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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Lo que pasa no vuelve

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 26 de junio de 2007, 18:09 h (CET)
“Pero ¿cuándo ha de volver
lo que acaba de pasar?
Hoy dista mucho de ayer.
¡Ayer es Nunca jamás!”


Antonio Machado

“Este mundo -decía San Bernardo- tiene sus noches, y no pocas”. Todo el que tenga los ojos abiertos y no confunda la luz con la oscuridad verá que hace poco hemos entrado en una de las innumerables noches de la historia. La superficie de nuestro mundo, lo que ocupa los primeros planos, lo que reclama la atención, lo difundido primariamente por los medios de comunicación, es algo desalentador.

La creencia de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” es un espejismo tan injustificado como la creencia de que las cosas van sin más hacia delante. Lo que parece claro es que este último tiempo es peor que el pasado reciente. Lo hemos advertido y dicho ya hace algunos años, tan pronto como tuvimos noticias de los primeros casos de corrupción; el número de los que empiezan a verlo aumenta por días. Hay ciertos sucesos espectaculares, melodramáticos, que invaden los titulares de los periódicos y bastan para producir esa impresión; sin negar esto, son otros los fenómenos que verdaderamente me inquietan.

Las actas de las Cortes Constituyentes españolas de 1869, producen la impresión de que casi todo lo que los diputados dicen es absurdo, sin sentido, hueco, farragoso, desprovisto de fundamento, ajeno a la realidad, demagogia de cualquier color. Apenas hay un par de excepciones: Don Juan Valera y Castelar.

Temo que hayamos entrado en una fase sumamente parecida, con la diferencia de que la nuestra es mucho menos inocente y mucho más planificada. Quiero decir que las cosas de este cariz que ahora pasan, no pasan “porque sí”, es decir, por causas vagas, complejas e indefinidas, en gran parte azarosas, sino sobre todo porque ciertos grupos así lo procuran, y dirigen, con recursos muy varios, el curso de buena porción de la vida pública de nuestro tiempo.

Para un sociólogo sería apasionante un estudio minucioso de lo que se podría llamar la insinuación de las vigencias, el lanzamiento de temas, prestigios, tabúes, vetos, silencios. ¿Qué libros se exhiben en los escaparates de las librerías? ¿Qué exposiciones de arte son cuidadosamente reseñadas y presentadas al público? ¿De qué injusticias se protestan y cuáles se encajan sin rechistar? ¿Qué violencias irritan o indignan y cuáles se comentan con aprobación?

Una de las pocas cosas de la que estoy firmemente persuadido es de que la falsedad no prevalece. Creo que todos los fenómenos inauténticos tienen sus días contados, y estoy seguro, que la sociedad tomará las medidas pertinentes que pongan fin a la lacra de la corrupción.

Podría pensarse que la cuestión es esperar, los fenómenos falsos pasarán muy pronto, serán olvidados se volverá a la situación más inteligente, discreta y fecunda en la que a finales de la década de los 70 se estaba.

Pensar esto sería el más grave y peligroso error: no se vuelve atrás, nunca se vuelve atrás; la historia es irreversible. El creer lo contrario ha sido el factor esterilizante de todas las Restauraciones y de todos los restauradores.

Por negativo que sea el presente, por logrado que haya sido un momento del pretérito, jamás este volverá a vivir. Ser es ser actual; no se puede vivir más que en el hoy. La prueba de que las cosas no son actuales suele ser su falta de interés. Un nombre, una doctrina, un estilo, si no es actual, si no está orientado hacia el futuro, pronto es arrastrado por la indiferencia.

A los primeros años del siglo XXI le pertenece la actualidad, la plena realidad, la innovación. El reto de nuestro pueblo es descubrir la verdadera realidad de los días que estamos viviendo. Y como dijo el poeta: “Yo no siento la añoranza: / que lo que pasó no vuelve; / y si vuelve es un fantasma”.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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