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Opinión
Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Fruto de un desliz, sin duda

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 23 de junio de 2007, 08:33 h (CET)
Tras seis meses de noviazgo y otros diez de convivencia edénica en nuestro acogedor nido de alquiler, hoy, mi media naranja me ha asestado, involuntariamente, por supuesto, una puñalada trapera por la espalda. Nada más llegar del instituto, cuando me disponía a darle el primer trago a una cerveza helada y darme una ducha relajante, antes de ponerme a despachar la cena que me había dejado preparada con primor mi cielo y, a renglón seguido, a corregir los exámenes de la última evaluación de mis alumnos de COU, mi núbil compañera sentimental me ha llamado por teléfono desde el hospital para comunicarme una estupenda (para ella), mas nefasta (para mí) noticia, que está embarazada. Se ha dado cuenta al momento de que a mí la nueva me ha dejado para el arrastre, hecho trizas o polvo, quiero decir que no me ha deparado gracia alguna.

Acaban de dar las tres de la madrugada en el reloj de la seo y en toda la noche no he hecho otra cosa que llorar como una Magdalena. No creo que, a todo lo largo y ancho de mi vida, en ninguna otra ocasión haya vertido tantas lágrimas seguidas; ni siquiera cuando murió mi piadoso padre, Eusebio, que me pasé toda la misa de su funeral plañendo desconsoladamente. Cuántas veces me habré preguntado por qué, por qué. Por qué no tuve los redaños de decírselo, sin ambages, la primera vez que se presentó la oportunidad y debí comentárselo sin falta. Por qué. Ahora creo estar pagando a un precio altísimo, desorbitado, excesivo, aquel déficit de confianza que demostré o puse de manifiesto al no colocar todas las cartas, todas, sin excepción, boca arriba.

Mi dilecta amada y musa, excelente enfermera, lo habría entendido a la primera. Le hubiera costado, no digo que no, pero, maldiciendo el error de bulto, ajeno, habría asumido la situación, que lo acaecido no había sido más que una fatalidad y que yo, evidentemente, estaba y había quedado libre de culpa de todo aquel desagradable equívoco. La coincidencia con mi compañero en la edad, en la perilla, en el nombre, Ángel, y, casi, casi, en el primer apellido, Sáez, Sanz, y el hecho de habernos correspondido o tocado en suerte a ambos compartir la misma habitación contribuyeron, pongámosle o no lleguemos a ponerle objeciones a la hesitación, al yerro, mayúsculo.

Empero, ahora me aguarda un aprieto sin efugio o evasiva. ¿Cómo le digo a Clodia que yo no puedo ser el padre de la criatura que crece en sus entrañas? ¿Cómo le cuento, a estas alturas del guión, lo del garrafal fallo médico que varios cirujanos cometieron hace ahora, poco más o menos, cuatro años, cuando a mí me hicieron la vasectomía que debieron practicarle a mi sosias y a él, menos mal, advertido el horror ciclópeo, no le operaron de almorranas?

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