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Etiquetas:   Crítica de televisión   -   Sección:   Televisión y Medios

'Camera café', trescientos programas en antena

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 25 de noviembre de 2007, 18:08 h (CET)
- Que digo ... ¿tú eres de entierro o incineración? ― pregunta Jesús Quesada. - Yo soy más de entierro ― responde Julián Palacios. - Ssssí, yo también.
- Las cenizas por ahí tiradas... - Ahora que si no heredo, mejor quemarlo.
- Claro, claro.

Este fragmento, extraído del sketch ‘Herencia psicológica’, corresponde al programa número trescientos de la serie ‘Camera Café’. Y nada más terminar su emisión, la emisión trescientas, digo, me pongo a juntar unas cuantas palabras acerca de ese ‘dream team’ de locos bajitos – como cantaría Serrat – y alguno alto, que día tras día, desde la cadena Telecinco, se asoma a nuestras casas.

¡Trescientos programas, trescientas noches!

¡Felicidades!

¡Ahí queda eso!

¡Va por ustedes!

Reconozco que me acerco poco a la pequeña pantalla: fútbol, básket, balonmano, alguna película y poco más. Pero siempre que puedo y no siempre es así, a eso de las 21,20 horas, intento pulsar la tecla número 5 del mando a distancia – recuerden: quien tiene el mando de la tele, ostenta el poder doméstico –, para ver cómo se maneja ese grupo abigarrado, aguerrido e implacable de personajes, mezcla del mejor Berlanga y del mejor tebeo, que los guionistas Pepón Montero, Juan Maidagán, Santiago Aguilar, Alex Mendígil, Jorge Riera, Alvaro Quintana, Ana Galán y Manu Martínez March han sabido crear con un derroche de fantasía y originalidad. Gracias a ellos vivo la media hora más divertida del día. Son los treinta minutos que preceden a la cena y predisponen mis jugos gástricos para que la dieta mediterránea sepa mejor y engorde menos.

‘Camera Café’ es una serie de enorme éxito (casi 4.000.000 de espectadores al día), cimentado en un entramado muy especial, ya que los guionistas antes citados y el director, Jesús Guridi, han apostado por utilizar siempre el mismo escenario: la zona de esparcimiento de una oficina. Los personajes acceden a ella por tres puntos distintos: el pasillo, el ascensor o la puerta del wáter (cuánto daría yo por mirar a través de un agujerito y ver lo que suponemos que ocurre tras esa puerta amarilla). El planteamiento, pues, no puede ser más sencillo y, a la vez, más complicado porque ese único y repetitivo espacio maniata y restringe enormemente la capacidad de maniobra de los realizadores, aunque no así la de los actores. Luis Varela, Carolina Valenzuela, Ana Milán, Esperanza Pedreño, César Sarachu, Arturo Valls, Carlos Chamarro, Esperanza Elipe, Marta Belenguer, Esperanza 0’Dogherty, Silvia Wheeler, Ana Ruiz, Mercedes Luzuriaga, Daniel Albadalejo, Joaquín Reyes, Javier Manrique, Nacho Rubio, Juana Cordero y Manuel Tallafé, auténticos fuera de serie, se mueven perfectamente entre esas tres paredes, el ascensor citado, una fotocopiadora y la ‘Camera Café’. Por cierto, después de trescientos programas a cuestas, me pregunto si, al llegar a casa, serán capaces cada día de colgar en la percha a sus personajes o, por el contrario, alguno de ellos continuará interpretando su rol ficticio en la vida real.

Pues bien, ese conjunto integrado por director, guionistas y actores, consigue trasladar al territorio de la máquina cafetera, la vida profesional y privada de estos oficinistas de opereta, que en su vida le han dado un palo al agua ni han doblado bisagras. Porque en ese despacho, con perdón, no trabaja ni Dios. El trabajo es lo único que está demás, lo que sobra, un verdadero convidado de piedra. Que se jodan los albaranes. Y las facturas. Y los balances.

Jesús Quesada, Julián Palacios, la ‘Cañi’, Juan Luis, Nacha, Lorenzo, Frida, Gregorio Antúnez, Sofía, Bernardo Marín, la ‘Becaria’, Choches, ‘El Brasas’, Benito, Mónica, Victoria, Ricardo, Mari Mar, Arturo y compañía son prototipos laborales. Evidentemente, los rasgos y defectos que les definen están exagerados hasta transformarlos en auténticas caricaturas. Pero sin exageración no hay caricatura y sin caricatura no hay humor, que es de lo que se trata. Piensen, por otro lado, si en sus despachos respectivos o en sus empresas no hay ningún ‘pájaro’ de estos que habitan ‘Camera Café’. Les puedo asegurar que, a diario, me tropiezo con varios de ellos. El jeta, el ligón, el desconsiderado, el déspota, el aprovechado, el vago, la ‘buenona’, el listo, la que siempre tiene razón, el jefe, la becaria, la divorciada, el solterón, el salido, la salida, el ‘despistao’, el de cuna ilustre o el sindicalista están presentes en mi realidad cotidiana. No falla, oigan, y si no me creen deténganse un momento y piensen despacio a ver si no hay ningún Jesús Quesada o ninguna Victoria de la Vega pululando por sus alrededores. Además, la oficina, el trabajo o el despacho constituyen el foro ideal donde tropezarlos, su hábitat natural, porque allí consumimos casi un tercio de nuestra vida. ¡Ah! Y tampoco se olviden de otro de los protagonistas de la serie, fundamental para mí, serio y callado: el vaso de plástico, que soporta estoicamente todas las herejías a las que le somete la puñetera, disculpen el ripio, cafetera: canicas, chocolate hirviente, fuego, disparos, palomitas de maíz, un buzo emergente, un periscopio, etcétera.

En ‘Camera Café’ no hay tabúes y el lenguaje es el de la calle. Puramente coloquial. El que consumimos todos nosotros cada día. Todos los temas, dinero, ambiciones, sexo, la vida, la muerte, el divorcio, los problemas de los hijos, la soledad, las madres posesivas, las juergas, el presente, el pasado, las drogas y el rock’n roll se tratan con completa naturalidad, bañados con su corrosivo sentido del humor, ese toque fundamental al que aludía al comienzo y que determina el principal valor de la serie.

Ojalá este magnífico equipo de trabajo, que me disculpe alguien si omití antes su nombre, sepa consolidarse y trabajar unido para mantener esta fórmula fresca y viva, evitando que el producto que llevan entre manos acabe en diáspora, como la sufrida por la espléndida, al menos en sus dos primeras temporadas, ‘Aquí no hay quien viva’ de Antena 3. No importará para ello que simultaneen su presencia en esta ‘oficina donde no se curra’, con otros trabajos "temporales" y, tal vez, más lucrativos. El fin, al menos aquí, justifica los medios.

Y mientras tanto, a los de Gestenfeiser que les vayan dando. Y mucho, ¡gentuza!

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