante habrá reflejado el rostro de incontables espíritus, convocados junto a la chimenea en sesiones de viernes otoñales.
Badilas con empuñadura dorada, caballitos de madera que fueron de niños irremediablemente muertos, pipas
meerschaum, un baqueteado baúl de Jamaica que acaso guardó el tesoro de un pirata, sextantes de bronce... Todo en la vieja
Ath Cliath nos recuerda la presencia del agua: un mar que no se ve pero que llega a olerse hasta en las asépticas salas de los bancos, y una lluvia suave y persistente que cala el alma irónica y algo fatalista del dublinés, cuya vida se divide por el tránsito entre esas dos mitades urbanas que el caudal del
Liffey corta como una manzana.
Dublín puede ser una síntesis del alma irlandesa. No es una capital elegida por su equidistancia de cualquier punto importante de la isla –que no la guarda- sino por haber sido la ciudad en un mundo, hasta hace poco, eminentemente rural. Que fuera sede de un virrey durante los años de ominoso dominio británico, no parece importarles. Su espíritu nunca se doblegó porque son celtas más que vikingos, mal que les pese a los
“west brits”, aquellos descastados nuevos ricos que hasta imitaban el acento de la BBC para distinguirse de sus compatriotas; para arrimar su sardina al ascua del imperio.
Hoy están en franca recesión y quedan dentro del anecdotario posvictoriano; como aquellas doncellas irlandesas, de pelo negro y pasado turbulento, sospechosas de haber envenenado a su señora en una lóbrega mansión de los marshlands (recurso muy habitual en Ágata Christie, educada en la sabia creencia de que
“nadie tiene la culpa de no ser inglés”)
La vista de una
trouppe de ejecutivos vestidos de Armani, hablando por sus móviles de última generación en cualquiera de las calles del centro financiero de Dublín, o apeándose de un Mercedes a la puerta del Banco de Irlanda, no debe engañarnos: salvo si se trata de
pioneers –suerte de cofrades de una hermandad antialcohólica que llevan una insignia en la solapa- nos los encontraremos por la tarde en el
Palace Bar, el
Doheny & Nesbitt o cualquier otro pub del centro, junto a los trabajadores de una obra cercana, un profesor del
Trinity College con manchas de tiza en su chaqueta de tweed y el anciano deán de alguna de las muchas iglesias que hay en la parte vieja. Todos, casi sin excepción, apurarán ese brebaje negro y espeso llamado stout, que, empleando una explicable metonimia, el mundo conoce con un nombre registrado:
Guinness.
Si hay ciudades literarias –y debe de haberlas- Dublín ocuparía uno de los lugares más destacados. Y sería muy fácil decir que allí nacieron o vivieron Wilde, Joyce, Shaw, Swift y Keats entre otros muchos; que tras los muros de la Biblioteca del Trinity College se conserva
The Book of Kells, uno de los códices miniados más bellos que nos ha legado la Edad Media; o que la prensa de Dublín es, junto con la londinense, decana en Europa.
Entonces... ¿qué tiene de literario ese ambiente tan lleno de connotaciones, tan difícil de definir? Quizá sea el sonido de las campanas una mañana de domingo, en noviembre, caminando junto al Gran Canal. O el eco lejano de los bardos, que se escucha desde un bosque urbano, el
Phoenix Park, donde no sólo hay señoras paseando a su perrito de aguas y “joggers” vespertinos, sino duendes que te miran burlones desde las ramas de las hayas. Sólo hay que fijarse. Y, cómo no, el mar, ¡siempre el mar!, presencia invisible desde
Grafton Street, en el corazón urbano, al casi remoto barrio de
Ballymun.
Desde hace más de cien años, la taberna (o, más exactamente, public house)
Kavanagh sirve
stout y ale a sus clientes, y fueron estos precisamente quienes le dieron el nombre por el que es conocida en toda la ciudad: “el pub de los enterradores”. Si
Kavanaghs hay muchos,
The grave digger´s sólo hay uno, y no en vano se encuentra junto a la entrada principal del Cementerio del Norte. No es necesario explicar el porqué del sobrenombre. Aquí no hay música celta y se trasiega Guinness tibia y whiskey hasta horas poco recomendables. Siempre está atestada y hasta que los fundamentalistas “antitabaco” lo prohibieron, llena de humo.
En una de esas tardes había un viejo con cara de zorro y gorra acodado en un extremo de la interminable barra. Me hizo señas para que me acercara; y no sé muy bien por qué le hice caso. Después de un rato -y de más de un litro de stout- ya sabía que se llamaba Patrick, lo cual no era demasiada novedad. No le pregunté su oficio, aunque él a mí sí y pude ver una chispa de malicia en sus ojillos verdes:
“Periodista y español... vaya, vaya; así que no son todos toreros...”. Cuando traspasó por fin su límite de brebaje negro, me dio con la clave de su vetusta profesión:
“If you dig a grave for others, you might fall into it. Yeap!”, comenzó a repetir como sólo lo saben hacer los borrachos. A continuación empezó a chasquear los dedos con cada “yeap!”, a la vez que parecía querer iniciar un aire de danza.
Fue entonces cuando decidí despedirme del viejo enterrador, quien era a estas alturas casi como un amigo. Esto es, creo, un ejemplo del Dublín literario, donde un día en la vida de Leopold Bloom sirve de pretexto para escribir un libro de novecientas páginas.